¡Hola! Os veo muy guapos, ¿habéis adelgazado? ¡Y más morenos! Bueno, algunos. POR FIN voy a subir el final de Optimista y Pesimista, completamente diferente de la idea inicial que tenía, aunque no por ello más feliz o más triste, espero. Quería darle las gracias a Shen (@INeedADragon), que ha sido el empujón para que volviera a darle una vuelta a la historia y encontrara un final que me dieran ganas de escribir. En esta entrada os dejo los capítulos que ya había subido todos juntos para ahorraros la búsqueda si no los habíais leído.
Hoy, a las 19:00 hora española, EL DESENLACE.
*Se lo flipa*
El hombre miró al cielo: caía un ligera llovizna y las nubes
oscuras empezaban a cernirse sobre lo que esa mañana había sido un hermoso
cielo primaveral. Se encogió ligeramente sobre sí mismo para cubrirse de la
humedad, puesto que se le había olvidado el paraguas. Pese a ello sonreía, le
maravillaba la posibilidad de que apareciera el arcoíris en el horizonte y
sabía que la lluvia haría que los parques de su hermosa ciudad se tornaran más
verdes. Le maravillaba la vida, era un Optimista. Iba distraído en su propia
felicidad cuando se chocó con la espalda de alguien. Ese alguien masculló unas
cuantas palabras malsonantes como motivo de la colisión.
“Siempre me tiene que salir todo mal, maldita cruz, maldito
mundo, maldito todo” se quejaba mentalmente.
El hombre lo miró: era un señor corpulento que portaba un
paraguas amarillo que desentonaba tanto con su indumentaria negra como con su
ceño fruncido. Optimista vio que se le había caído un maletín en el suelo y se
recogió para tendérselo.
“Y encima se cree que puede tocar mis cosas. Habrase visto”
pensaba Pesimista mientras le arrebataba con brusquedad el maletín de las manos
a Optimista.
-Lamento el choque, señor, iba ensimismado con la belleza
del día y no pude verle-se disculpó Optimista, ignorando el gesto del otro.
-¿Belleza? Se ha puesto a llover de repente y hace frío, y
esas nubes son de todo menos bellas. He tenido que coger el paraguas de mi sobrina
para poder ir a trabajar y seguro que todos en la oficina van a pensar que soy
un estúpido al que le gusta el amarillo. Maldito color. Maldito paraguas.
Maldito trabajo-se quejó mientras miraba al objeto con rabia.
Optimista se sorprendió de la reacción del otro puesto que
el amarillo le parecía un color alegre, no le veía connotaciones negativas.
Tampoco entendía por qué le molestaba la lluvia si podía resguardarse de ella
mientras que él tenía que quitarse las gotas de agua de la cara regularmente.
-La vida es bella, señor, simplemente hay que abrir los ojos
para apreciarla-Optimista lució una de sus mejores sonrisas acompañando a la
frase.
-La vida es como un tren: tienes que seguir las vías sin
desviarte del camino y las puertas se abren en paradas exactamente idénticas
hasta que un día entras en un túnel del que no vuelves a salir. Y lo que es
peor, en ocasiones llueve. No veo cómo puede ser eso hermoso. Es tedioso y
aburrido-discutió Pesimista con una mueca de desagrado.
-Discrepo, señor, la vida es como un pájaro. Hoy está aquí y
canta, y mañana está en otro lugar en silencio. Nunca sabes qué esperarte: música,
silencio, ritmo, quietud, compañía o soledad… Pero todo eso es maravilloso en
su justa medida-la lluvia empezaba a calar la ropa de Optimista, pero él no
parecía afectado.
-No hay nada justo en esta vida. Ahora me tengo que ir a
trabajar-cortó Pesimista y se giró con brusquedad para seguir andando.
-Por supuesto, discúlpeme-Optimista habló con la espalda
oscura del hombre antes de empezar a seguirlo, puesto que ambos iban en la
misma dirección.
