31 de octubre de 2014

You broke my fucking heart.

Fascinación.

Podía confundirse con amor, cariño, respeto, miedo o un millón de cosas más. Pero no podía negar que era fascinación. Lo que había sentido cuando la había visto por primera vez, lo que sentía ahora.

Recordé aquel momento, cómo ella parecía atraer todas las miradas del bar sin ningún motivo. Tenía ese algo que hacía que quisieras ver más de lo que ya enseñaba su provocativa ropa. La primera vez que me habló decidí que quería verlo todo. Tenía esa voz tan oscura y sugerente, esa voz que parecía querer contar cientos de historias que me hubiera gustado protagonizar. Rebosaba confianza.

Su forma de moverse hacia mí, haciéndome sentir el centro de aquel bar sólo por recibir su atención. Mi sonrisa involuntaria al notar que lo hacía, que venía. Se puso tan cerca que su olor llenó mi alma. No recuerdo a que olía en aquel momento, ni siquiera puedo decir si era algo fresco o frutal, pero sí recuerdo preguntarme cómo habría conseguido oler de esa forma. Y deseé que fuera un suavizante o cualquier cosa que se pudiera imitar, pero sabía que no era así. Que era algo suyo. Especial.

Cuando mis ojos se encontraron con los suyos ya supe que no había escapatoria. Nunca había visto ese color, o quizás nunca lo había mirado de esa forma. Jamás me había topado con nada tan magnético.

Apenas llevábamos un minuto hablando y ya tenía la sensación de que podría estar así durante el resto de mi vida. Había un misterio en ella que quería descubrir, un secreto que quería que me contara… O no. No sabía lo que tenía, pero quería aprender. Estaba segura de que podría pasarme horas simplemente viéndola hacer cosas. Porque tenía algo en la forma de moverse, en la forma de mirar. No tenía ni idea de qué era pero estaba allí. Y yo era una persona muy curiosa. O quizás no. Quizás me convertí en una persona curiosa en ese momento, y quizás dejara de serlo cuando nos separamos. Puede que ella haya sido todo lo que me ha despertado tanto las ganas de aprender en mi vida.

Y sus palabras no me decepcionaron.

Lo que dijo sólo me confirmó que merecía la pena quedarme a escucharla el tiempo que hiciera falta.
Una sonrisa se dibuja en mi cara al darme cuenta de que eso sigue siendo cierto. Sigue siendo tan inevitable como siempre.

Y las palabras salen de mis labios. Sin más.


“I heart you too.”

Porque nunca había conocido a alguien con tanta facilidad para absorberme y conseguir que no me importara.

15 de octubre de 2014

Películas de miedo, camisetas y amor para toda la vida.

Hay gente a la que le dan miedo las películas de terror. Cierran los ojos, se tapan los oídos y sufren de verdad mientras lo ven. Les sudan las manos y se secan en el pantalón antes de coger las palomitas. Quizás están en ese cine sólo para que su mano roce otra mano en ese gesto. Quizás han ido porque todo el mundo iba. O quizás quieren dejar de tener miedo. De las películas o de otra cosa.

Sin embargo, yo no puedo evitar reírme cuando Freddy Krueger hace chistes verdes, cuando habla de un sueño húmedo mientras la chica está hundiéndose en la sangre que inunda el pasillo. Es un humor turbio. Oscuro. Creo que las películas de terror son otra forma de comedia, pero simplemente cuesta más reírse del negro que se tropieza escapando del asesino por el bosque que del chico que se cae enfrente del amor de su vida haciendo el ridículo. Y no sé por qué. No entiendo por qué intentamos ser tan correctos, por qué seguimos tantas normas: ríete en las comedias, llora con los dramas, di que "El club de la lucha" es muy buena aunque te confunda y que el final de "Quiéreme si te atreves" es malo porque no te confunde.

Y asústate con las de terror.
Mejor si gritas.
Ahí estaré yo para reírme.

Porque no me da miedo que un hombre con jersey a rayas se meta en mis sueños para matarme. Diciendo eso puedo parecer muy dura, pero no lo soy. A mí me dan miedo las canciones, especialmente cuando dicen que el amor verdadero es tan sólo el primero. Lo escucho y tiemblo. Lo pienso y me sudan las manos. No hay manera de sonreír al pensar en ello. Porque cuando me enamoré por primera vez no supe que no iba a tener más opciones. Simplemente pasó. Es como si eliges un día que camiseta ponerte y luego resulta que no te la puedes quitar en toda la vida. Sólo puedes ponerte otras encima, pero te quedarán raras, te sentirás incómoda con ellas porque tienes esa otra debajo. Esa tan bonita o tan cómoda o tan algo. Algo tiene que tener para que te la hayas puesto esa mañana. O quizás estabas borracha y era lo primero en el cajón; pero si estaba en el cajón era por algo también.

Y mi camiseta es preciosa.
Comparada con cualquier otra.
Cualquiera.
No he encontrado ninguna mejor.
Y ese es el problema.

Pero algún día quizás mi mano roce la suya al coger las palomitas. Y nos miraremos. Y entenderemos la vida. Y dejará de ser un problema que le vaya a querer para siempre.

O quizás no.

12 de agosto de 2014

Optimista y Pesimista (V)

Hola, digo "cuac". Obviamente te voy a dedicar una entrada en tu cumpleaños (últimamente parece que sólo escribo para cumpleaños pero la verdad es que sólo publico en cumpleaños). Has alcanzado la mayoría de edad por lo que ya puedes correr a publicar cosas sin que tus padres administren tu fortuna *guiño* *guiño* *codazo* No es porque yo quiera leerlo ni nada. Esta historia hubiera tenido un mejor final si la hubieras escrito tú, pero bueno, tampoco te puedes quejar que es un regalo.

PD: A los que no sois patos también os quiero y os invito a leer y comentar :)
PD2: También os invito a pasaros por: http://mentalmente-desorientada.blogspot.com.es/ y pedirle a su escritora que suba el primer capítulo de la historia que tiene entre manos.

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La puerta se abrió con facilidad, pero al entrar dentro se llevó una sorpresa terrible: la clínica estaba desvalijada. Las lámparas estaban desprendidas del techo, los cajones por el suelo, papeles tirados, macetas rotas, tierra en el suelo… Parecía un escenario muy violento. Y no veía a Optimista. Miró a las dos puertas que había: una llevaba a la consulta y la otra a la sala de espera. Se dirigió a esta última y giró el pomo. Entreabrió la puerta con suavidad y se encontró con la sala recogida. Algunos muebles estaban rotos, pero se notaba que alguien se había propuesto repararlos, y el resultado no era malo. Cerró la puerta al salir y se dirigió a la consulta propiamente dicha. Abrió la puerta lentamente y se asomó. Pudo ver a Optimista con la camisa remangada intentando arreglar el mecanismo de inclinar la silla pacientemente.

-¿Hola?-saludó Pesimista, confundido por la situación.

Optimista no se asustó, simplemente levantó la cabeza con lentitud para clavar sus ojos en los de Pesimista. Hizo un asentimiento y esbozó un amago de sonrisa.

-Cuánto tiempo sin verte. Si vienes a consulta, deberías saber que está cerrado, aunque volverá a abrir lo antes posible… Sí, muy pronto-parecía que hablaba consigo mismo y volvió a prestar atención a lo que estaba haciendo con las manos.

Pesimista se removió incómodo antes de entrar en la sala. Optimista ya había recolocado los cuadros en las paredes, fijando los marcos y cambiando los cristales rotos. Había una caja en la que había tirado todo lo que no servía y en otra caja había apilado los papeles y radiografías que se habían desperdigado, con la intención de ordenarlo todo más adelante.

-¿Qué ha pasado aquí?-preguntó Pesimista tras un par de minutos en silencio.

-Oh, unos vándalos. Pero lo arreglaré todo con premura, los clientes necesitan que volvamos a funcionar y los clientes siempre son lo primero-le respondió el otro, levantando los ojos para establecer contacto visual mientras hablaba, pero volviendo a concentrarse después en lo que hacía.

Pesimista frunció el ceño. Le extrañaba que una clínica como aquella no tuviera algún seguro, y también le extrañaba que no contratara a nadie para que le ayudara en ese trabajo. Él mismo siempre elegía pagar a alguien para que le hiciera cualquier arreglo, puesto que sabía que si lo hacía él, algo iría mal. Haciéndolo otro también había ese riesgo, pero era levemente menor.

