12 de agosto de 2014

Optimista y Pesimista (I, II, III, IV)

¡Hola! Os veo muy guapos, ¿habéis adelgazado? ¡Y más morenos! Bueno, algunos. POR FIN voy a subir el final de Optimista y Pesimista, completamente diferente de la idea inicial que tenía, aunque no por ello más feliz o más triste, espero. Quería darle las gracias a Shen (@INeedADragon), que ha sido el empujón para que volviera a darle una vuelta a la historia y encontrara un final que me dieran ganas de escribir. En esta entrada os dejo los capítulos que ya había subido todos juntos para ahorraros la búsqueda si no los habíais leído. 
Hoy, a las 19:00 hora española, EL DESENLACE. 
*Se lo flipa* 



El hombre miró al cielo: caía un ligera llovizna y las nubes oscuras empezaban a cernirse sobre lo que esa mañana había sido un hermoso cielo primaveral. Se encogió ligeramente sobre sí mismo para cubrirse de la humedad, puesto que se le había olvidado el paraguas. Pese a ello sonreía, le maravillaba la posibilidad de que apareciera el arcoíris en el horizonte y sabía que la lluvia haría que los parques de su hermosa ciudad se tornaran más verdes. Le maravillaba la vida, era un Optimista. Iba distraído en su propia felicidad cuando se chocó con la espalda de alguien. Ese alguien masculló unas cuantas palabras malsonantes como motivo de la colisión.

“Siempre me tiene que salir todo mal, maldita cruz, maldito mundo, maldito todo” se quejaba mentalmente.

El hombre lo miró: era un señor corpulento que portaba un paraguas amarillo que desentonaba tanto con su indumentaria negra como con su ceño fruncido. Optimista vio que se le había caído un maletín en el suelo y se recogió para tendérselo.

“Y encima se cree que puede tocar mis cosas. Habrase visto” pensaba Pesimista mientras le arrebataba con brusquedad el maletín de las manos a Optimista.

-Lamento el choque, señor, iba ensimismado con la belleza del día y no pude verle-se disculpó Optimista, ignorando el gesto del otro.

-¿Belleza? Se ha puesto a llover de repente y hace frío, y esas nubes son de todo menos bellas. He tenido que coger el paraguas de mi sobrina para poder ir a trabajar y seguro que todos en la oficina van a pensar que soy un estúpido al que le gusta el amarillo. Maldito color. Maldito paraguas. Maldito trabajo-se quejó mientras miraba al objeto con rabia.

Optimista se sorprendió de la reacción del otro puesto que el amarillo le parecía un color alegre, no le veía connotaciones negativas. Tampoco entendía por qué le molestaba la lluvia si podía resguardarse de ella mientras que él tenía que quitarse las gotas de agua de la cara regularmente.

-La vida es bella, señor, simplemente hay que abrir los ojos para apreciarla-Optimista lució una de sus mejores sonrisas acompañando a la frase.

-La vida es como un tren: tienes que seguir las vías sin desviarte del camino y las puertas se abren en paradas exactamente idénticas hasta que un día entras en un túnel del que no vuelves a salir. Y lo que es peor, en ocasiones llueve. No veo cómo puede ser eso hermoso. Es tedioso y aburrido-discutió Pesimista con una mueca de desagrado.

-Discrepo, señor, la vida es como un pájaro. Hoy está aquí y canta, y mañana está en otro lugar en silencio. Nunca sabes qué esperarte: música, silencio, ritmo, quietud, compañía o soledad… Pero todo eso es maravilloso en su justa medida-la lluvia empezaba a calar la ropa de Optimista, pero él no parecía afectado.

-No hay nada justo en esta vida. Ahora me tengo que ir a trabajar-cortó Pesimista y se giró con brusquedad para seguir andando.

-Por supuesto, discúlpeme-Optimista habló con la espalda oscura del hombre antes de empezar a seguirlo, puesto que ambos iban en la misma dirección.