Caminó unos metros a su espalda antes de ponerse a su lado y
caminar pareados. Eran una pareja extraña. Pesimista llevaba un traje negro con
camisa negra y corbata negra, como si trabajara en una funeraria. Quizás elegía
esa indumentaria para demostrar su desprecio a la vida. Y Optimista llevaba
unos vaqueros azules y una camisa blanca, un estilo cómodo, tal y como él se
sentía consigo mismo y con el mundo. Cuando Optimista llegó a su edificio, se
despidió de Pesimista brevemente, pero fue ignorado.
“¿Por qué me saluda? No nos conocemos de nada, simplemente
me ha empujado y casi me tira al suelo. No entiendo por qué me dirige la
palabra” pensó Pesimista mientras seguía su camino bajo el paraguas amarillo.
Se encontraron varios días más en el camino al trabajo.
Optimista siempre lo saludaba y le preguntaba qué tal estaba, obteniendo
siempre respuestas breves y cortantes, pero eso no le afectaba, para
desesperación de Pesimista.
Tras un mes de encuentros, Pesimista ya se había
acostumbrado a la presencia de Optimista, por lo que se sorprendió al no
encontrárselo un martes. Se detuvo en el lugar en el que siempre estaba y miró
alrededor, con su habitual ceño fruncido.
-¡Buenos días!-le saludó Optimista desde su espalda-¡He
traído café! ¿Quiere?
Le tendió un vaso de cartón de una conocida firma, que
Pesimista rechazó. “Seguro que me quemo la mano, o los labios o la lengua. Y
luego hablaría como si fuera tonto durante varios días. El café siempre frío,
siempre frío” pensó para sí mismo.
-Apenas he podido dormir esta noche porque los vecinos de
abajo han tenido a su primer bebé y por fin lo han traído a casa, y ha llorado
durante toda la noche. Pobre criatura-le narró Optimista con una sonrisa en los
labios.
“Bebés del demonio, siempre intentando molestar. Todavía
recuerdo cuando mi sobrina era pequeña y mi hermana intentaba que la cuidara
los fines de semana. Qué ser más insoportable y ruidoso.” Pesimista no habló
aunque reflexionó sobre el tema. “Y con los años no ha mejorado, parece que ha
nacido para ser un incordio.”
-Los bebés son pequeños milagros, ¿no cree? ¿Usted tiene
hijos?-se interesó Optimista mirando a su acompañante.
-Los bebés son un mal necesario-respondió Pesimista, sin
responder a la segunda pregunta por considerarla demasiado personal.
La conversación no se prolongó porque habían llegado al
punto en el que Optimista se despedía a diario: una clínica odontológica
dirigida por su padre, en la que había podido empezar a trabajar tras varios
meses de sequía laboral.
-Que tenga un buen día, señor-le dijo acompañando sus
palabras con un gesto de la mano.
-Adiós-le respondió Pesimista, lo que era un gran avance en
sus relaciones.
Los encuentros continuaron de lunes a viernes. Se
encontraban junto a la fuente, se saludaban y caminaban juntos hasta que
Optimista entraba en la clínica. Normalmente Optimista le contaba a su
acompañante algún detalle sobre su día, intentando convencerle de lo bella que
era la vida. Sin demasiado éxito, o eso parecía.
Un día veraniego algo cambió. Mientras iban caminando se
pararon en el mismo semáforo que cada día, pero esa vez fue diferente. Había
música. No tardaron en averiguar de dónde provenía el rasgueo de guitarra: una
muchacha joven sostenía el instrumento entre las manos en la mediana de la
calle. Tenía la funda abierta en el suelo con algunas monedas.
-Mira que muchacha tan preciosa. Qué ojos azules tan
profundos y alegres. Qué sonrisa encantadora. Qué brillante melena rubia-le
dijo Optimista a Pesimista, sin disimular su alegría por la belleza de la
chica.
Pesimista observó a la chica intentando ser menos descarado
que su amigo. Iba a hacer un comentario cuando el semáforo se puso en verde y
pudieron cruzar, pasando al lado de la chica, en cuya funda dejó caer dos euros
Optimista, acompañando el gesto con una sonrisa. Una vez que se alejaron varios
pasos, habló el Pesimista.