Pensó en ofrecerle ayuda a Optimista, pero temía electrocutarse o algo por el estilo. Se quedó unos minutos más observándolo trabajar y luego se giró para irse sin decir nada. Optimista notó la falta del silencio del otro, aunque no escuchó la puerta cerrarse cuando el hombre vestido de negro salió. Optimista suspiró y su suspiro se convirtió en sollozo durante casi un minuto, pero se pasó el antebrazo por la cara y volvió a trabajar. Todo empezaría a ir bien. Eso era lo que se repetía una y otra vez.

Su móvil empezó a sonar y contestó sin mirar.

-Buenos días-dijo, con un tono alegre que se traspasó levemente a su cara.

-Buenos días, le llamo de la asesoría. Nos ha llegado otro correo de la funeraria exigiendo el pago completo por los servicios en el funeral de su padre. Y su ex mujer amenaza con emprender acciones legales si no se hace cargo de la manutención de su hija este mes, recuerde que lleva dos de retraso-le citó su abogado, con voz sobria. Era un hombre que siempre había cuidado de él-Mira, creo que deberías pedir un préstamo. Yo mismo he consultado varios bancos, y uno de ellos permite que pongas la clínica como aval en lugar de la casa. Necesitas ese dinero.

-Estoy reparando la clínica. En unas semanas volveré a abrir y tendré dinero para todo eso-le dijo Optimista, sentándose en el suelo con el móvil en una mano y una llave inglesa en la otra.

-No te van a dar más plazo. Y, además, no tienes ningún título para trabajar ahí. Tendrías que contratar a un dentista y… Es mejor el préstamo, de verdad-el abogado habló con paciencia.

-Hay mucha gente deseando trabajar, eso será lo de menos-insistió Optimista-El préstamo es sólo una pérdida de dinero. Con lo que necesite para pagarlo, podría ir comprando los materiales que se rompieron durante el incidente…

El abogado se colocó una mano en la frente en su despacho, cansado. No entendía a ese chico, nunca lo había hecho, pero había llegado a cogerle cariño durante algunas de las cenas compartidas con su padre. Pero en esos momentos le resultaba más ajeno que nunca, pasando los días metido en el lugar en el que habían asesinado a su padre para robarle… Suspiró.

-Está bien. Pero si en dos semanas no tienes la consulta abierta, pedirás el préstamo-le pidió el abogado, intentando sonar autoritario cuando en su corazón le rogaba al otro que le hiciera caso.

-Ya veremos. Hay muchas oportunidades en este mundo-Optimista se encogió de hombros a la vez que observaba la llave inglesa-Te tengo que colgar, tengo mucho trabajo por delante.


Pesimista apenas veía a Optimista debido a que el otro había llegado a dormir en la clínica para intentar ponerla en marcha. Por eso ese día no se detuvo a esperarlo y siguió caminando hasta llegar a la mediana en la que la chica tocaba la guitarra con una sonrisa en los labios, una sonrisa que se reflejaba en la cara de Pesimista aunque él no se diera cuenta.

Dejó caer unas monedas para ella y estaba casi dispuesto a hablarle, pero algo llamó la atención al otro lado de la calle. Optimista estaba llorando mientras miraba a la carretera, por dónde los coches circulaban a toda velocidad. Daba un paso. Otro. Pesimista dejó caer el maletín. Lo que había visto en la clínica no se había ido de su cabeza. Optimista dio un paso más y Pesimista empezó a gritarle que se detuviera, pero no le hacía caso. No se lo pensó y se lanzó a la calle. Esquivó el primer coche y empujó en el pecho al otro hombre, sacándolo hacia la acera. Ni siquiera tuvo tiempo de ver el coche que se le venía encima, de pronto la chica se tiró delante de él y todo fue ruido. Los coches frenaban y chocaban. La gente gritaba. ¿La ambulancia? ¿La guitarra? No, no había guitarra ni ambulancia.

Pesimista estaba tumbado sobre la carretera, con el traje negro roto y varias magulladuras. Giró la cabeza y vio a la guitarrista cubierta de sangre y tosiendo. Se incorporó con rapidez, ignorando el dolor, y se arrodilló a su lado. Sintió que los ojos se le inundaban en lágrimas. Ella se había tirado delante de un coche para salvarlo. Abrió los ojos, los ojos más claros que jamás habían existido y los clavó en él. Hizo ademán de levantar una comisura pero no parecía tener fuerzas para nada.

-Hola-le susurró Pesimista, mientras las lágrimas surcaban su rostro. ¿Por qué no se lo había dicho antes?

-Hola-respondió ella y ambos sonrieron embelesados, él con lágrimas y ella con sangre. Pero sonreían porque no había otra cosa que pudieran hacer.

-Te quiero-admitió él mientras intentaba tapar con sus manos las heridas del torso de ella, con desesperación, pero sin dejar de mirar sus ojos claros.

-Y yo a ti-susurró ella.

Ambos corazones latieron juntos durante unos segundos, aunque al de ella le costaba acelerarse pese a la presencia de su amado. Estaban más cerca que nunca. Él la estaba tocando en sitios que nadie había tocado antes… Sus vísceras.

-No me puedes dejar-“sería demasiado injusto, demasiado propio de este mundo sin esperanza”-Tienes que quedarte.

Los ojos de Pesimista eran grandes y marrones. Ella se perdía en ellos. La chica también empezó a llorar al darse cuenta de lo que estaba perdiendo justo cuando lo había conseguido. Tantos días cruzándose, tantos sentimientos naciendo… Y tanto habían callado. Ella bajó los párpados, haciendo que dos gotas cayeran hacia sus orejas. Y los abrió de golpe al sentir su beso. Pesimista la trajo de vuelta a la vida por unos segundos, y su corazón se aceleró aunque siguiera muriéndose.

-Prométeme que no estarás triste, que querrás a la vida como dices que me quieres a mí-estaba muerta, ella sabía que estaba muerta, él sabía que tenía a un cadáver sangrante bajo las manos, bajo los labios.

-Prométeme que te quedarás-le rogó él.

La ambulancia irrumpió en escena y los sanitarios lo apartaron de ella, sin que pudiera responder. Pesimista se dejó caer en el asfalto, sin dejar de mirar al grupo de gente que intentaba salvarla. No buscó al hombre al que había salvado, a la vida que tan importante le había parecido unos minutos atrás. ¿Qué importaba cualquier corazón si el de esa mujer ya no latía?

-¿Perdone?

Pesimista levantó los ojos hacia el sanitario.

-Lo siento. Ella ha dicho que se quede con su guitarra-el joven se detuvo y sintió un nudo en la garganta, nunca dejarían de afectarle las muertes-Ha sido lo último que ha…

Pesimista se levantó y se fue. En la mediana yacían la guitarra y su maletín junto a la funda con los euros recaudados. Le dio una patada al maletín y recogió el instrumento mientras seguía llorando.


No se permitió estar muy triste. Dejó a su mujer y su trabajo, puesto que pensaba querer a la vida como había querido a esa chica. Quería enamorarse de todo sólo con poder verlo u oírlo. Poco a poco cada rincón de su ciudad se iba volviendo más bello a sus ojos. Encontró un nuevo piso, más austero que su antiguo chalet familiar, pero más práctico. Lo llenó de plantas y de música. Cuando la música estaba con él, podía cerrar los ojos y encontrarse con unos imposiblemente claros. A veces se culpaba por no haberle hablado antes y deseaba poder viajar al pasado para empujarse a sí mismo a quererla y a decirlo.

Aunque antes no se había relacionado con su vecindario pese a las barbacoas de los domingos, en su nuevo bloque trabó amistad con un matrimonio joven que esperaba a su primer hijo. En la búsqueda de trabajo no fue tan afortunado, pero por suerte su padre le ofreció un puesto en su clínica para que tuviera unos ingresos y pudieran recuperar la relación que habían perdido hacía años. El principal problema era que la clínica estaba en la misma ruta que la sucursal de la empresa y tenía que pasar todos los días por el lugar en el que había cambiado tanto. Pero no lloraba. Procuraba echar unas monedas a todos los músicos que se establecían ahí durante unos días.




Optimista salió de la clínica y se sujetó al semáforo en rojo mientras veía a los coches pasar. Aunque se había prohibido llorar, las lágrimas inundaban sus ojos. Tuvo tentaciones de lanzarse a la avalancha de coches como había intentado hacer aquel pobre diablo aquel día. Aquel hombre al que él quiso salvar. Entre las lágrimas pudo verse a sí mismo con su antigua ropa oscura, dejando las monedas caer al son de la música de esa chica. Entonces sus ojos se cruzaron con los de su yo del pasado y el otro se asombró. Ella también miró en su dirección y sus ojos lo llamaron. Optimista dio un paso. El maletín cayó al suelo. Otro paso. Entonces los otros dos echaron a correr hacia la carretera. Y todo terminó y empezó.