Caminó unos metros a su espalda antes de ponerse a su lado y caminar pareados. Eran una pareja extraña. Pesimista llevaba un traje negro con camisa negra y corbata negra, como si trabajara en una funeraria. Quizás elegía esa indumentaria para demostrar su desprecio a la vida. Y Optimista llevaba unos vaqueros azules y una camisa blanca, un estilo cómodo, tal y como él se sentía consigo mismo y con el mundo. Cuando Optimista llegó a su edificio, se despidió de Pesimista brevemente, pero fue ignorado.

“¿Por qué me saluda? No nos conocemos de nada, simplemente me ha empujado y casi me tira al suelo. No entiendo por qué me dirige la palabra” pensó Pesimista mientras seguía su camino bajo el paraguas amarillo.

Se encontraron varios días más en el camino al trabajo. Optimista siempre lo saludaba y le preguntaba qué tal estaba, obteniendo siempre respuestas breves y cortantes, pero eso no le afectaba, para desesperación de Pesimista.

Tras un mes de encuentros, Pesimista ya se había acostumbrado a la presencia de Optimista, por lo que se sorprendió al no encontrárselo un martes. Se detuvo en el lugar en el que siempre estaba y miró alrededor, con su habitual ceño fruncido.

-¡Buenos días!-le saludó Optimista desde su espalda-¡He traído café! ¿Quiere?

Le tendió un vaso de cartón de una conocida firma, que Pesimista rechazó. “Seguro que me quemo la mano, o los labios o la lengua. Y luego hablaría como si fuera tonto durante varios días. El café siempre frío, siempre frío” pensó para sí mismo.

-Apenas he podido dormir esta noche porque los vecinos de abajo han tenido a su primer bebé y por fin lo han traído a casa, y ha llorado durante toda la noche. Pobre criatura-le narró Optimista con una sonrisa en los labios.

“Bebés del demonio, siempre intentando molestar. Todavía recuerdo cuando mi sobrina era pequeña y mi hermana intentaba que la cuidara los fines de semana. Qué ser más insoportable y ruidoso.” Pesimista no habló aunque reflexionó sobre el tema. “Y con los años no ha mejorado, parece que ha nacido para ser un incordio.”

-Los bebés son pequeños milagros, ¿no cree? ¿Usted tiene hijos?-se interesó Optimista mirando a su acompañante.

-Los bebés son un mal necesario-respondió Pesimista, sin responder a la segunda pregunta por considerarla demasiado personal.

La conversación no se prolongó porque habían llegado al punto en el que Optimista se despedía a diario: una clínica odontológica dirigida por su padre, en la que había podido empezar a trabajar tras varios meses de sequía laboral.

-Que tenga un buen día, señor-le dijo acompañando sus palabras con un gesto de la mano.

-Adiós-le respondió Pesimista, lo que era un gran avance en sus relaciones.

Los encuentros continuaron de lunes a viernes. Se encontraban junto a la fuente, se saludaban y caminaban juntos hasta que Optimista entraba en la clínica. Normalmente Optimista le contaba a su acompañante algún detalle sobre su día, intentando convencerle de lo bella que era la vida. Sin demasiado éxito, o eso parecía.


Un día veraniego algo cambió. Mientras iban caminando se pararon en el mismo semáforo que cada día, pero esa vez fue diferente. Había música. No tardaron en averiguar de dónde provenía el rasgueo de guitarra: una muchacha joven sostenía el instrumento entre las manos en la mediana de la calle. Tenía la funda abierta en el suelo con algunas monedas.

-Mira que muchacha tan preciosa. Qué ojos azules tan profundos y alegres. Qué sonrisa encantadora. Qué brillante melena rubia-le dijo Optimista a Pesimista, sin disimular su alegría por la belleza de la chica.

Pesimista observó a la chica intentando ser menos descarado que su amigo. Iba a hacer un comentario cuando el semáforo se puso en verde y pudieron cruzar, pasando al lado de la chica, en cuya funda dejó caer dos euros Optimista, acompañando el gesto con una sonrisa. Una vez que se alejaron varios pasos, habló el Pesimista.

