31 de diciembre de 2012

Renegade. Capítulo 3.

¡Feliz último Lunes del año a tod@s! Estoy especialmente simpática hoy, igual es porque he estado hablando de MDI toda la tarde, puede ser. He decidido poner este capítulo tal cual lo tenía escrito hace dos semanas, ahora estoy leyendo Insurgente y habría cosas que quizás tendrían que ser diferentes, pero he decidido no ponerme a mirar esos detalles y tirar para adelante. Iré añadiendo cosas en lo que escriba a partir de ahora para que encaje mejor.
Y sin más dilación, el tercer capítulo. Os advierto que vienen un par de ellos un poco moñas (?)
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'Kryptonita'

“El amor es un misterio. Todo en él son fenómenos a cual más inexplicable; todo en él es ilógico, todo en él es vaguedad y absurdo.”- Gustavo Adolfo Bécquer




La caída volvió a pasar delante de sus ojos decenas de veces: su pie derecho enganchándose a la pierna izquierda, sus rodillas impactando contra el borde del escalón, sus antebrazos, la vuelta rodando sobre dos escalones… Para terminar mirando al techo estirada sobre un duro escalón, desorientada. Rachel se llevó una mano a la sien y miró las puntas de sus dedos teñidas de rojo, se quedó observándolos mientras el caos inicial empezaba a sistematizarse con rapidez.
Una hora después estaba sentada en la camilla de la enfermería. Su madre había llegado hacía unos minutos y hablaba con el doctor. Rachel se miró los pies, que balanceaba lentamente. No sabía las consecuencias que podría tener su caída, ni siquiera sabía si había habido heridos… Nada. Y no había nada peor que no saber.

-¿Rachel? ¿Cómo te encuentras?-le preguntó el doctor, acercándose e iluminándole el ojo con una linterna.

-Bien-la chica hizo un esfuerzo para no guiñar el ojo, pues sabía que la luz tenía un objetivo más allá de fastidiarla.

-No parece que tengas nada grave, te he dado un par de puntos en la herida que he hiciste, y seguramente te salgan algunos moratones por el cuerpo-le explicó el doctor retirando la luz y señalando las rodillas de la chica.

-Ajá-Rachel asintió con lentitud, un poco atontada.

-¿Puedo llevarla ya a casa, doctor Arden?-su madre intervino acercándose y poniendo una mano sobre el hombro de Rachel.

-Por supuesto, ya se ha aclarado que le tiraron la caja y luego se tropezó, por lo que está exenta de responsabilidad. Es la segunda vez que ocurre desde que se ha dado permiso para fabricarlos, por lo que se revocará el permiso-el doctor se retiró con una sonrisa profesional.

-¿La segunda vez? No había escuchado nada-se sorprendió la señora Everdeen.

-El viernes a última hora hubo una explosión en un laboratorio, sin heridos.-explicó Arden sentándose tras su escritorio-Que tengan un buen día.

Rachel se bajó de la camilla y salió caminando junto a su madre. Por suerte no se cruzaron con demasiada gente mientras se dirigían a la parada del autobús. El hecho de que no fueran a tomar medidas contra ella no quería decir que todos fueran a estar de acuerdo con ello, pasaba siempre, no todos podían estar contentos con cada decisión aunque todas fueran tomadas desde la lógica.

El viaje en autobús fue silencioso y en cuanto llegaron a casa, Rachel se fue a la cama. Abrió el cajón inferior de su mesilla de noche y sacó la que había su lectura favorita desde que tenía memoria: un cómic de Superman muy antiguo.

-¿Rachel?-su madre se asomó, y al ver que no estaba intentando dormir entró en la habitación y se sentó a los pies de su cama-¿Qué hacías con explosivos, cariño? Es algo que nunca te ha atraído, son peligrosos.

-Estaba con Benjamin, los hicimos para conseguir unas entradas-respondió Rachel con apatía.

-¿Baker? ¿Ese chico que te ha invitado a decenas de citas?-su hija asintió para confirmarlo-Tenía entendido que no te gustaba ese chico-Rachel se encogió de hombros-¿Te gusta ahora?

-Es simpático.-alzó un hombro hasta rozar su oreja.

-Y guapo-su hija hizo un leve asentimiento en esta ocasión.-¿Hiciste los explosivos para poder estar con él?

-No-Rachel frunció el ceño sin comprender la dirección de los pensamientos de su madre-Podría estar con él cuando quisiera… Simplemente no me pareció mala idea, era química, similar a preparar algunas medicinas.