Optimista y Pesimista (I, II, III, IV)

¡Hola! Os veo muy guapos, ¿habéis adelgazado? ¡Y más morenos! Bueno, algunos. POR FIN voy a subir el final de Optimista y Pesimista, completamente diferente de la idea inicial que tenía, aunque no por ello más feliz o más triste, espero. Quería darle las gracias a Shen (@INeedADragon), que ha sido el empujón para que volviera a darle una vuelta a la historia y encontrara un final que me dieran ganas de escribir. En esta entrada os dejo los capítulos que ya había subido todos juntos para ahorraros la búsqueda si no los habíais leído. 
Hoy, a las 19:00 hora española, EL DESENLACE. 
*Se lo flipa* 



El hombre miró al cielo: caía un ligera llovizna y las nubes oscuras empezaban a cernirse sobre lo que esa mañana había sido un hermoso cielo primaveral. Se encogió ligeramente sobre sí mismo para cubrirse de la humedad, puesto que se le había olvidado el paraguas. Pese a ello sonreía, le maravillaba la posibilidad de que apareciera el arcoíris en el horizonte y sabía que la lluvia haría que los parques de su hermosa ciudad se tornaran más verdes. Le maravillaba la vida, era un Optimista. Iba distraído en su propia felicidad cuando se chocó con la espalda de alguien. Ese alguien masculló unas cuantas palabras malsonantes como motivo de la colisión.

“Siempre me tiene que salir todo mal, maldita cruz, maldito mundo, maldito todo” se quejaba mentalmente.

El hombre lo miró: era un señor corpulento que portaba un paraguas amarillo que desentonaba tanto con su indumentaria negra como con su ceño fruncido. Optimista vio que se le había caído un maletín en el suelo y se recogió para tendérselo.

“Y encima se cree que puede tocar mis cosas. Habrase visto” pensaba Pesimista mientras le arrebataba con brusquedad el maletín de las manos a Optimista.

-Lamento el choque, señor, iba ensimismado con la belleza del día y no pude verle-se disculpó Optimista, ignorando el gesto del otro.

-¿Belleza? Se ha puesto a llover de repente y hace frío, y esas nubes son de todo menos bellas. He tenido que coger el paraguas de mi sobrina para poder ir a trabajar y seguro que todos en la oficina van a pensar que soy un estúpido al que le gusta el amarillo. Maldito color. Maldito paraguas. Maldito trabajo-se quejó mientras miraba al objeto con rabia.

Optimista se sorprendió de la reacción del otro puesto que el amarillo le parecía un color alegre, no le veía connotaciones negativas. Tampoco entendía por qué le molestaba la lluvia si podía resguardarse de ella mientras que él tenía que quitarse las gotas de agua de la cara regularmente.

-La vida es bella, señor, simplemente hay que abrir los ojos para apreciarla-Optimista lució una de sus mejores sonrisas acompañando a la frase.

-La vida es como un tren: tienes que seguir las vías sin desviarte del camino y las puertas se abren en paradas exactamente idénticas hasta que un día entras en un túnel del que no vuelves a salir. Y lo que es peor, en ocasiones llueve. No veo cómo puede ser eso hermoso. Es tedioso y aburrido-discutió Pesimista con una mueca de desagrado.

-Discrepo, señor, la vida es como un pájaro. Hoy está aquí y canta, y mañana está en otro lugar en silencio. Nunca sabes qué esperarte: música, silencio, ritmo, quietud, compañía o soledad… Pero todo eso es maravilloso en su justa medida-la lluvia empezaba a calar la ropa de Optimista, pero él no parecía afectado.

-No hay nada justo en esta vida. Ahora me tengo que ir a trabajar-cortó Pesimista y se giró con brusquedad para seguir andando.

-Por supuesto, discúlpeme-Optimista habló con la espalda oscura del hombre antes de empezar a seguirlo, puesto que ambos iban en la misma dirección.

Caminó unos metros a su espalda antes de ponerse a su lado y caminar pareados. Eran una pareja extraña. Pesimista llevaba un traje negro con camisa negra y corbata negra, como si trabajara en una funeraria. Quizás elegía esa indumentaria para demostrar su desprecio a la vida. Y Optimista llevaba unos vaqueros azules y una camisa blanca, un estilo cómodo, tal y como él se sentía consigo mismo y con el mundo. Cuando Optimista llegó a su edificio, se despidió de Pesimista brevemente, pero fue ignorado.

“¿Por qué me saluda? No nos conocemos de nada, simplemente me ha empujado y casi me tira al suelo. No entiendo por qué me dirige la palabra” pensó Pesimista mientras seguía su camino bajo el paraguas amarillo.

Se encontraron varios días más en el camino al trabajo. Optimista siempre lo saludaba y le preguntaba qué tal estaba, obteniendo siempre respuestas breves y cortantes, pero eso no le afectaba, para desesperación de Pesimista.

Tras un mes de encuentros, Pesimista ya se había acostumbrado a la presencia de Optimista, por lo que se sorprendió al no encontrárselo un martes. Se detuvo en el lugar en el que siempre estaba y miró alrededor, con su habitual ceño fruncido.

-¡Buenos días!-le saludó Optimista desde su espalda-¡He traído café! ¿Quiere?

Le tendió un vaso de cartón de una conocida firma, que Pesimista rechazó. “Seguro que me quemo la mano, o los labios o la lengua. Y luego hablaría como si fuera tonto durante varios días. El café siempre frío, siempre frío” pensó para sí mismo.

-Apenas he podido dormir esta noche porque los vecinos de abajo han tenido a su primer bebé y por fin lo han traído a casa, y ha llorado durante toda la noche. Pobre criatura-le narró Optimista con una sonrisa en los labios.

“Bebés del demonio, siempre intentando molestar. Todavía recuerdo cuando mi sobrina era pequeña y mi hermana intentaba que la cuidara los fines de semana. Qué ser más insoportable y ruidoso.” Pesimista no habló aunque reflexionó sobre el tema. “Y con los años no ha mejorado, parece que ha nacido para ser un incordio.”

-Los bebés son pequeños milagros, ¿no cree? ¿Usted tiene hijos?-se interesó Optimista mirando a su acompañante.

-Los bebés son un mal necesario-respondió Pesimista, sin responder a la segunda pregunta por considerarla demasiado personal.

La conversación no se prolongó porque habían llegado al punto en el que Optimista se despedía a diario: una clínica odontológica dirigida por su padre, en la que había podido empezar a trabajar tras varios meses de sequía laboral.

-Que tenga un buen día, señor-le dijo acompañando sus palabras con un gesto de la mano.

-Adiós-le respondió Pesimista, lo que era un gran avance en sus relaciones.

Los encuentros continuaron de lunes a viernes. Se encontraban junto a la fuente, se saludaban y caminaban juntos hasta que Optimista entraba en la clínica. Normalmente Optimista le contaba a su acompañante algún detalle sobre su día, intentando convencerle de lo bella que era la vida. Sin demasiado éxito, o eso parecía.


Un día veraniego algo cambió. Mientras iban caminando se pararon en el mismo semáforo que cada día, pero esa vez fue diferente. Había música. No tardaron en averiguar de dónde provenía el rasgueo de guitarra: una muchacha joven sostenía el instrumento entre las manos en la mediana de la calle. Tenía la funda abierta en el suelo con algunas monedas.

-Mira que muchacha tan preciosa. Qué ojos azules tan profundos y alegres. Qué sonrisa encantadora. Qué brillante melena rubia-le dijo Optimista a Pesimista, sin disimular su alegría por la belleza de la chica.

Pesimista observó a la chica intentando ser menos descarado que su amigo. Iba a hacer un comentario cuando el semáforo se puso en verde y pudieron cruzar, pasando al lado de la chica, en cuya funda dejó caer dos euros Optimista, acompañando el gesto con una sonrisa. Una vez que se alejaron varios pasos, habló el Pesimista.

-Los ojos son unas lentillas de colores y una buena máscara de pestañas. ¿Una bonita sonrisa? Varias visitas al dentista y un pintalabios pretencioso. ¿La melena? Un buen corte y un buen champú. Una apariencia completamente antinatural, artificial-declaró mirando a su acompañante, cosa que rara vez hacía.