-Los ojos son unas lentillas de colores y una buena máscara
de pestañas. ¿Una bonita sonrisa? Varias visitas al dentista y un pintalabios
pretencioso. ¿La melena? Un buen corte y un buen champú. Una apariencia
completamente antinatural, artificial-declaró mirando a su acompañante, cosa
que rara vez hacía.
-Es hermosa y lo seguiría siendo sin esas cosas. Su forma de
tocar, la canción… Esa muchacha es vida, compañero, vida-recalcó Optimista.
Iba a replicar Pesimista, pero estaban frente a la consulta
en la que trabajaba Optimista. Y no quería pararse a hablar con él, porque no
eran amigos, sólo dos personas que se cruzaban en la calle y hablaban porque el
otro se empeñaba. Por su silencio, Optimista se despidió con un gesto amable y
entró en el edificio. Allí se enfundaría en un uniforme azul oscuro y se
encargaría de hacer cosas minúsculas que no tenían ninguna relación con lo que
había estudiado ni con lo que quería llegar a ser. Pero, como él pensaba, a
veces los caminos más inesperados te llevan a los destinos más maravillosos.
Varios días más tuvieron conversaciones similares mientras
iban a trabajar, pues parecía que la muchacha había decidido que ese era un
buen sitio para recibir propinas. “Para estorbar al paso y molestar a aquellos
a los que no le gusta la música” pensaba Pesimista. “Para embellecer un rincón
más de la ciudad tanto a nivel visual como acústico” creía, por el contrario,
su acompañante.
Ya habían pasado varios meses desde que los dos hombres se
habían conocido. Habían visto morir la primavera, el ciclo completo del verano
y ahora el otoño empezaba a asomar desde alguna parte, desde algún lugar
cercano al corazón de Pesimista. Su ropa oscura empezaba a ser similar a la del
resto de la gente, haciendo que las multitudes se asemejaran más a un grupo que
en verano, cuando cada uno trataba de colorear su ropa con un color más
brillante que el anterior, con el resultado de un arcoíris demencial circulando
por las calles. Caminó pisando las hojas muertas mientras repasaba mentalmente
la reunión que tenía esa mañana, en la que todo podía salir mal si se
equivocaba en el más mínimo detalle. Debía de controlar cada dato, estar
preparado para responder cada pregunta… No importaba que llevara varios años
siendo el director de esa sucursal de la empresa, cualquier torre podía
derribarse. Y estaba convencido de que muchos deseaban que la que él había
construido se desmoronara.
Llegó al lugar habitual de reunión y se encontró con un
nuevo retraso de Optimista, el segundo que tenía desde que se habían conocido.
Miró su reloj y a ambos lados, frunciendo el ceño. Pero en esa ocasión
Optimista no apareció de la nada. “Llegaré tarde, y dirán que soy
irresponsable, y me echarán, y me quedaré en el paro…” el cuento inverso de La
Lechera pasaba por la cabeza de Pesimista, que contaba los segundos. Esperó un
minuto completo y echó a andar. Ni siquiera sabía por qué se había detenido
tanto tiempo, si el otro hombre no era más que un desconocido, ¿no? No pudo
evitar mirar hacia atrás de vez en cuando, por si venía con retraso, pero no
había nadie. Al llegar al paso de peatones, la chica estaba en la mediana como
cada día. Esa mañana aún estaba afinando la guitarra con lentitud. Pesimista
observó sus uñas, pintadas de un morado excéntrico.
-¿Puedo ayudarle en algo?-le preguntó la chica sin previo
aviso, haciendo que él se sobresaltara.
A Pesimista casi se le cayó el maletín al suelo. ¿La había
mirado con demasiado descaro? Ahora pensaría cualquier cosa horrible de él, por
lo que no tenía sentido pedir disculpas ni justificarse.
-Lo dudo-él se colocó la americana, pretendiendo indicar con
ese simple gesto que él tenía mucho más que ella, que no necesitaba nada que
esa chica pudiera ofrecer.
-¿Quizás una canción que haga que sonrías en lugar de
fruncir el ceño?-preguntó ella. Sus ojos azules eran limpios y en sus labios
carnosos se dibujaba una sonrisa divertida.