El timbre del piso sonó dos veces. La madre de Rachel se levantó y salió de la habitación. La chica se quedó pensativa, ¿realmente se madre pensaba que se pondría en riesgo por impresionar a un chico que no le gustaba? La idea no terminaba de encajarle, puesto que su madre sabía todo lo que se paseaba y lo que no por el corazón de la chica, y Benjamin Baker no era más que un amigo, un amigo que no quería ser sólo eso, pero un amigo.

-Es Benjamin. Le he dicho que no sabía si estabas despierta. ¿Quieres que lo deje entrar?-Rachel negó con la cabeza, en ese momento no le apetecía escuchar disculpas o que le echara la bronca por caerse o lo que fuera que Benjamin quisiera-Está bien.

Dos minutos después su madre volvía a estar apoyada en el marco de la puerta, observando cómo Rachel abría el comic y empezaba a leer. Había visto a su hija hacer lo mismo durante años, cada vez que le ocurría algo malo se refugiaba en aquellas páginas. Y desde hacía un año, era una lectura mucho más habitual. Notaba a Rachel muy cambiante, tan pronto estaba con el ánimo por las nubes y convencida de que podía conseguirlo todo, como la veía allí en silencio pasando páginas con lentitud.

-Cariño, ¿qué te ocurre? ¿Estás así por lo que ha ocurrido? Sabes que no fue culpa tuya, Rachel, si hubiese sido tu culpa te lo habrían dicho. Fue un accidente.-los ojos verdosos de su madre destilaban preocupación.

-El problema es que ni siquiera me importa lo que ha pasado, mamá. Es… Me quedé mirando mi sangre, no miré a los demás, me quedé pensando en mí…

-No eres una abnegada, es lógico que te preocupes por tus heridas, Rachel-la cortó su madre con tono dulce-Eso no te hace mala persona.

-No pensaba en mis heridas… Pensaba que lo triste que sería morirme sin que me hayan besado ni una sola vez. A todas las chicas que conozco las han besado alguna vez. Sam besó a Dean hace dos semanas… Y yo. Yo nada.-Rachel hizo una mueca para intentar que las lágrimas no empañaran su mirada.

-Dos semanas. Dos semanas no son tanto tiempo. Tienes dieciséis años, no creo que sea un problema no haber besado a nadie, cariño-su madre caminó hasta sentarse en la cama de nuevo-Tienes mucho tiempo por delante.

-¡Pero el problema no es ese, mamá! ¿No lo ves? Es que no hay nadie a quien quiera besar. ¡Nadie! Veo a decenas de chicos cada día y ninguno me interesa… He estado leyendo libros, mamá, es muy raro no sentir atracción por nadie cuando tienes mi edad, se supone que tengo las hormonas haciendo destrozos en mi organismo y ¡nada! No me imagino cómo será cuando pase la adolescencia. Seguramente me compre un gato y le de todo mi cariño o algo…-intentó no hacer un puchero sin éxito.

-Pues, por lo que me has contado otras veces, yo creo que sí que hay alguien a quien quieres besar.-replicó su madre con dulzura.

-Pero eso es… Una estupidez.

-El amor suele parecer una estupidez, hasta que ves sus frutos y te das cuenta de que algo tan positivo no puede ser estúpido, probablemente enamorarnos sea lo más inteligente que hacemos en nuestra vida, tan inteligente que ni siquiera tú eres capaz de comprenderlo-su madre le acarició la mejilla deshaciendo una lágrima.

-Una estupidez. Entonces probablemente esté enamorada-Rachel suspiró y provocó que su madre sonriera de forma alentadora.

-Eso es algo que debes de saber tú, no yo-volvió a acariciarle la mejilla y se levantó de la cama-Voy a preparar la comida, haré algo especial aprovechando que estamos las dos en casa.

-Gracias, mamá-musitó Rachel, aún pensativa.

Estúpido. Imposible. Irracional. Intenso. Más estúpido. Asintió lentamente mientras pensaba sobre ello. Sus ojos fueron a la página que buscaba siempre cuando el miedo a no poder querer a nadie la asaltaba. No sabía de quién era el comic, pero había dejado escrita una reflexión con rotulador rojo sobre una de las viñetas, en la que salía Superman mirando a Lois Lane desde la distancia. La mujer morena estaba rodeada por un círculo rojo y, junto a ella, ponía con letra clara: “Ella era la auténtica debilidad de Superman, el amor; pero también su fuerza, pues por ella rompería paredes de kryptonita.”