-Es hermosa y lo seguiría siendo sin esas cosas. Su forma de tocar, la canción… Esa muchacha es vida, compañero, vida-recalcó Optimista.

Iba a replicar Pesimista, pero estaban frente a la consulta en la que trabajaba Optimista. Y no quería pararse a hablar con él, porque no eran amigos, sólo dos personas que se cruzaban en la calle y hablaban porque el otro se empeñaba. Por su silencio, Optimista se despidió con un gesto amable y entró en el edificio. Allí se enfundaría en un uniforme azul oscuro y se encargaría de hacer cosas minúsculas que no tenían ninguna relación con lo que había estudiado ni con lo que quería llegar a ser. Pero, como él pensaba, a veces los caminos más inesperados te llevan a los destinos más maravillosos.

Varios días más tuvieron conversaciones similares mientras iban a trabajar, pues parecía que la muchacha había decidido que ese era un buen sitio para recibir propinas. “Para estorbar al paso y molestar a aquellos a los que no le gusta la música” pensaba Pesimista. “Para embellecer un rincón más de la ciudad tanto a nivel visual como acústico” creía, por el contrario, su acompañante.


Ya habían pasado varios meses desde que los dos hombres se habían conocido. Habían visto morir la primavera, el ciclo completo del verano y ahora el otoño empezaba a asomar desde alguna parte, desde algún lugar cercano al corazón de Pesimista. Su ropa oscura empezaba a ser similar a la del resto de la gente, haciendo que las multitudes se asemejaran más a un grupo que en verano, cuando cada uno trataba de colorear su ropa con un color más brillante que el anterior, con el resultado de un arcoíris demencial circulando por las calles. Caminó pisando las hojas muertas mientras repasaba mentalmente la reunión que tenía esa mañana, en la que todo podía salir mal si se equivocaba en el más mínimo detalle. Debía de controlar cada dato, estar preparado para responder cada pregunta… No importaba que llevara varios años siendo el director de esa sucursal de la empresa, cualquier torre podía derribarse. Y estaba convencido de que muchos deseaban que la que él había construido se desmoronara.

Llegó al lugar habitual de reunión y se encontró con un nuevo retraso de Optimista, el segundo que tenía desde que se habían conocido. Miró su reloj y a ambos lados, frunciendo el ceño. Pero en esa ocasión Optimista no apareció de la nada. “Llegaré tarde, y dirán que soy irresponsable, y me echarán, y me quedaré en el paro…” el cuento inverso de La Lechera pasaba por la cabeza de Pesimista, que contaba los segundos. Esperó un minuto completo y echó a andar. Ni siquiera sabía por qué se había detenido tanto tiempo, si el otro hombre no era más que un desconocido, ¿no? No pudo evitar mirar hacia atrás de vez en cuando, por si venía con retraso, pero no había nadie. Al llegar al paso de peatones, la chica estaba en la mediana como cada día. Esa mañana aún estaba afinando la guitarra con lentitud. Pesimista observó sus uñas, pintadas de un morado excéntrico.

-¿Puedo ayudarle en algo?-le preguntó la chica sin previo aviso, haciendo que él se sobresaltara.

A Pesimista casi se le cayó el maletín al suelo. ¿La había mirado con demasiado descaro? Ahora pensaría cualquier cosa horrible de él, por lo que no tenía sentido pedir disculpas ni justificarse.

-Lo dudo-él se colocó la americana, pretendiendo indicar con ese simple gesto que él tenía mucho más que ella, que no necesitaba nada que esa chica pudiera ofrecer.

-¿Quizás una canción que haga que sonrías en lugar de fruncir el ceño?-preguntó ella. Sus ojos azules eran limpios y en sus labios carnosos se dibujaba una sonrisa divertida.

Pesimista hizo el gesto más pronunciado durante unos segundos pero, cuando se dio cuenta, relajó el rostro, perdiendo unos cuantos años en apenas unas milésimas. Ella rió. Y reía igual que cantaba. Y Pesimista pensó que si ella no entonaba algo pronto, él iba a estar obligado a hacerla reír. Porque sintió la súbita necesidad de vivir esa risa de nuevo. Pero la muchacha lo miraba en lugar de tocar.

“Seguro que quiere dinero, todo se mueve por dinero. Por eso no queda nada hermoso en el mundo.” Pensó mientras sacaba su cartera y extraía unas monedas con cuidado. “Vendemos hasta nuestros dones, ¿para qué? ¿Para qué querrá el dinero esta chica? ¿Ropa? ¿Alcohol?” Dejó caer las monedas mientras su ceño volvía a fruncirse con lentitud, pero la chica seguía mirándolo con esa sonrisa y sin tocar.

-¿A qué esperas?-le preguntó él, un tanto brusco-Me estás haciendo perder el tiempo.

-Eres libre de cruzar, el semáforo ha estado verde dos veces mientras tú estabas ahí plantado-le respondió ella, sin hacer ningún ademán de empezar a tocar-Si tienes que hacer algo importante… Corre.

-¿Ahora que ya tienes mi dinero rehúsas a cantar? Y por supuesto que tengo cosas que hacer-aferró su maletín y lo colocó delante de sus piernas, frente a la cara de la joven-¿Acaso no lo ves?

-Sólo veo a un hombre triste que no me ha dicho la canción que desea escuchar…

-Cualquiera. Eso no es importante. Toca. La gente va a pensar que ocurre algo raro si no tocas-miró a su alrededor, preocupado de que eso estuviera ocurriendo. Pero el mundo era ajeno a ellos en esos momentos.

-¿La canción no es importante? Hay canciones que encienden el corazón, lo hacen brillar; otras que lo cubren de lágrimas salidas de ninguna parte; una canción puede cambiarte por completo… No digas que no es importante-el tono de ella perdió el buen humor y se tornó serio.

-No quiero escuchar ninguna canción. Quédate el dinero, de todas formas, te he escuchado muchos otros días sin pagar ni un céntimo-recalcó Pesimista y fue a cruzar, pero el semáforo estaba rojo, imposibilitando su huida. Hubiera saltado una verja de alambre de espino para no tener que seguir con la conversación, pero esa muralla de coches en movimiento parecía mucho más infranqueable.

La chica lo seguía mirando en silencio y se mordía el labio para contener una sonrisa. Cuán divertido era ese gruñón tan guapo, pensaba.

-¿Vas a quedarte ahí en silencio?-le preguntó Pesimista de nuevo, con aire exasperado.

-Has pagado y has dicho que no querías escuchar ninguna canción, simplemente lo estoy cumpliendo.

El hombre iba a replicar, pero el semáforo se puso verde y decidió que no quería pasar más tiempo ahí. O que no debía. Porque esa sonrisa que la chica contenía era como si el sol saliera entre las nubes en pleno otoño sólo para él. Y el sol nunca salía para él. Siempre llovía.


Pero durante esa semana brilló el sol, e incluso hizo calor, lo que obligó a Pesimista a desprenderse de su negra americana; puesto que no quería llegar sudado a la oficina y que todos los señalaran y dijeran que no se duchaba y que no querían trabajar con un cerdo. El clima le hacía pensar en Optimista, que seguía sin aparecer.

-Buenos días-le saludó la chica de la guitarra cuando cruzó por delante de ella, evitando mirarla.

Pesimista siempre miraba ostentosamente en dirección opuesta a la muchacha desde su pequeño intercambio verbal, y ella no le había dicho nada hasta ese día. Con la sorpresa el maletín acabó en el suelo y Pesimista tuvo que agacharse a recogerlo, interrumpiendo el paso de diversas personas, que lo rodearon como si se tratara de una roca en medio de una estampida. Cuando se incorporó, con el maletín firmemente asido en la mano, el semáforo brillaba con su luz roja al otro lado de la calle. Y la música no sonaba.

-Lamento haberte asustado-la chica pugnaba por ocultar su sonrisa, aunque sus ojos brillaban con diversión. Era tan gracioso ver cómo se sujetaba al asa del instrumento como si temiera que volviera a deslizarse hasta el suelo.

-Se me resbaló-se justificó Pesimista, aunque todos sabían que mentía. Una ráfaga de aire arrastró varias hojas muertas hasta donde se encontraban, estampando una en la cara del hombre.

La chica rompió a reír. Y su risa rompió a Pesimista, haciendo que su seriedad se desprendiera de su rostro. Esbozó una sonrisa mientras se quitaba la hoja de la cara, sacudiendo la cabeza como si estuviera decepcionado por la naturaleza. Aunque esas cosas pasaban, siempre tenía que salirle todo mal. La sonrisa volvió a camuflarse, aunque el rostro del hombre parecía relajado pese a esa tristeza que lo acompañaba.