Pesimista hizo el gesto más pronunciado durante unos
segundos pero, cuando se dio cuenta, relajó el rostro, perdiendo unos cuantos
años en apenas unas milésimas. Ella rió. Y reía igual que cantaba. Y Pesimista
pensó que si ella no entonaba algo pronto, él iba a estar obligado a hacerla
reír. Porque sintió la súbita necesidad de vivir esa risa de nuevo. Pero la
muchacha lo miraba en lugar de tocar.
“Seguro que quiere dinero, todo se mueve por dinero. Por eso
no queda nada hermoso en el mundo.” Pensó mientras sacaba su cartera y extraía
unas monedas con cuidado. “Vendemos hasta nuestros dones, ¿para qué? ¿Para qué
querrá el dinero esta chica? ¿Ropa? ¿Alcohol?” Dejó caer las monedas mientras
su ceño volvía a fruncirse con lentitud, pero la chica seguía mirándolo con esa
sonrisa y sin tocar.
-¿A qué esperas?-le preguntó él, un tanto brusco-Me estás
haciendo perder el tiempo.
-Eres libre de cruzar, el semáforo ha estado verde dos veces
mientras tú estabas ahí plantado-le respondió ella, sin hacer ningún ademán de
empezar a tocar-Si tienes que hacer algo importante… Corre.
-¿Ahora que ya tienes mi dinero rehúsas a cantar? Y por
supuesto que tengo cosas que hacer-aferró su maletín y lo colocó delante de sus
piernas, frente a la cara de la joven-¿Acaso no lo ves?
-Sólo veo a un hombre triste que no me ha dicho la canción
que desea escuchar…
-Cualquiera. Eso no es importante. Toca. La gente va a
pensar que ocurre algo raro si no tocas-miró a su alrededor, preocupado de que
eso estuviera ocurriendo. Pero el mundo era ajeno a ellos en esos momentos.
-¿La canción no es importante? Hay canciones que encienden
el corazón, lo hacen brillar; otras que lo cubren de lágrimas salidas de ninguna
parte; una canción puede cambiarte por completo… No digas que no es
importante-el tono de ella perdió el buen humor y se tornó serio.
-No quiero escuchar ninguna canción. Quédate el dinero, de
todas formas, te he escuchado muchos otros días sin pagar ni un céntimo-recalcó
Pesimista y fue a cruzar, pero el semáforo estaba rojo, imposibilitando su
huida. Hubiera saltado una verja de alambre de espino para no tener que seguir
con la conversación, pero esa muralla de coches en movimiento parecía mucho más
infranqueable.
La chica lo seguía mirando en silencio y se mordía el labio
para contener una sonrisa. Cuán divertido era ese gruñón tan guapo, pensaba.
-¿Vas a quedarte ahí en silencio?-le preguntó Pesimista de
nuevo, con aire exasperado.
-Has pagado y has dicho que no querías escuchar ninguna
canción, simplemente lo estoy cumpliendo.
El hombre iba a replicar, pero el semáforo se puso verde y
decidió que no quería pasar más tiempo ahí. O que no debía. Porque esa sonrisa
que la chica contenía era como si el sol saliera entre las nubes en pleno otoño
sólo para él. Y el sol nunca salía para él. Siempre llovía.
Pero durante esa semana brilló el sol, e incluso hizo calor,
lo que obligó a Pesimista a desprenderse de su negra americana; puesto que no
quería llegar sudado a la oficina y que todos los señalaran y dijeran que no se
duchaba y que no querían trabajar con un cerdo. El clima le hacía pensar en
Optimista, que seguía sin aparecer.
-Buenos días-le saludó la chica de la guitarra cuando cruzó
por delante de ella, evitando mirarla.
Pesimista siempre miraba ostentosamente en dirección opuesta
a la muchacha desde su pequeño intercambio verbal, y ella no le había dicho
nada hasta ese día. Con la sorpresa el maletín acabó en el suelo y Pesimista
tuvo que agacharse a recogerlo, interrumpiendo el paso de diversas personas,
que lo rodearon como si se tratara de una roca en medio de una estampida.