El amor era algo que no se buscaba, definitivamente. Y que podía surgir de tiempo juntos, como pasaba con algunas personas; o en minutos, como le había ocurrido a ella. Pero nadie podía decirle que aquello no había sido real, que no la había cambiado. Y no había sido “por el susto” o “por la edad”. Simplemente, diez meses atrás, se había enamorado.

24 de diciembre de 2012

Renegade. Capítulo 2.

Aquí os dejo el segundo capítulo, que me ha salido un poco más largo de la cuenta. Espero que no se os haga pesado. Intentaré, a partir de ahora, subir un capítulo nuevo cada lunes, puesto que el lunes es el día más maravilloso de la semana. Y esto es así. Me gustaría mucho recibir algún tipo de feedback, no me seáis sosos, que luego pongo burradas que hacen que no encaje con la saga y me siento mal conmigo misma.

Un saludo a todos. *Sopla los bytes de polvo acumulados como el calvo de la lotería*.
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'Cosas que explotan'

"Nunca consideres el estudio como una obligación, sino como una oportunidad para penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber."- Albert Einstein


Tras bajar del autobús se separó de los hermanos Baker, perdiéndolos entre los centenares de estudiantes que se acumulaban a la entrada del centro. El sistema era simple: había cinco entradas en forma de túnel en las que se comprobaba que los estudiantes no llevaran ningún objeto no permitido mediante un efectivo escáner; ahí mismo pasaban su tarjeta por un lector que contabilizaba su presencia en el centro. De ese modo podían saber quién faltaba a clase y cuántos alumnos había en el interior en cada momento. Las filas no estaban especialmente ordenadas, puesto que los alumnos comentaban cosas del fin de semana entre ellos con ilusión. Los vaqueros azules eran la prenda de moda ese mes de marzo, y la mayoría, incluida Rachel, portaban esa prenda con el color distintivo de su facción. Tuvo que esperar unos minutos antes de meterse en el túnel metálico y recorrer los dos metros que tenía; pasó su tarjeta por el lector y sonrió al estar dentro del recinto.

Recorrió el pasillo cimentado que llevaba al Hexágono. El Hexágono era exactamente eso, un hexágono enorme de baldosas azuladas que constituía la zona central del recinto. En cada uno de los lados de la figura había un edificio acristalado, cada uno con diferentes funciones: uno para las clases, otro con las bibliotecas, otro para los debates, el cuarto destinado a los laboratorios, el quinto eran oficinas y el sexto tenía salas libres y el comedor. Era el lugar dónde los eruditos ampliaban conocimientos, a parte de los que compartían con las otras facciones en los institutos, a dónde Rachel no asistía regularmente, porque no lo consideraba necesario para aprobar los exámenes… Y muchos de sus compañeros mantenían la misma opinión, la tercera parte de ellos. Los otros iban habitualmente y se mezclaban con el resto.

Rachel se dirigió hacia el edificio de las clases y miró el mapa electrónico en el que se indicaban los horarios de cada clase y un breve resumen sobre la temática. Encontró interesante una sobre matrices, por lo que cogió el ascensor a la cuarta planta y pasó su tarjeta por el lector de la puerta del aula H4. El número siempre equivalía al piso y la letra era lo que actuaba como distintivo, no había problemas porque nunca había más de veinte aulas diferentes por planta. Las aulas tenían todas un aspecto similar: asientos en anfiteatro y una tarima en la parte baja, en la que se ponía el profesor, con cuatro pizarras blancas detrás, listas para ser llenadas con demostraciones.

El profesor que se encargaría de hablar sobre las matrices era un hombre de unos cincuenta años, con el pelo largo, un poco de barba y espalda ancha. Se encontraba escribiendo números en una de las pizarras, como preparación previa a la clase que, según indicaba un reloj que se proyectaba sobre las pizarras, empezaría 3:54 minutos después.

La joven se dirigió hacia un asiento libre en cuarta fila, junto a una chica de unos diez años. No le extrañaba encontrarse a niños de todos los niveles en las clases. Lo más normal era que los menores de doce años estudiaran las clases básicas que se impartían en las dos primeras plantas o en los institutos comunes, pero siempre había algunos que avanzaban mucho en alguna rama y empezaban a asistir a clases más especializadas. Ella misma había empezado a hacerlo desde los 11 años. La clase se fue llenando con rapidez y, cuando faltaban diez segundos para el inicio, la puerta se cerró con un mecanismo automático. No se podían interrumpir las clases, era una norma básica. Si entrabas te comprometías a asistir a la clase completa, porque eso era lo útil, no llegar tarde o salir antes.