-Tienes una sonrisa muy bonita, hombre de negro-le comentó la chica antes de rasgar las cuerdas de su guitarra, sin dejar de mirarlo fijamente. Tenía los ojos más claros que él había visto nunca.

Él podría haberle respondido, pero estaba convencido de que no podría encontrar la palabra adecuada y sólo conseguiría que la chica frunciera el ceño y no volviera a tocar en el mismo sitio. No se daba cuenta de que su silencio hablaba para ella, ella que sacaba música sin dejar de observarle con una media sonrisa.

Pesimista miró el semáforo en verde. Se preguntaba cuántas veces había cambiado de color. Cualquier día llegaría tarde al trabajo por quedarse allí con ella y… y… No estaba seguro de que fuera a salir perdiendo.
El siguiente lunes, Pesimista vio la espalda de Optimista unos metros por delante de su persona y apuró el paso para alcanzarlo. Se puso a su lado y lo miró, esperando que el otro dijera algo. Pero Optimista tenía las ojeras marcadas, el rostro pálido y parecía no verlo. Caminó a su lado y no se detuvo junto a la chica porque el otro tampoco lo hizo. Cuando llegó a la clínica, se fue sin ni siquiera mirarlo, mucho menos despedirse. Pesimista frunció el ceño, ese que llevaba unos días siendo liso.

Al día siguiente volvió a ver la espalda de Optimista, pero no se acercó a él, sino que lo siguió a unos metros de distancia. Los hombros de su compañero aparecían menos hundidos que el día anterior, pero seguía caminando como si no estuviera en el mismo planeta que el resto. Pesimista aprovechó el momento en que el semáforo los dejó atrapados junto a la guitarrista para dejar caer unas monedas en el estuche de ella.

-¿Alguna canción en especial?-preguntó ella, que terminaba de tocar una melodía lenta y relajante. Quería tocar para él y no iba a rendirse hasta que ese chico cediera y le pidiera algo. Ella se lo daría todo y él se volvía mudo para decir el nombre de una canción.

-Algo alegre-pidió Pesimista sin reflexionar.

Cuando ella empezó a tocar, giró la cabeza para ver si eso hacía que cambiara la expresión de Optimista, pero el hombre ya cruzaba la carretera, siguiendo la luz verde del semáforo. Pesimista sujetó su maletín y se dispuso a seguirle.

-¿No te vas a quedar a escucharla?-la chica interrumpió la letra para hacer la pregunta, aunque sus dedos seguían moviéndose ágilmente sobre las cuerdas del instrumento.

-No puedo-dijo él a la par que cruzaba, con el semáforo parpadeando.


Pero no se atrevió a hablarle a Optimista aunque lo alcanzó. Ni siquiera sabía su nombre, pero lo veía tan consumido que… Suspiró. Él no era mala persona, nunca lo había sido. No podía ver el mal ajeno y que no lo importara. Miró el reloj y tomó la decisión de entrar en la clínica odontológica. Quería saber qué pasaba.

22 de mayo de 2014

Lluvia.

Olía como si fuera a empezar a llover.

Nicky cerró los ojos para dejar que ese aroma la inundara. Era un placer que no podían quitarle. Respirar. Se relajó mientras escuchaba el sonido de las primeras gotas, antes de notarlas sobre su piel. No le importó y dejó que resbalaran por su piel clara y se hundieran en su ropa de color caqui. Se sentía algo más cuando conectaba con la naturaleza, era una sensación que le recordaba a cuando se colocaba. No al final, cuando lo hacía por rutina, si no a las primeras veces que había jugueteado con lo ilegal, cuando era algo estupendo con lo que culminar o comenzar una noche. 

-Nichols, no puedes estar aquí fuera-la voz rompió la conexión y volvió a confinarse en su cuerpo.

Un cuerpo que había sido maltratado por ella misma. Un cuerpo no demasiado grande, ni excesivamente femenino, no era guapa y no llamaba la atención. Salvo la cicatriz, eso era lo primero que atraía las miradas en las duchas. Recordó la primera vez que había visto a Morello y ladeó una sonrisa inconsciente mientras caminaba detrás del guardia que la guiaba al interior. 
La imagen de ella misma debajo de la ducha con el pelo empapado se dibujó entre sus recuerdos. Había estado sola durante unos minutos, pero entonces había percibido movimiento a su espalda y se había girado para encontrarse con una mujer pequeña, femenina, suave y con los labios rojos como las cerezas maduras. Tras un breve repaso anatómico, Nicky había tratado de establecer contacto visual con ella, pero se había encontrado con que sus ojos seguían más abajo. Recordaba haber sonreído lascivamente, dando por hecho que la otra quería algo rápido igual que ella... Pero estaba mirando la cicatriz de la operación a corazón abierto que había sufrido.

Nicky se llevó una mano al pecho, más húmedo de lo que esperaba, mientras seguía caminando.

"¿Y bien? ¿Qué nota le das al cirujano? Yo le pondría un seis o un siete, porque se nota bastante, parece que lo hizo con una motosierra; aunque tiene un plus de dificultad porque tuvo que reanimarme un par de veces mientras hacía su trabajo..." había comentado Nicky con normalidad, aunque no era un tema completamente agradable para ella.
Morello no había contestado a esa pregunta en aquel momento, pero lo había hecho semanas después, cuando su relación ya incluía muchos beneficios. Ambas habían estado tumbadas en la cama de Lorna, y ésta se había quedado mirando por la abertura de la camisa de Nicky. "Es difícil ponerle una nota a algo que está rodeado por tu cuerpo. Todo lo que tiene que ver contigo me parece..." y se había mordido el labio levemente para no terminar la frase. Nicky no la había presionado. Desde el principio había asumido que lo suyo con Morello iba a ser extraño, y parte de esa rareza consistía en los bloqueos de Lorna.

El guardia cerró la puerta a su espalda y la dejó en su restringido libre albedrío. Sabía a dónde quería ir, por lo que se dirigió a la cama de su chica, que leía un libro sobre cómo ser una buena esposa. Nicky sonrió al verla.

-Deberías pedirle a Red que te deje probar a cocinar alguna de esas recetas-le propuso.

-¿Cómo sabes que hay recetas?-preguntó Morello, frunciendo el ceño mientras giraba el libro para mirar la carátula.

-Sé lo que hacen las buenas esposas-respondió Nicky, avanzando hasta sentarse en el borde de la cama, junto a ella-¿Qué receta miras?

-Raviolis de pato y foie.

-Suena sofisticado, seguro que tiene éxito. Deberías hablarlo con Red.-Nicky le quitó el libro con suavidad para hojearlo.

-Los ingredientes vienen para dos-señaló Lorna, apoyando el dedo índice sobre el recuadro naranja en el que estaban apuntados, ligeramente superpuesto a la foto del resultado.

-Podrías multiplicar o...-empezó Nicky, pero entonces notó la mano de ella en su mejilla y giró el rostro para encontrarse son sus labios.

-O podemos cenar las dos-propuso Morello, mirándola con intensidad.

Las alarmas se encendieron en todo el cuerpo de Nicky. Un beso, una cena, hablar... ¿Cuándo había empezado a estar tan a gusto de esa forma? Morello volvió a rozar sus labios y la situación de emergencia desapareció en el interior de Nicky de nuevo.

-¿Quieres ser una buena esposa para mí?-le preguntó alzando una ceja.

-No, para Christopher-habló automáticamente.

Esas rarezas.

-¿Podemos tumbarnos un rato? Luego le preguntaré a Red sobre esa cena-propuso Nicky, rodeándola con un brazo y obligándola a yacer a su lado. Aunque tampoco encontró resistencia.

Había sido un poco brusca y era consciente, pero cuando Christopher salía a colación no podía evitar crisparse ligeramente. Christopher era la confirmación de que para Lorna lo suyo era algo completamente temporal. Christopher era el futuro fuera de la prisión. Christopher era su final en la vida de esa pequeña mujercita. No tan ligeramente.

No iba a perderla. No aún. Sus manos buscaron colarse bajo la ropa de su compañera y le arrancaron un suspiro. Otro. Morello se giró y se puso sobre ella para besarla y quedarse muy cerca mientras Nicky conseguía otro suspiro más. Besó su cuello y pegó su nariz a su piel mientras los suspiros subían de volumen.

Olía como una tormenta a punto de estallar.

19 de mayo de 2014

Mi infierno es tuyo




Los suspiros son aire y van al aire. 

