Hola, digo "cuac". Obviamente te voy a dedicar una entrada en tu cumpleaños (últimamente parece que sólo escribo para cumpleaños pero la verdad es que sólo publico en cumpleaños). Has alcanzado la mayoría de edad por lo que ya puedes correr a publicar cosas sin que tus padres administren tu fortuna *guiño* *guiño* *codazo* No es porque yo quiera leerlo ni nada. Esta historia hubiera tenido un mejor final si la hubieras escrito tú, pero bueno, tampoco te puedes quejar que es un regalo.
PD: A los que no sois patos también os quiero y os invito a leer y comentar :)
PD2: También os invito a pasaros por: http://mentalmente-desorientada.blogspot.com.es/ y pedirle a su escritora que suba el primer capítulo de la historia que tiene entre manos.
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La puerta se abrió con facilidad, pero al entrar dentro se
llevó una sorpresa terrible: la clínica estaba desvalijada. Las lámparas
estaban desprendidas del techo, los cajones por el suelo, papeles tirados,
macetas rotas, tierra en el suelo… Parecía un escenario muy violento. Y no veía
a Optimista. Miró a las dos puertas que había: una llevaba a la consulta y la
otra a la sala de espera. Se dirigió a esta última y giró el pomo. Entreabrió
la puerta con suavidad y se encontró con la sala recogida. Algunos muebles
estaban rotos, pero se notaba que alguien se había propuesto repararlos, y el
resultado no era malo. Cerró la puerta al salir y se dirigió a la consulta
propiamente dicha. Abrió la puerta lentamente y se asomó. Pudo ver a Optimista
con la camisa remangada intentando arreglar el mecanismo de inclinar la silla
pacientemente.
-¿Hola?-saludó Pesimista, confundido por la situación.
Optimista no se asustó, simplemente levantó la cabeza con
lentitud para clavar sus ojos en los de Pesimista. Hizo un asentimiento y
esbozó un amago de sonrisa.
-Cuánto tiempo sin verte. Si vienes a consulta, deberías
saber que está cerrado, aunque volverá a abrir lo antes posible… Sí, muy
pronto-parecía que hablaba consigo mismo y volvió a prestar atención a lo que
estaba haciendo con las manos.
Pesimista se removió incómodo antes de entrar en la sala.
Optimista ya había recolocado los cuadros en las paredes, fijando los marcos y
cambiando los cristales rotos. Había una caja en la que había tirado todo lo
que no servía y en otra caja había apilado los papeles y radiografías que se
habían desperdigado, con la intención de ordenarlo todo más adelante.
-¿Qué ha pasado aquí?-preguntó Pesimista tras un par de
minutos en silencio.
-Oh, unos vándalos. Pero lo arreglaré todo con premura, los
clientes necesitan que volvamos a funcionar y los clientes siempre son lo
primero-le respondió el otro, levantando los ojos para establecer contacto
visual mientras hablaba, pero volviendo a concentrarse después en lo que hacía.
Pesimista frunció el ceño. Le extrañaba que una clínica como
aquella no tuviera algún seguro, y también le extrañaba que no contratara a
nadie para que le ayudara en ese trabajo. Él mismo siempre elegía pagar a
alguien para que le hiciera cualquier arreglo, puesto que sabía que si lo hacía
él, algo iría mal. Haciéndolo otro también había ese riesgo, pero era levemente
menor.
Pensó en ofrecerle ayuda a Optimista, pero temía
electrocutarse o algo por el estilo. Se quedó unos minutos más observándolo
trabajar y luego se giró para irse sin decir nada. Optimista notó la falta del
silencio del otro, aunque no escuchó la puerta cerrarse cuando el hombre
vestido de negro salió. Optimista suspiró y su suspiro se convirtió en sollozo
durante casi un minuto, pero se pasó el antebrazo por la cara y volvió a
trabajar. Todo empezaría a ir bien. Eso era lo que se repetía una y otra vez.
Su móvil empezó a sonar y contestó sin mirar.
-Buenos días-dijo, con un tono alegre que se traspasó
levemente a su cara.