Dos horas después, Rachel salió del edificio tras haber recibido la clase sobre matrices y otra sobre integrales, en la que había coincidido con Gina. Había llenado varias páginas de su cuaderno rojo con apuntes sobre ellas, por lo que a la hora de comer los revisaría y pasaría a limpio, dejándolos ordenados y con lo más importante claro, para que le fueran útiles cuando fuera a repasar. Siempre hacía las anotaciones en el cuaderno rojo, que en realidad eran varios a lo largo del mes, y luego escribía los datos y conclusiones en folios que incluía en su archivador agrupados por materia y temática.

Caminaba rápidamente por el Hexágono en dirección al laboratorio en el que había quedado con Benjamin: B7, biotina. Relacionar los laboratorios con vitaminas era una buena forma para no confundirse. Estaba ya casi junto a las puertas de cristal cuando una mano en su espalda la detuvo. Se giró y se encontró a una chica rubia, que apoyaba las manos en los muslos tratando de recuperar el aliento con la lengua fuera.

-¿Me has venido persiguiendo desde tu casa o has perdido forma física?-le preguntó Rachel con una sonrisa burlona.

Samantha Jones había sido su mejor amiga desde que tenía uso de memoria. El primer día de clase en el Hexágono, Sam se había caído al suelo de bruces y Rachel se había tropezado con ella dejándose la frente contra el suelo. En lugar de enfadarse con Sam, Rachel le había pedido que la acompañara a la enfermería porque le dolía la cara. La consecuencia había sido una cicatriz sobre la ceja de la niña y una amiga para toda la vida. Rachel tenía claro que había salido ganando.

-Mientras tenga forma mental, lo otro no me preocupa. Acabo de estar en una clase sobre agujeros negros cuyo ritmo no he podido seguir… Creo que volveré a asistir la semana que viene, y todas las semanas que sean necesarias hasta que lo entienda-le replicó Sam incorporándose y apartándose la melena rubia del rostro. Rachel admiraba la perseverancia que tenía su amiga para conseguir entender cosas fuera de su nivel; porque el único motivo por el cual la rubia no seguía esa clase era porque no había asistido a las de física del universo que permitían comprenderlo.

-Esa es la actitud. ¿Y ahora qué vas a hacer?-le preguntó Rachel frunciendo levemente el ceño. Su amiga no solía acercarse a los laboratorios, era más de desarrollos teóricos sobre el espacio exterior.

-Pues iba a la biblioteca a recabar más información que me facilite el trabajo, pero entonces te vi y me he dejado los pulmones para darte los buenos días. ¿A que soy la mejor amiga del mundo?-le sonrió mostrando sus pequeños dientes y haciendo que sus ojos se animaran.

-Lo eres. Pero me estás entreteniendo, tengo que subir a la planta 7 a ver un experimento-miró el reloj, ya iba más de cinco minutos tarde, al final Benjamin empezaría sin ella.

-¿Un experimento de qué? ¿De esos de pelotitas?-la interrogó.

Rachel entrecerró los ojos. Para ella la física era mucho más que “pelotitas”, pero Samantha se empeñaba en descalificarla siempre que podía. Habían discutido muchas veces sobre ello, pero sin que afectara a su amistad por más de dos minutos.

-Benjamin me ha dicho que iba a enseñarme unas cosas de química-respondió alzando un hombro levemente.

-¡Beeeeenjamin Baker vuelve al ataque!-chilló Sam para luego soltar una carcajada, que hizo que varios de los estudiantes se giraran hacia ella-Hace tiempo que ese chico quiere enseñarte su química, Rach, tú ya me entiendes-alzó las cejas en repetidas ocasiones.

-Mira que eres tonta-hizo un amago de pegarle a su amiga y sacudió la cabeza con una sonrisa divertida en los labios, Sam no tenía remedio-Te veo en el comedor más tarde.

-Ya me describirás tus experimentos con Baker-repitió el gesto de las cejas y volvió a reírse.

Rachel sacudió la cabeza y echó a andar con paso ligero hacia el laboratorio, tuvo suerte con los ascensores, pues había uno libre que la trasladó a la séptima planta en segundos. Una vez allí, no le costó encontrar la puerta del laboratorio B. Las paredes no eran acristaladas en ese lugar, por lo que no podía saber lo que le esperaba al otro lado.

