Aviso: No tiene mucho sentido. Es la adaptación de una redacción que hice en ruso. La voy a subir en varios lunes para que el blog esté más activo. Después de esto espero poder empezar a subir cosas decentes y de contínuo. Bienvenidos a mi maceta. Atte: Tulipán.
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Optimista y Pesimista (I)
El hombre miró al cielo: caía un ligera llovizna y las nubes
oscuras empezaban a cernirse sobre lo que esa mañana había sido un hermoso
cielo primaveral. Se encogió ligeramente sobre sí mismo para cubrirse de la
humedad, puesto que se le había olvidado el paraguas. Pese a ello sonreía, le
maravillaba la posibilidad de que apareciera el arcoíris en el horizonte y
sabía que la lluvia haría que los parques de su hermosa ciudad se tornaran más
verdes. Le maravillaba la vida, era un Optimista. Iba distraído en su propia
felicidad cuando se chocó con la espalda de alguien. Ese alguien masculló unas
cuantas palabras malsonantes como motivo de la colisión.
“Siempre me tiene que salir todo mal, maldita cruz, maldito
mundo, maldito todo” se quejaba mentalmente.
El hombre lo miró: era un señor corpulento que portaba un
paraguas amarillo que desentonaba tanto con su indumentaria negra como con su
ceño fruncido. Optimista vio que se le había caído un maletín en el suelo y se
recogió para tendérselo.
“Y encima se cree que puede tocar mis cosas. Habrase visto”
pensaba Pesimista mientras le arrebataba con brusquedad el maletín de las manos
a Optimista.
-Lamento el choque, señor, iba ensimismado con la belleza
del día y no pude verle-se disculpó Optimista, ignorando el gesto del otro.
-¿Belleza? Se ha puesto a llover de repente y hace frío, y
esas nubes son de todo menos bellas. He tenido que coger el paraguas de mi sobrina
para poder ir a trabajar y seguro que todos en la oficina va a pensar que soy
un estúpido al que le gusta el amarillo. Maldito color. Maldito paraguas.
Maldito trabajo-se quejó mientras miraba al objeto con rabia.
Optimista se sorprendió de la reacción del otro puesto que
el amarillo le parecía un color alegre, no le veía connotaciones negativas.
Tampoco entendía por qué le molestaba la lluvia si podía resguardarse de ella
mientras que él tenía que quitarse las gotas de agua de la cara regularmente.
-La vida es bella, señor, simplemente hay que abrir los ojos
para apreciarla-Optimista lució una de sus mejores sonrisas acompañando a la
frase.
-La vida es como un tren: tienes que seguir las vías sin
desviarte del camino y las puertas se abren en paradas exactamente idénticas
hasta que un día entras en un túnel del que no vuelves a salir. Y lo que es
peor, en ocasiones llueve. No veo cómo puede ser eso hermoso. Es tedioso y
aburrido-discutió Pesimista con una mueca de desagrado.
-Discrepo, señor, la vida es como un pájaro. Hoy está aquí y
canta, y mañana está en otro lugar en silencio. Nunca sabes qué esperarte: música,
silencio, ritmo, quietud, compañía o soledad… Pero todo eso es maravilloso en
su justa medida-la lluvia empezaba a calar la ropa de Optimista, pero él no
parecía afectado.
-No hay nada justo en esta vida. Ahora me tengo que ir a
trabajar-cortó Pesimista y se giró con brusquedad para seguir andando.
-Por supuesto, discúlpeme-Optimista habló con la espalda
oscura del hombre antes de empezar a seguirlo, puesto que ambos iban en la
misma dirección.
Caminó unos metros a su espalda antes de ponerse a su lado y
caminar pareados. Eran una pareja extraña. Pesimista llevaba un traje negro con
camisa negra y corbata negra, como si trabajara en una funeraria. Quizás elegía
esa indumentaria para demostrar su desprecio a la vida. Y Optimista llevaba
unos vaqueros azules y una camisa blanca, un estilo cómodo, tal y como él se
sentía consigo mismo y con el mundo. Cuando Optimista llegó a su edificio, se
despidió de Pesimista brevemente, pero fue ignorado.
“¿Por qué me saluda? No nos conocemos de nada, simplemente
me ha empujado y casi me tira al suelo. No entiendo por qué me dirige la
palabra” pensó Pesimista mientras seguía su camino bajo el paraguas amarillo.
Se encontraron varios días más en el camino al trabajo.
Optimista siempre lo saludaba y le preguntaba qué tal estaba, obteniendo
siempre respuestas breves y cortantes, pero eso no le afectaba, para
desesperación de Pesimista.
Tras un mes de encuentros, Pesimista ya se había
acostumbrado a la presencia de Optimista, por lo que se sorprendió al no
encontrárselo un martes. Se detuvo en el lugar en el que siempre estaba y miró
alrededor, con su habitual ceño fruncido.
-¡Buenos días!-le saludó Optimista desde su espalda-¡He
traído café! ¿Quiere?
Le tendió un vaso de cartón de una conocida firma, que
Pesimista rechazó. “Seguro que me quemo la mano, o los labios o la lengua. Y
luego hablaría como si fuera tonto durante varios días. El café siempre frío,
siempre frío” pensó para sí mismo.
-Apenas he podido dormir esta noche porque los vecinos de
abajo han tenido a su primer bebé y por fin lo han traído a casa, y ha llorado
durante toda la noche. Pobre criatura-le narró Optimista con una sonrisa en los
labios.
“Bebés del demonio, siempre intentando molestar. Todavía
recuerdo cuando mi sobrina era pequeña y mi hermana intentaba que la cuidara
los fines de semana. Qué ser más insoportable y ruidoso.” Pesimista no habló
aunque reflexionó sobre el tema. “Y con los años no ha mejorado, parece que ha
nacido para ser un incordio.”
-Los bebés son pequeños milagros, ¿no cree? ¿Usted tiene
hijos?-se interesó Optimista mirando a su acompañante.
-Los bebés son un mal necesario-respondió Pesimista, sin
responder a la segunda pregunta por considerarla demasiado personal.
La conversación no se prolongó porque habían llegado al
punto en el que Optimista se despedía a diario: una clínica odontológica
dirigida por su padre, en la que había podido empezar a trabajar tras varios
meses de sequía laboral.
-Que tenga un buen día, señor-le dijo acompañando sus
palabras con un gesto de la mano.
-Adiós-le respondió Pesimista, lo que era un gran avance en
sus relaciones.
Los encuentros continuaron de lunes a viernes. Se
encontraban junto a la fuente, se saludaban y caminaban juntos hasta que
Optimista entraba en la clínica. Normalmente Optimista le contaba a su
acompañante algún detalle sobre su día, intentando convencerle de lo bella que
era la vida. Sin demasiado éxito, o eso parecía.