Las lágrimas son agua y van al mar. 
Dime, mujer, cuando el amor se olvida, 
¿sabes tú adónde va?


Gustavo Adolfo Bécquer.


Me da igual a dónde vaya, pero que sea ahora.
Que se vaya de mi cuerpo.
¿De qué me sirve sentir algo si no estás?
Dueles. Quemas.
Sigues mintiéndome aunque te hayas ido.
¡Desaparece! Le grito al espejo.
Mi reflejo me mira con los mismos ojos con los que observé tu partida.
Los mismos ojos entre sorprendidos y rotos.
Entre muertos y sangrantes.
"Mis ojos son tus ojos, mis manos tus manos"
¿Recuerdas esa promesa estúpida en aquel momento de romanticismo?
Pues era cierta.
Todo lo que tengo es tuyo.
Sigue siendo tuyo.
Mi infierno es tuyo.
Mi cielo son cenizas desde que no estás.

12 de mayo de 2014

Como tú

Quiero a alguien como tú, pero sin nuestra historia.
Alguien que me haga sonreír, pero que no haya llorado antes.
Una boca grande a la que todavía no le haya robado ningún beso.

Te quiero a ti con otro nombre.

Quiero que me quiera, pero que no se rompa.
No eres débil, pero necesito a alguien más fuerte.
A mí me gusta morder, tirar, pegar, gritar... Son mis juegos.
Quiero a alguien con quien jugar sin destruírlo.

Contigo no puedo.

Que me den tus ojos sin mi pasado.
Tu forma de besarme sin mis mentiras.
Tus caricias sin mis secretos.
Tu corazón sin nuestros miedos.

Alguien como tú pero que no seas tú.
Porque si no es como tú, no puedo quererlo.

28 de abril de 2014

Optimista y Pesimista (IV)

Pero durante esa semana brilló el sol, e incluso hizo calor, lo que obligó a Pesimista a desprenderse de su negra americana; puesto que no quería llegar sudado a la oficina y que todos los señalaran y dijeran que no se duchaba y que no querían trabajar con un cerdo. El clima le hacía pensar en Optimista, que seguía sin aparecer.

-Buenos días-le saludó la chica de la guitarra cuando cruzó por delante de ella, evitando mirarla.

Pesimista siempre miraba ostentosamente en dirección opuesta a la muchacha desde su pequeño intercambio verbal, y ella no le había dicho nada hasta ese día. Con la sorpresa el maletín acabó en el suelo y Pesimista tuvo que agacharse a recogerlo, interrumpiendo el paso de diversas personas, que lo rodearon como si se tratara de una roca en medio de una estampida. Cuando se incorporó, con el maletín firmemente asido en la mano, el semáforo brillaba con su luz roja al otro lado de la calle. Y la música no sonaba.

-Lamento haberte asustado-la chica pugnaba por ocultar su sonrisa, aunque sus ojos brillaban con diversión. Era tan gracioso ver cómo se sujetaba al asa del instrumento como si temiera que volviera a deslizarse hasta el suelo.

-Se me resbaló-se justificó Pesimista, aunque todos sabían que mentía. Una ráfaga de aire arrastró varias hojas muertas hasta donde se encontraban, estampando una en la cara del hombre.

La chica rompió a reír. Y su risa rompió a Pesimista, haciendo que su seriedad se desprendiera de su rostro. Esbozó una sonrisa mientras se quitaba la hoja de la cara, sacudiendo la cabeza como si estuviera decepcionado por la naturaleza. Aunque esas cosas pasaban, siempre tenía que salirle todo mal. La sonrisa volvió a camuflarse, aunque el rostro del hombre parecía relajado pese a esa tristeza que lo acompañaba.

-Tienes una sonrisa muy bonita, hombre de negro-le comentó la chica antes de rasgar las cuerdas de su guitarra, sin dejar de mirarlo fijamente. Tenía los ojos más claros que él había visto nunca.

Él podría haberle respondido, pero estaba convencido de que no podría encontrar la palabra adecuada y sólo conseguiría que la chica frunciera el ceño y no volviera a tocar en el mismo sitio. No se daba cuenta de que su silencio hablaba para ella, ella que sacaba música sin dejar de observarle con una media sonrisa.

Pesimista miró el semáforo en verde. Se preguntaba cuántas veces había cambiado de color. Cualquier día llegaría tarde al trabajo por quedarse allí con ella y… y… No estaba seguro de que fuera a salir perdiendo.

El siguiente lunes, Pesimista vio la espalda de Optimista unos metros por delante de su persona y apuró el paso para alcanzarlo. Se puso a su lado y lo miró, esperando que el otro dijera algo. Pero Optimista tenía las ojeras marcadas, el rostro pálido y parecía no verlo. Caminó a su lado y no se detuvo junto a la chica porque el otro tampoco lo hizo. Cuando llegó a la clínica, se fue sin ni siquiera mirarlo, mucho menos despedirse. Pesimista frunció el ceño, ese que llevaba unos días siendo liso.

Al día siguiente volvió a ver la espalda de Optimista, pero no se acercó a él, sino que lo siguió a unos metros de distancia. Los hombros de su compañero aparecían menos hundidos que el día anterior, pero seguía caminando como si no estuviera en el mismo planeta que el resto. Pesimista aprovechó el momento en que el semáforo los dejó atrapados junto a la guitarrista para dejar caer unas monedas en el estuche de ella.

-¿Alguna canción en especial?-preguntó ella, que terminaba de tocar una melodía lenta y relajante. Quería tocar para él y no iba a rendirse hasta que ese chico cediera y le pidiera algo. Ella se lo daría todo y él se volvía mudo para decir el nombre de una canción.

-Algo alegre-pidió Pesimista sin reflexionar.

Cuando ella empezó a tocar, giró la cabeza para ver si eso hacía que cambiara la expresión de Optimista, pero el hombre ya cruzaba la carretera, siguiendo la luz verde del semáforo. Pesimista sujetó su maletín y se dispuso a seguirle.

-¿No te vas a quedar a escucharla?-la chica interrumpió la letra para hacer la pregunta, aunque sus dedos seguían moviéndose ágilmente sobre las cuerdas del instrumento.

-No puedo-dijo él a la par que cruzaba, con el semáforo parpadeando.


Pero no se atrevió a hablarle a Optimista aunque lo alcanzó. Ni siquiera sabía su nombre, pero lo veía tan consumido que… Suspiró. Él no era mala persona, nunca lo había sido. No podía ver el mal ajeno y que no lo importara. Miró el reloj y tomó la decisión de entrar en la clínica odontológica. Quería saber qué pasaba.


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Dos lunes consecutivos subiendo entrada. Hacía bastante que no conseguía eso. Espero poder enlazar un par más, las dos que calculo necesitar para acabar esta historia, que en principio iba a ser mucho más corta, pero que finalmente ha crecido mientras la escribía. Tengo buenas noticias, además. LAS IDEAS HAN VUELTO A MI CABEZA. Eso significa que cuando acabe esta historia tengo ya otras dos cosas en mente que quiero escribir y compartir aquí. 

Si os gusta esta historia, no os olvidéis de dejar comentarios, se valoran mucho más que las visitas. Aunque sea poned un "Me ha gustado", por poco que sea, me encanta leer vuestras opiniones.

Un abrazo desde la maceta :)

21 de abril de 2014

Optimista y Pesimista (III)

“Seguro que quiere dinero, todo se mueve por dinero. Por eso no queda nada hermoso en el mundo.” Pensó mientras sacaba su cartera y extraía unas monedas con cuidado. “Vendemos hasta nuestros dones, ¿para qué? ¿Para qué querrá el dinero esta chica? ¿Ropa? ¿Alcohol?” Dejó caer las monedas mientras su ceño volvía a fruncirse con lentitud, pero la chica seguía mirándolo con esa sonrisa y sin tocar.

-¿A qué esperas?-le preguntó él, un tanto brusco-Me estás haciendo perder el tiempo.

-Eres libre de cruzar, el semáforo ha estado verde dos veces mientras tú estabas ahí plantado-le respondió ella, sin hacer ningún ademán de empezar a tocar-Si tienes que hacer algo importante… Corre.

-¿Ahora que ya tienes mi dinero rehúsas a cantar? Y por supuesto que tengo cosas que hacer-aferró su maletín y lo colocó delante de sus piernas, frente a la cara de la joven-¿Acaso no lo ves?

-Sólo veo a un hombre triste que no me ha dicho la canción que desea escuchar…

-Cualquiera. Eso no es importante. Toca. La gente va a pensar que ocurre algo raro si no tocas-miró a su alrededor, preocupado de que eso estuviera ocurriendo. Pero el mundo era ajeno a ellos en esos momentos.