Abrió la puerta un poco y se asomó, encontró a Benjamin con unas enormes gafas protectoras de plástico, unos guantes amarillos y una bata azul claro que cubría toda su ropa. Sonrió sin querer y entró en la sala. Había encimeras y un fregadero en un lateral; en el centro estaba una mesa con diferentes tubos de cristal, vasos de precipitados, pipetas y polvos de colores. Podría identificarlos si les dedicaba un rato, pero prefería escuchar lo que el chico tuviese que decir.

-Llegas tarde, Everdeen-Benjamin no levantó la vista de sus manos, que vertían con cuidado un líquido transparente en un matraz aforado empleando una pipeta.

-No veo que tengas todo listo, Baker-respondió ella dejando su bolso sobre las encimeras, y cogiendo una bata azul de allí-¿No tengo derecho a guantes?

-No tengo intención de dejarte tocar nada peligroso. ¿Qué sería de un mundo sin tus manos?-los ojos azules la acariciaron con lentitud, haciendo que ella desviara la mirada hacia uno de los montones de polvo.

-Bien, mis manos estarán a salvo. ¿Qué vamos a hacer?-Rachel cogió una varilla metálica y removió el polvo distraídamente.

-Eso que estás removiendo es polvo de aluminio, y yo estoy manejando trinitrotolueno. Te dejo intentar adivinarlo.-respondió él volviéndose a centrar en su trabajo.

-Cosas que explotan-concluyó Rachel en menos de cinco segundos. Aunque no fuera una apasionada de esos temas, tenía conocimientos bastante avanzados, como de todo lo que llegaba a sus manos.

-Concretamente tritonal. Hay un permiso especial para fabricarlo esta semana porque necesitan mandar un envío a la sede de Osadía, y nosotros vamos a aprovecharlo-la enorme sonrisa de Benjamin desconcentró a la chica unos segundos-¿Tienes alguna idea del procedimiento?

-Algo…-no le gustaba admitir que no sabía sobre algún tema, por lo que consideró saber los ingredientes y el nombre de los materiales como un conocimiento válido sobre el tema.

Benjamin le sonrió con suficiencia, como si pudiera adivinar que no estaba diciendo la verdad y le señaló la pizarra blanca de la pared, dónde había anotado los diferentes pasos con algunas anotaciones. Dedicó diez minutos a explicarle cómo funcionaba y pasaron la siguiente media hora trabajando en el no tan complejo proceso, acompañados de una amena charla sobre fisiología cerebral.


-Creo que hacemos un buen equipo-comentó Benjamin satisfecho, terminando de meter la última barra de tritonal en una caja de cartón del tamaño de su cabeza.

-Creo que podríamos dedicar nuestros esfuerzos conjuntos a cosas más útiles que explosivos-replicó ella empezando a sacarse la bata, para dejarla sobre la encimera donde la había encontrado.

-A mí me gustan los explosivos-dijo él encogiéndose de hombros y dejando la caja cerrada sobre la mesa. A continuación se quitó los guantes amarillos y los dejó el lado de la caja.

-Probablemente algo funcione mal en tu centro del placer-Rachel se encogió de hombros y se acercó a la mesa para coger la caja.

-Yo creo que funciona perfectamente, pero no puedo hacer todo lo que me gustaría para obtener placer-la miró con un brillo de picardía que no le pasó desapercibido a la chica. No había conversación en la que no acabaran tonteando levemente, y no sabía si eso le molestaba o no, era incapaz de decidirse-¿Llevas eso al mostrador de materiales mientras yo recojo esto? Te tendrían que dar unas entradas como pago.

-¿Unas entradas para qué?-se interesó ella observando como él empezaba a trasladar los materiales que habían empleado al fregadero.

-Sorpresa. Pero serán dos, una para ti y una para mí. Como buen equipo nos repartimos las recompensas-le respondió dándole la espalda mientras empezaba a limpiar.

-Igual cojo las dos y me voy corriendo con otro…

-No creo que pudieras disfrutarlo después de dejarme aquí fregando con esta cara de pena-Benjamin se giró haciendo un puchero y poniendo ojitos, pareciendo un niño pequeño.

-Puede que te sorprenda, Baker, no estoy ni en Verdad ni en Cordialidad ni en Abnegación-le dijo Rachel saliendo por la puerta con la caja en las manos.