-Buenos días, le llamo de la asesoría. Nos ha llegado otro
correo de la funeraria exigiendo el pago completo por los servicios en el
funeral de su padre. Y su ex mujer amenaza con emprender acciones legales si no
se hace cargo de la manutención de su hija este mes, recuerde que lleva dos de
retraso-le citó su abogado, con voz sobria. Era un hombre que siempre había
cuidado de él-Mira, creo que deberías pedir un préstamo. Yo mismo he consultado
varios bancos, y uno de ellos permite que pongas la clínica como aval en lugar
de la casa. Necesitas ese dinero.
-Estoy reparando la clínica. En unas semanas volveré a abrir
y tendré dinero para todo eso-le dijo Optimista, sentándose en el suelo con el
móvil en una mano y una llave inglesa en la otra.
-No te van a dar más plazo. Y, además, no tienes ningún
título para trabajar ahí. Tendrías que contratar a un dentista y… Es mejor el
préstamo, de verdad-el abogado habló con paciencia.
-Hay mucha gente deseando trabajar, eso será lo de
menos-insistió Optimista-El préstamo es sólo una pérdida de dinero. Con lo que
necesite para pagarlo, podría ir comprando los materiales que se rompieron
durante el incidente…
El abogado se colocó una mano en la frente en su despacho,
cansado. No entendía a ese chico, nunca lo había hecho, pero había llegado a
cogerle cariño durante algunas de las cenas compartidas con su padre. Pero en
esos momentos le resultaba más ajeno que nunca, pasando los días metido en el
lugar en el que habían asesinado a su padre para robarle… Suspiró.
-Está bien. Pero si en dos semanas no tienes la consulta
abierta, pedirás el préstamo-le pidió el abogado, intentando sonar autoritario
cuando en su corazón le rogaba al otro que le hiciera caso.
-Ya veremos. Hay muchas oportunidades en este
mundo-Optimista se encogió de hombros a la vez que observaba la llave
inglesa-Te tengo que colgar, tengo mucho trabajo por delante.
Pesimista apenas veía a Optimista debido a que el otro había
llegado a dormir en la clínica para intentar ponerla en marcha. Por eso ese día
no se detuvo a esperarlo y siguió caminando hasta llegar a la mediana en la que
la chica tocaba la guitarra con una sonrisa en los labios, una sonrisa que se
reflejaba en la cara de Pesimista aunque él no se diera cuenta.
Dejó caer unas monedas para ella y estaba casi dispuesto a
hablarle, pero algo llamó la atención al otro lado de la calle. Optimista
estaba llorando mientras miraba a la carretera, por dónde los coches circulaban
a toda velocidad. Daba un paso. Otro. Pesimista dejó caer el maletín. Lo que
había visto en la clínica no se había ido de su cabeza. Optimista dio un paso
más y Pesimista empezó a gritarle que se detuviera, pero no le hacía caso. No
se lo pensó y se lanzó a la calle. Esquivó el primer coche y empujó en el pecho
al otro hombre, sacándolo hacia la acera. Ni siquiera tuvo tiempo de ver el
coche que se le venía encima, de pronto la chica se tiró delante de él y todo
fue ruido. Los coches frenaban y chocaban. La gente gritaba. ¿La ambulancia?
¿La guitarra? No, no había guitarra ni ambulancia.
Pesimista estaba tumbado sobre la carretera, con el traje
negro roto y varias magulladuras. Giró la cabeza y vio a la guitarrista
cubierta de sangre y tosiendo. Se incorporó con rapidez, ignorando el dolor, y
se arrodilló a su lado. Sintió que los ojos se le inundaban en lágrimas. Ella
se había tirado delante de un coche para salvarlo. Abrió los ojos, los ojos más
claros que jamás habían existido y los clavó en él. Hizo ademán de levantar una
comisura pero no parecía tener fuerzas para nada.
-Hola-le susurró Pesimista, mientras las lágrimas surcaban
su rostro. ¿Por qué no se lo había dicho antes?
-Hola-respondió ella y ambos sonrieron embelesados, él con
lágrimas y ella con sangre. Pero sonreían porque no había otra cosa que
pudieran hacer.
-Te quiero-admitió él mientras intentaba tapar con sus manos
las heridas del torso de ella, con desesperación, pero sin dejar de mirar sus
ojos claros.
-Y yo a ti-susurró ella.