-Los ojos son unas lentillas de colores y una buena máscara de pestañas. ¿Una bonita sonrisa? Varias visitas al dentista y un pintalabios pretencioso. ¿La melena? Un buen corte y un buen champú. Una apariencia completamente antinatural, artificial-declaró mirando a su acompañante, cosa que rara vez hacía.

-Es hermosa y lo seguiría siendo sin esas cosas. Su forma de tocar, la canción… Esa muchacha es vida, compañero, vida-recalcó Optimista.

Iba a replicar Pesimista, pero estaban frente a la consulta en la que trabajaba Optimista. Y no quería pararse a hablar con él, porque no eran amigos, sólo dos personas que se cruzaban en la calle y hablaban porque el otro se empeñaba. Por su silencio, Optimista se despidió con un gesto amable y entró en el edificio. Allí se enfundaría en un uniforme azul oscuro y se encargaría de hacer cosas minúsculas que no tenían ninguna relación con lo que había estudiado ni con lo que quería llegar a ser. Pero, como él pensaba, a veces los caminos más inesperados te llevan a los destinos más maravillosos.

Varios días más tuvieron conversaciones similares mientras iban a trabajar, pues parecía que la muchacha había decidido que ese era un buen sitio para recibir propinas. “Para estorbar al paso y molestar a aquellos a los que no le gusta la música” pensaba Pesimista. “Para embellecer un rincón más de la ciudad tanto a nivel visual como acústico” creía, por el contrario, su acompañante.


Ya habían pasado varios meses desde que los dos hombres se habían conocido. Habían visto morir la primavera, el ciclo completo del verano y ahora el otoño empezaba a asomar desde alguna parte, desde algún lugar cercano al corazón de Pesimista. Su ropa oscura empezaba a ser similar a la del resto de la gente, haciendo que las multitudes se asemejaran más a un grupo que en verano, cuando cada uno trataba de colorear su ropa con un color más brillante que el anterior, con el resultado de un arcoíris demencial circulando por las calles. Caminó pisando las hojas muertas mientras repasaba mentalmente la reunión que tenía esa mañana, en la que todo podía salir mal si se equivocaba en el más mínimo detalle. Debía de controlar cada dato, estar preparado para responder cada pregunta… No importaba que llevara varios años siendo el director de esa sucursal de la empresa, cualquier torre podía derribarse. Y estaba convencido de que muchos deseaban que la que él había construido se desmoronara.

Llegó al lugar habitual de reunión y se encontró con un nuevo retraso de Optimista, el segundo que tenía desde que se habían conocido. Miró su reloj y a ambos lados, frunciendo el ceño. Pero en esa ocasión Optimista no apareció de la nada. “Llegaré tarde, y dirán que soy irresponsable, y me echarán, y me quedaré en el paro…” el cuento inverso de La Lechera pasaba por la cabeza de Pesimista, que contaba los segundos. Esperó un minuto completo y echó a andar. Ni siquiera sabía por qué se había detenido tanto tiempo, si el otro hombre no era más que un desconocido, ¿no? No pudo evitar mirar hacia atrás de vez en cuando, por si venía con retraso, pero no había nadie. Al llegar al paso de peatones, la chica estaba en la mediana como cada día. Esa mañana aún estaba afinando la guitarra con lentitud. Pesimista observó sus uñas, pintadas de un morado excéntrico.

-¿Puedo ayudarle en algo?-le preguntó la chica sin previo aviso, haciendo que él se sobresaltara.

A Pesimista casi se le cayó el maletín al suelo. ¿La había mirado con demasiado descaro? Ahora pensaría cualquier cosa horrible de él, por lo que no tenía sentido pedir disculpas ni justificarse.

-Lo dudo-él se colocó la americana, pretendiendo indicar con ese simple gesto que él tenía mucho más que ella, que no necesitaba nada que esa chica pudiera ofrecer.

-¿Quizás una canción que haga que sonrías en lugar de fruncir el ceño?-preguntó ella. Sus ojos azules eran limpios y en sus labios carnosos se dibujaba una sonrisa divertida.