-¿La canción no es importante? Hay canciones que encienden el corazón, lo hacen brillar; otras que lo cubren de lágrimas salidas de ninguna parte; una canción puede cambiarte por completo… No digas que no es importante-el tono de ella perdió el buen humor y se tornó serio.

-No quiero escuchar ninguna canción. Quédate el dinero, de todas formas, te he escuchado muchos otros días sin pagar ni un céntimo-recalcó Pesimista y fue a cruzar, pero el semáforo estaba rojo, imposibilitando su huida. Hubiera saltado una verja de alambre de espino para no tener que seguir con la conversación, pero esa muralla de coches en movimiento parecía mucho más infranqueable.

La chica lo seguía mirando en silencio y se mordía el labio para contener una sonrisa. Cuán divertido era ese gruñón tan guapo, pensaba.

-¿Vas a quedarte ahí en silencio?-le preguntó Pesimista de nuevo, con aire exasperado.

-Has pagado y has dicho que no querías escuchar ninguna canción, simplemente lo estoy cumpliendo.

El hombre iba a replicar, pero el semáforo se puso verde y decidió que no quería pasar más tiempo ahí. O que no debía. Porque esa sonrisa que la chica contenía era como si el sol saliera entre las nubes en pleno otoño sólo para él. Y el sol nunca salía para él. Siempre llovía.

20 de abril de 2014

Débiles.

Entre tu cabeza y tu espalda. Tu cuello. Siempre dices que es tu punto débil, y es tan poco original. ¿Se considera punto débil aquello que lo es de todo el mundo? ¿Mi punto débil es que me corten la cabeza? ¿O que te vayas? ¿Puede alguien sobrevivir a tu partida sin llorar? No sé. Aún así, te perdono por no ser original. La belleza está en los ojos del que mira, y aunque no pudiera ver me seguirías gustando. Podría irme a recorrer el mundo para buscar a alguien diferente, pero me acerco y me aprovecho de esa debilidad compartida por todas las personas con las que me he cruzado en esta cama, y sonríes, tiemblas un poco, cierras los ojos... Y luego lo hago yo. Todo a la vez: sonrío, tiemblo y cierro los ojos.

Tu punto débil es tu cuello.

El mío es besártelo.





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En unas horas nueva entrada de Optimista y Pesimista.

3 de abril de 2014

Optimista y Pesimista (II)

Un día veraniego algo cambió. Mientras iban caminando se pararon en el mismo semáforo que cada día, pero esa vez fue diferente. Había música. No tardaron en averiguar de dónde provenía el rasgueo de guitarra: una muchacha joven sostenía el instrumento entre las manos en la mediana de la calle. Tenía la funda abierta en el suelo con algunas monedas.

-Mira que muchacha tan preciosa. Qué ojos azules tan profundos y alegres. Qué sonrisa encantadora. Qué brillante melena rubia-le dijo Optimista a Pesimista, sin disimular su alegría por la belleza de la chica.

Pesimista observó a la chica intentando ser menos descarado que su amigo. Iba a hacer un comentario cuando el semáforo se puso en verde y pudieron cruzar, pasando al lado de la chica, en cuya funda dejó caer dos euros Optimista, acompañando el gesto con una sonrisa. Una vez que se alejaron varios pasos, habló el Pesimista.

-Los ojos son unas lentillas de colores y una buena máscara de pestañas. ¿Una bonita sonrisa? Varias visitas al dentista. ¿La melena? Un buen corte y un buen champú. Una apariencia completamente antinatural, artificial-declaró mirando a su acompañante, cosa que rara vez hacía.

-Es hermosa y lo seguiría siendo sin esas cosas. Su forma de tocar, la canción… Esa muchacha es vida, compañero, vida-recalcó Optimista.

Iba a replicar Pesimista, pero estaban frente a la consulta en la que trabajaba Optimista. Y no quería pararse a hablar con él, porque no eran amigos, sólo dos personas que se cruzaban en la calle y hablaban porque el otro se empeñaba. Por su silencio, Optimista se despidió con un gesto amable y entró en el edificio. Allí se enfundaría en un uniforme azul oscuro y se encargaría de hacer cosas minúsculas que no tenían ninguna relación con lo que había estudiado ni con lo que quería llegar a ser. Pero, como él pensaba, a veces los caminos más inesperados te llevan a los destinos más maravillosos.

Varios días más tuvieron conversaciones similares mientras iban a trabajar, pues parecía que la muchacha había decidido que ese era un buen sitio para recibir propinas. “Para estorbar al paso y molestar a aquellos a los que no le gusta la música” pensaba Pesimista. “Para embellecer un rincón más de la ciudad tanto a nivel visual como acústico” creía, por el contrario, su acompañante.

Ya habían pasado varios meses desde que los dos hombres se habían conocido. Habían visto morir la primavera, el ciclo completo del verano y ahora el otoño empezaba a asomar desde alguna parte, desde algún lugar cercano al corazón de Pesimista. Su ropa oscura empezaba a ser similar a la del resto de la gente, haciendo que las multitudes se asemejaran más a un grupo que en verano, cuando cada uno trataba de colorear su ropa con un color más brillante que el anterior, con el resultado de un arcoíris demencial circulando por las calles. Caminó pisando las hojas muertas mientras repasaba mentalmente la reunión que tenía esa mañana, en la que todo podía salir mal si se equivocaba en el más mínimo detalle. Debía de saber cada detalle, estar preparado para responder cada pregunta… No importaba que llevara varios años siendo el director de esa sucursal de la empresa, cualquier torre podía derribarse. Y estaba convencido de que muchos deseaban que la que él había construido se desmoronara.

Llegó al lugar habitual de reunión y se encontró con un nuevo retraso de Optimista, el segundo que tenía desde que se habían conocido. Miró su reloj y a ambos lados, frunciendo el ceño. Pero en esa ocasión Optimista no apareció de la nada. “Llegaré tarde, y dirán que soy irresponsable, y me echarán, y me quedaré en el paro…” el cuento inverso de La Lechera pasaba por la cabeza de Pesimista, que contaba los segundos. Esperó un minuto completo y echó a andar. Ni siquiera sabía por qué se había detenido tanto tiempo, si el otro hombre no era más que un desconocido, ¿no? No pudo evitar mirar hacia atrás de vez en cuando, por si venía con retraso, pero no había nadie. Al llegar al paso de peatones, la chica estaba en la mediana como cada día. Esa mañana aún estaba afinando la guitarra con lentitud. Pesimista observó sus uñas, pintadas de un morado excéntrico.

-¿Puedo ayudarle en algo?-le preguntó la chica sin previo aviso, haciendo que él se sobresaltara.

A Pesimista casi se le cayó el maletín al suelo. ¿La había mirado con demasiado descaro? Ahora pensaría cualquier cosa horrible de él, por lo que no tenía sentido pedir disculpas ni justificarse.

-Lo dudo-él se colocó la americana, pretendiendo indicar con ese simple gesto que él  no necesitaba nada que esa chica pudiera ofrecer.

-¿Quizás una canción que haga que sonrías en lugar de fruncir el ceño?-preguntó ella. Sus ojos azules eran limpios y en sus labios carnosos se dibujaba una sonrisa divertida.


Pesimista hizo el gesto más pronunciado durante unos segundos pero, cuando se dio cuenta, relajó el rostro, perdiendo unos cuantos años en apenas unas milésimas. Ella rió. Y reía igual que cantaba. Y Pesimista pensó que si ella no entonaba algo pronto, él iba a estar obligado a hacerla reír. Porque sintió la súbita necesidad de vivir esa risa de nuevo. Pero la muchacha lo miraba en lugar de tocar.

24 de marzo de 2014

Optimista y Pesimista (I)

Aviso: No tiene mucho sentido. Es la adaptación de una redacción que hice en ruso. La voy a subir en varios lunes para que el blog esté más activo. Después de esto espero poder empezar a subir cosas decentes y de contínuo. Bienvenidos a mi maceta. Atte: Tulipán.

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Optimista y Pesimista (I)


El hombre miró al cielo: caía un ligera llovizna y las nubes oscuras empezaban a cernirse sobre lo que esa mañana había sido un hermoso cielo primaveral. Se encogió ligeramente sobre sí mismo para cubrirse de la humedad, puesto que se le había olvidado el paraguas. Pese a ello sonreía, le maravillaba la posibilidad de que apareciera el arcoíris en el horizonte y sabía que la lluvia haría que los parques de su hermosa ciudad se tornaran más verdes. Le maravillaba la vida, era un Optimista. Iba distraído en su propia felicidad cuando se chocó con la espalda de alguien. Ese alguien masculló unas cuantas palabras malsonantes como motivo de la colisión.