Cuando se incorporó, con el maletín firmemente asido en la mano, el semáforo
brillaba con su luz roja al otro lado de la calle. Y la música no sonaba.
-Lamento haberte asustado-la chica pugnaba por ocultar su
sonrisa, aunque sus ojos brillaban con diversión. Era tan gracioso ver cómo se
sujetaba al asa del instrumento como si temiera que volviera a deslizarse hasta
el suelo.
-Se me resbaló-se justificó Pesimista, aunque todos sabían
que mentía. Una ráfaga de aire arrastró varias hojas muertas hasta donde se
encontraban, estampando una en la cara del hombre.
La chica rompió a reír. Y su risa rompió a Pesimista,
haciendo que su seriedad se desprendiera de su rostro. Esbozó una sonrisa
mientras se quitaba la hoja de la cara, sacudiendo la cabeza como si estuviera
decepcionado por la naturaleza. Aunque esas cosas pasaban, siempre tenía que
salirle todo mal. La sonrisa volvió a camuflarse, aunque el rostro del hombre
parecía relajado pese a esa tristeza que lo acompañaba.
-Tienes una sonrisa muy bonita, hombre de negro-le comentó
la chica antes de rasgar las cuerdas de su guitarra, sin dejar de mirarlo
fijamente. Tenía los ojos más claros que él había visto nunca.
Él podría haberle respondido, pero estaba convencido de que
no podría encontrar la palabra adecuada y sólo conseguiría que la chica
frunciera el ceño y no volviera a tocar en el mismo sitio. No se daba cuenta de
que su silencio hablaba para ella, ella que sacaba música sin dejar de
observarle con una media sonrisa.
Pesimista miró el semáforo en verde. Se preguntaba cuántas
veces había cambiado de color. Cualquier día llegaría tarde al trabajo por
quedarse allí con ella y… y… No estaba seguro de que fuera a salir perdiendo.
El siguiente lunes, Pesimista vio la espalda de Optimista
unos metros por delante de su persona y apuró el paso para alcanzarlo. Se puso
a su lado y lo miró, esperando que el otro dijera algo. Pero Optimista tenía
las ojeras marcadas, el rostro pálido y parecía no verlo. Caminó a su lado y no
se detuvo junto a la chica porque el otro tampoco lo hizo. Cuando llegó a la
clínica, se fue sin ni siquiera mirarlo, mucho menos despedirse. Pesimista
frunció el ceño, ese que llevaba unos días siendo liso.
Al día siguiente volvió a ver la espalda de Optimista, pero
no se acercó a él, sino que lo siguió a unos metros de distancia. Los hombros
de su compañero aparecían menos hundidos que el día anterior, pero seguía caminando
como si no estuviera en el mismo planeta que el resto. Pesimista aprovechó el
momento en que el semáforo los dejó atrapados junto a la guitarrista para dejar
caer unas monedas en el estuche de ella.
-¿Alguna canción en especial?-preguntó ella, que terminaba
de tocar una melodía lenta y relajante. Quería tocar para él y no iba a
rendirse hasta que ese chico cediera y le pidiera algo. Ella se lo daría todo y
él se volvía mudo para decir el nombre de una canción.
-Algo alegre-pidió Pesimista sin reflexionar.
Cuando ella empezó a tocar, giró la cabeza para ver si eso
hacía que cambiara la expresión de Optimista, pero el hombre ya cruzaba la
carretera, siguiendo la luz verde del semáforo. Pesimista sujetó su maletín y
se dispuso a seguirle.
-¿No te vas a quedar a escucharla?-la chica interrumpió la
letra para hacer la pregunta, aunque sus dedos seguían moviéndose ágilmente
sobre las cuerdas del instrumento.
-No puedo-dijo él a la par que cruzaba, con el semáforo
parpadeando.
Pero no se atrevió a hablarle a Optimista aunque lo alcanzó.
Ni siquiera sabía su nombre, pero lo veía tan consumido que… Suspiró. Él no era
mala persona, nunca lo había sido. No podía ver el mal ajeno y que no lo
importara. Miró el reloj y tomó la decisión de entrar en la clínica odontológica.
Quería saber qué pasaba.