Pesimista hizo el gesto más pronunciado durante unos segundos pero, cuando se dio cuenta, relajó el rostro, perdiendo unos cuantos años en apenas unas milésimas. Ella rió. Y reía igual que cantaba. Y Pesimista pensó que si ella no entonaba algo pronto, él iba a estar obligado a hacerla reír. Porque sintió la súbita necesidad de vivir esa risa de nuevo. Pero la muchacha lo miraba en lugar de tocar.

“Seguro que quiere dinero, todo se mueve por dinero. Por eso no queda nada hermoso en el mundo.” Pensó mientras sacaba su cartera y extraía unas monedas con cuidado. “Vendemos hasta nuestros dones, ¿para qué? ¿Para qué querrá el dinero esta chica? ¿Ropa? ¿Alcohol?” Dejó caer las monedas mientras su ceño volvía a fruncirse con lentitud, pero la chica seguía mirándolo con esa sonrisa y sin tocar.

-¿A qué esperas?-le preguntó él, un tanto brusco-Me estás haciendo perder el tiempo.

-Eres libre de cruzar, el semáforo ha estado verde dos veces mientras tú estabas ahí plantado-le respondió ella, sin hacer ningún ademán de empezar a tocar-Si tienes que hacer algo importante… Corre.

-¿Ahora que ya tienes mi dinero rehúsas a cantar? Y por supuesto que tengo cosas que hacer-aferró su maletín y lo colocó delante de sus piernas, frente a la cara de la joven-¿Acaso no lo ves?

-Sólo veo a un hombre triste que no me ha dicho la canción que desea escuchar…

-Cualquiera. Eso no es importante. Toca. La gente va a pensar que ocurre algo raro si no tocas-miró a su alrededor, preocupado de que eso estuviera ocurriendo. Pero el mundo era ajeno a ellos en esos momentos.

-¿La canción no es importante? Hay canciones que encienden el corazón, lo hacen brillar; otras que lo cubren de lágrimas salidas de ninguna parte; una canción puede cambiarte por completo… No digas que no es importante-el tono de ella perdió el buen humor y se tornó serio.

-No quiero escuchar ninguna canción. Quédate el dinero, de todas formas, te he escuchado muchos otros días sin pagar ni un céntimo-recalcó Pesimista y fue a cruzar, pero el semáforo estaba rojo, imposibilitando su huida. Hubiera saltado una verja de alambre de espino para no tener que seguir con la conversación, pero esa muralla de coches en movimiento parecía mucho más infranqueable.

La chica lo seguía mirando en silencio y se mordía el labio para contener una sonrisa. Cuán divertido era ese gruñón tan guapo, pensaba.

-¿Vas a quedarte ahí en silencio?-le preguntó Pesimista de nuevo, con aire exasperado.

-Has pagado y has dicho que no querías escuchar ninguna canción, simplemente lo estoy cumpliendo.

El hombre iba a replicar, pero el semáforo se puso verde y decidió que no quería pasar más tiempo ahí. O que no debía. Porque esa sonrisa que la chica contenía era como si el sol saliera entre las nubes en pleno otoño sólo para él. Y el sol nunca salía para él. Siempre llovía.


Pero durante esa semana brilló el sol, e incluso hizo calor, lo que obligó a Pesimista a desprenderse de su negra americana; puesto que no quería llegar sudado a la oficina y que todos los señalaran y dijeran que no se duchaba y que no querían trabajar con un cerdo. El clima le hacía pensar en Optimista, que seguía sin aparecer.

-Buenos días-le saludó la chica de la guitarra cuando cruzó por delante de ella, evitando mirarla.

Pesimista siempre miraba ostentosamente en dirección opuesta a la muchacha desde su pequeño intercambio verbal, y ella no le había dicho nada hasta ese día. Con la sorpresa el maletín acabó en el suelo y Pesimista tuvo que agacharse a recogerlo, interrumpiendo el paso de diversas personas, que lo rodearon como si se tratara de una roca en medio de una estampida. Cuando se incorporó, con el maletín firmemente asido en la mano, el semáforo brillaba con su luz roja al otro lado de la calle. Y la música no sonaba.