“Siempre me tiene que salir todo mal, maldita cruz, maldito mundo, maldito todo” se quejaba mentalmente.
El hombre lo miró: era un señor corpulento que portaba un paraguas amarillo que desentonaba tanto con su indumentaria negra como con su ceño fruncido. Optimista vio que se le había caído un maletín en el suelo y se recogió para tendérselo.

“Y encima se cree que puede tocar mis cosas. Habrase visto” pensaba Pesimista mientras le arrebataba con brusquedad el maletín de las manos a Optimista.

-Lamento el choque, señor, iba ensimismado con la belleza del día y no pude verle-se disculpó Optimista, ignorando el gesto del otro.

-¿Belleza? Se ha puesto a llover de repente y hace frío, y esas nubes son de todo menos bellas. He tenido que coger el paraguas de mi sobrina para poder ir a trabajar y seguro que todos en la oficina va a pensar que soy un estúpido al que le gusta el amarillo. Maldito color. Maldito paraguas. Maldito trabajo-se quejó mientras miraba al objeto con rabia.

Optimista se sorprendió de la reacción del otro puesto que el amarillo le parecía un color alegre, no le veía connotaciones negativas. Tampoco entendía por qué le molestaba la lluvia si podía resguardarse de ella mientras que él tenía que quitarse las gotas de agua de la cara regularmente.

-La vida es bella, señor, simplemente hay que abrir los ojos para apreciarla-Optimista lució una de sus mejores sonrisas acompañando a la frase.

-La vida es como un tren: tienes que seguir las vías sin desviarte del camino y las puertas se abren en paradas exactamente idénticas hasta que un día entras en un túnel del que no vuelves a salir. Y lo que es peor, en ocasiones llueve. No veo cómo puede ser eso hermoso. Es tedioso y aburrido-discutió Pesimista con una mueca de desagrado.

-Discrepo, señor, la vida es como un pájaro. Hoy está aquí y canta, y mañana está en otro lugar en silencio. Nunca sabes qué esperarte: música, silencio, ritmo, quietud, compañía o soledad… Pero todo eso es maravilloso en su justa medida-la lluvia empezaba a calar la ropa de Optimista, pero él no parecía afectado.

-No hay nada justo en esta vida. Ahora me tengo que ir a trabajar-cortó Pesimista y se giró con brusquedad para seguir andando.

-Por supuesto, discúlpeme-Optimista habló con la espalda oscura del hombre antes de empezar a seguirlo, puesto que ambos iban en la misma dirección.

Caminó unos metros a su espalda antes de ponerse a su lado y caminar pareados. Eran una pareja extraña. Pesimista llevaba un traje negro con camisa negra y corbata negra, como si trabajara en una funeraria. Quizás elegía esa indumentaria para demostrar su desprecio a la vida. Y Optimista llevaba unos vaqueros azules y una camisa blanca, un estilo cómodo, tal y como él se sentía consigo mismo y con el mundo. Cuando Optimista llegó a su edificio, se despidió de Pesimista brevemente, pero fue ignorado.

“¿Por qué me saluda? No nos conocemos de nada, simplemente me ha empujado y casi me tira al suelo. No entiendo por qué me dirige la palabra” pensó Pesimista mientras seguía su camino bajo el paraguas amarillo.

Se encontraron varios días más en el camino al trabajo. Optimista siempre lo saludaba y le preguntaba qué tal estaba, obteniendo siempre respuestas breves y cortantes, pero eso no le afectaba, para desesperación de Pesimista.

Tras un mes de encuentros, Pesimista ya se había acostumbrado a la presencia de Optimista, por lo que se sorprendió al no encontrárselo un martes. Se detuvo en el lugar en el que siempre estaba y miró alrededor, con su habitual ceño fruncido.

-¡Buenos días!-le saludó Optimista desde su espalda-¡He traído café! ¿Quiere?

Le tendió un vaso de cartón de una conocida firma, que Pesimista rechazó. “Seguro que me quemo la mano, o los labios o la lengua. Y luego hablaría como si fuera tonto durante varios días. El café siempre frío, siempre frío” pensó para sí mismo.

-Apenas he podido dormir esta noche porque los vecinos de abajo han tenido a su primer bebé y por fin lo han traído a casa, y ha llorado durante toda la noche. Pobre criatura-le narró Optimista con una sonrisa en los labios.

“Bebés del demonio, siempre intentando molestar. Todavía recuerdo cuando mi sobrina era pequeña y mi hermana intentaba que la cuidara los fines de semana. Qué ser más insoportable y ruidoso.” Pesimista no habló aunque reflexionó sobre el tema. “Y con los años no ha mejorado, parece que ha nacido para ser un incordio.”

-Los bebés son pequeños milagros, ¿no cree? ¿Usted tiene hijos?-se interesó Optimista mirando a su acompañante.

-Los bebés son un mal necesario-respondió Pesimista, sin responder a la segunda pregunta por considerarla demasiado personal.

La conversación no se prolongó porque habían llegado al punto en el que Optimista se despedía a diario: una clínica odontológica dirigida por su padre, en la que había podido empezar a trabajar tras varios meses de sequía laboral.

-Que tenga un buen día, señor-le dijo acompañando sus palabras con un gesto de la mano.

-Adiós-le respondió Pesimista, lo que era un gran avance en sus relaciones.


Los encuentros continuaron de lunes a viernes. Se encontraban junto a la fuente, se saludaban y caminaban juntos hasta que Optimista entraba en la clínica. Normalmente Optimista le contaba a su acompañante algún detalle sobre su día, intentando convencerle de lo bella que era la vida. Sin demasiado éxito, o eso parecía.

16 de febrero de 2014

¿Y si ya no te quiero?

¿Cómo estás? Ya sé que, como siempre, no tienes un minuto para mí, pero no pierdo nada por preguntar. He estado pensando en ti esta mañana, mientras revisaba las estupideces que envié por Whatsapp mientras estaba borracho. ¿Te acuerdas de esos corazones que te mandaba a las cinco de la mañana y a los que casi nunca respondías? 
Qué poco me has querido. Y qué lástima, porque esos ratos en los que estabas enamorada de mí fueron maravillosos. Supongo que parte de su encanto residía en la brevedad, en el poco tiempo que transcurría antes de que volvieras a darte cuenta de que lo nuestro era imposible, que yo era el chico con el que no podía ocurrir nada. ¿Y sabes por qué no ha pasado nada? Porque todo el mundo dijo que iba a pasar y te has empeñado en llevarles la contraria. Orgullosa. Y me daba igual porque los amores platónicos también son bonitos. Pero ya no eres ni eso, creo que eres un fantasma de mi pasado. Me sigo preguntando por ti, no lo dudes. 

Pero las estupideces se las mando a otra.


13 de febrero de 2014

Él y su reloj.

No llevamos ni diez minutos hablando y ya miras tu muñeca. Otra persona te espera y miras el reloj, que te dice que queda menos tiempo para verla. Increíble, pero te fías del reloj, que te dice una cosa diferente cada vez que lo miras; y te fías de ella, que no soporta que llegues un minuto tarde. ¿Y yo? He esperado semanas, meses… Esperaría lo que fuera por verte unos segundos, para que me hagas sonreír. Te digo cómo me van las cosas y miras al reloj de nuevo. ¿De verdad prefieres esas manecillas cambiantes antes que mis ojos? Hace un rato eran las ocho, ahora son las nueve y luego serán las diez. Mi mirada siempre dice “te quiero”. Siempre. Pero no aprecias la constancia, si la apreciaras, no buscarías a nadie más. Te levantas y te disculpas, me das un abrazo sabiendo que se me va a parar el corazón.

Ya vuelve en sí.

Toc, toc.

Pero tú prefieres el mecánico tic tac de otra persona y tu reloj. 


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+ Pero Tulipau, tú no usas el blog para estas cosas. Tú subes fics, o eso se supone, que esto está muy vacío.
-Pero *insertar nombre de lector anónimo*, es que se acerca San Valentín. 
+ Tú eres una chica dura.
- No tanto, *insertar nombre de lector anónimo*. 
+ ¿Vas a decir algo aparte de meter este diálogo estúpido al final de una entrada fuera de tu estilo?
- Bueno, ¿te has leído "Bajo la misma estrella"?