Ambos corazones latieron juntos durante unos segundos,
aunque al de ella le costaba acelerarse pese a la presencia de su amado.
Estaban más cerca que nunca. Él la estaba tocando en sitios que nadie había
tocado antes… Sus vísceras.
-No me puedes dejar-“sería demasiado injusto, demasiado
propio de este mundo sin esperanza”-Tienes que quedarte.
Los ojos de Pesimista eran grandes y marrones. Ella se
perdía en ellos. La chica también empezó a llorar al darse cuenta de lo que
estaba perdiendo justo cuando lo había conseguido. Tantos días cruzándose,
tantos sentimientos naciendo… Y tanto habían callado. Ella bajó los párpados,
haciendo que dos gotas cayeran hacia sus orejas. Y los abrió de golpe al sentir
su beso. Pesimista la trajo de vuelta a la vida por unos segundos, y su corazón
se aceleró aunque siguiera muriéndose.
-Prométeme que no estarás triste, que querrás a la vida como
dices que me quieres a mí-estaba muerta, ella sabía que estaba muerta, él sabía
que tenía a un cadáver sangrante bajo las manos, bajo los labios.
-Prométeme que te quedarás-le rogó él.
La ambulancia irrumpió en escena y los sanitarios lo
apartaron de ella, sin que pudiera responder. Pesimista se dejó caer en el
asfalto, sin dejar de mirar al grupo de gente que intentaba salvarla. No buscó
al hombre al que había salvado, a la vida que tan importante le había parecido
unos minutos atrás. ¿Qué importaba cualquier corazón si el de esa mujer ya no
latía?
-¿Perdone?
Pesimista levantó los ojos hacia el sanitario.
-Lo siento. Ella ha dicho que se quede con su guitarra-el
joven se detuvo y sintió un nudo en la garganta, nunca dejarían de afectarle
las muertes-Ha sido lo último que ha…
Pesimista se levantó y se fue. En la mediana yacían la
guitarra y su maletín junto a la funda con los euros recaudados. Le dio una
patada al maletín y recogió el instrumento mientras seguía llorando.
No se permitió estar muy triste. Dejó a su mujer y su
trabajo, puesto que pensaba querer a la vida como había querido a esa chica.
Quería enamorarse de todo sólo con poder verlo u oírlo. Poco a poco cada rincón
de su ciudad se iba volviendo más bello a sus ojos. Encontró un nuevo piso, más
austero que su antiguo chalet familiar, pero más práctico. Lo llenó de plantas
y de música. Cuando la música estaba con él, podía cerrar los ojos y
encontrarse con unos imposiblemente claros. A veces se culpaba por no haberle
hablado antes y deseaba poder viajar al pasado para empujarse a sí mismo a
quererla y a decirlo.
Aunque antes no se había relacionado con su vecindario pese
a las barbacoas de los domingos, en su nuevo bloque trabó amistad con un
matrimonio joven que esperaba a su primer hijo. En la búsqueda de trabajo no
fue tan afortunado, pero por suerte su padre le ofreció un puesto en su clínica
para que tuviera unos ingresos y pudieran recuperar la relación que habían
perdido hacía años. El principal problema era que la clínica estaba en la misma
ruta que la sucursal de la empresa y tenía que pasar todos los días por el
lugar en el que había cambiado tanto. Pero no lloraba. Procuraba echar unas
monedas a todos los músicos que se establecían ahí durante unos días.
…
Optimista salió de la clínica y se sujetó al semáforo en
rojo mientras veía a los coches pasar. Aunque se había prohibido llorar, las
lágrimas inundaban sus ojos. Tuvo tentaciones de lanzarse a la avalancha de
coches como había intentado hacer aquel pobre diablo aquel día. Aquel hombre al
que él quiso salvar. Entre las lágrimas pudo verse a sí mismo con su antigua
ropa oscura, dejando las monedas caer al son de la música de esa chica.
Entonces sus ojos se cruzaron con los de su yo del pasado y el otro se asombró.
Ella también miró en su dirección y sus ojos lo llamaron. Optimista dio un
paso. El maletín cayó al suelo. Otro paso. Entonces los otros dos echaron a
correr hacia la carretera. Y todo terminó y empezó.