-Lamento haberte asustado-la chica pugnaba por ocultar su sonrisa, aunque sus ojos brillaban con diversión. Era tan gracioso ver cómo se sujetaba al asa del instrumento como si temiera que volviera a deslizarse hasta el suelo.

-Se me resbaló-se justificó Pesimista, aunque todos sabían que mentía. Una ráfaga de aire arrastró varias hojas muertas hasta donde se encontraban, estampando una en la cara del hombre.

La chica rompió a reír. Y su risa rompió a Pesimista, haciendo que su seriedad se desprendiera de su rostro. Esbozó una sonrisa mientras se quitaba la hoja de la cara, sacudiendo la cabeza como si estuviera decepcionado por la naturaleza. Aunque esas cosas pasaban, siempre tenía que salirle todo mal. La sonrisa volvió a camuflarse, aunque el rostro del hombre parecía relajado pese a esa tristeza que lo acompañaba.

-Tienes una sonrisa muy bonita, hombre de negro-le comentó la chica antes de rasgar las cuerdas de su guitarra, sin dejar de mirarlo fijamente. Tenía los ojos más claros que él había visto nunca.

Él podría haberle respondido, pero estaba convencido de que no podría encontrar la palabra adecuada y sólo conseguiría que la chica frunciera el ceño y no volviera a tocar en el mismo sitio. No se daba cuenta de que su silencio hablaba para ella, ella que sacaba música sin dejar de observarle con una media sonrisa.

Pesimista miró el semáforo en verde. Se preguntaba cuántas veces había cambiado de color. Cualquier día llegaría tarde al trabajo por quedarse allí con ella y… y… No estaba seguro de que fuera a salir perdiendo.
El siguiente lunes, Pesimista vio la espalda de Optimista unos metros por delante de su persona y apuró el paso para alcanzarlo. Se puso a su lado y lo miró, esperando que el otro dijera algo. Pero Optimista tenía las ojeras marcadas, el rostro pálido y parecía no verlo. Caminó a su lado y no se detuvo junto a la chica porque el otro tampoco lo hizo. Cuando llegó a la clínica, se fue sin ni siquiera mirarlo, mucho menos despedirse. Pesimista frunció el ceño, ese que llevaba unos días siendo liso.

Al día siguiente volvió a ver la espalda de Optimista, pero no se acercó a él, sino que lo siguió a unos metros de distancia. Los hombros de su compañero aparecían menos hundidos que el día anterior, pero seguía caminando como si no estuviera en el mismo planeta que el resto. Pesimista aprovechó el momento en que el semáforo los dejó atrapados junto a la guitarrista para dejar caer unas monedas en el estuche de ella.

-¿Alguna canción en especial?-preguntó ella, que terminaba de tocar una melodía lenta y relajante. Quería tocar para él y no iba a rendirse hasta que ese chico cediera y le pidiera algo. Ella se lo daría todo y él se volvía mudo para decir el nombre de una canción.

-Algo alegre-pidió Pesimista sin reflexionar.

Cuando ella empezó a tocar, giró la cabeza para ver si eso hacía que cambiara la expresión de Optimista, pero el hombre ya cruzaba la carretera, siguiendo la luz verde del semáforo. Pesimista sujetó su maletín y se dispuso a seguirle.

-¿No te vas a quedar a escucharla?-la chica interrumpió la letra para hacer la pregunta, aunque sus dedos seguían moviéndose ágilmente sobre las cuerdas del instrumento.

-No puedo-dijo él a la par que cruzaba, con el semáforo parpadeando.


Pero no se atrevió a hablarle a Optimista aunque lo alcanzó. Ni siquiera sabía su nombre, pero lo veía tan consumido que… Suspiró. Él no era mala persona, nunca lo había sido. No podía ver el mal ajeno y que no lo importara. Miró el reloj y tomó la decisión de entrar en la clínica odontológica. Quería saber qué pasaba.

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