-Tampoco en Osadía-respondió él, aunque ella ya no lo escuchó.

Rachel caminó por el pasillo con la caja en las manos. Sabía que era algo peligroso, puesto que aunque no fuera a explotarle en la cara, tampoco debía agitarlo demasiado o hacer movimientos bruscos, era mejor prevenir que curar. El mostrador que Benjamin le había indicado estaba en el vestíbulo de la planta baja. Era habitual que en los laboratorios se pidieran ciertas sustancias y se dieran premios a los estudiantes por hacerlas, por ejemplo, ahora que se acercaban las pruebas, la ceremonia de elección y las iniciaciones de las diferentes facciones, se pedían diferentes desinfectantes para heridas y una cantidad ingente de suero de la verdad; que eran los productos que estaban al nivel de los estudiantes, el suero de simulación era demasiado complejo incluso para el más avispado químico menor de dieciséis años. Como los ascensores estaban ocupados, decidió bajar por las escaleras; se moría de ganas por saber para qué serían las entradas. Era algo parecido a una cita desde su punto de vista, una cita con Benjamin. Habían tenido varias, y todas de ese tipo, sin decirle nada claro; Rachel lo prefería así. Disfrutaba del tiempo con el rubio, pero nada más.
Seguía reflexionando sobre la cita y Benjamin cuando, al llegar al segundo piso, una chica pasó corriendo a su lado, desequilibrándola. Rachel se agarró a la barandilla con una mano para recuperar el equilibrio, evitando caerse con los explosivos. Por poco.

-Eh, ¡mira por dónde vas!-le increpó a la chica agarrándose con fuerza a la barra de metal, recuperándose del susto.

Entonces fue cuando pasó el chico que bajaba las escaleras de tres en tres persiguiendo a la chica y le golpeó la mano con la que sujetaba la caja, haciendo que el cubo de cartón saliera disparado por los aires. Rachel abrió los ojos y la boca desmesuradamente y se estiró para coger la caja antes de que se cayera por la barandilla, tuvo que sacar medio cuerpo hacia fuera para conseguirlo. Y aun así una de las barras cayó al vacío por la tapa ligeramente abierta tras el choque.

-¡No! ¡No!-gritó mirando como la barra oscura descendía por el hueco de las escaleras, recogió el cuerpo hacia dentro y bajó las escaleras a trompicones-¡Cuidado! ¡Explosivos!-pero, con su experiencia en física, sabía que no podía llegar abajo antes que el tritonal, ni siquiera tirándose por el hueco de las escaleras.

La explosión la desorientó mientras llegaba al último tramo de escaleras, la luz la cegó y perdió el paso en los escalones, cayendo en plancha hacia delante y dejando que la caja se le escurriera entre los dedos hacia delante.

Múltiples explosiones. Gritos. Un ruido sordo. Algo húmedo en la oreja.

Rachel quedó tirada en las escaleras a quince escalones del vestíbulo, donde se había desatado el caos.

22 de diciembre de 2012

Renegade. Capítulo 1.

'Un acertijo en el espejo'

"Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado, un esfuerzo total es una victoria completa." - Mahatma Gandhi.


El sonido de la persiana abriéndose la despertó antes de que la propia luz de la mañana la sacara de sus sueños. Rachel se tapó los ojos con una mano anticipando esa luz y no pudo ver cómo su madre se acercaba a la cama y le retiraba las sábanas de encima. La chica hizo un sonido de sorpresa a la vez que descubría sus ojos oscuros.

-El desayuno está servido. No te ha sonado el despertador porque ha habido un corte eléctrico, se supone que lo repararán pronto.-le dijo su madre mientras se dirigía a la puerta de la habitación para salir, se detuvo ahí, apoyada en el marco y le dedicó una sonrisa-Buenos días, Rachel.

-Buenos días, mamá-logró sonreír pese al sueño.

Su madre era una mujer muy joven, la más joven de todas las madres de gente de su edad. Demasiado, decían algunos. Rachel pensaba que no deberían juzgar a su madre por su edad, deberían hacerlo por vastos conocimientos sobre las matemáticas. Su hija estaba asombrada, aunque esperaba alcanzar su nivel algún día, por el momento procuraba asistir a varias clases de matemáticas a la semana, aunque se pasaba el horario lectivo metida en clases de física. Encontraba esa ciencia mucho más apasionante que las demás.

Se levantó y se puso las zapatillas para ir al baño. El piso era pequeño porque sólo vivían las dos. Tenían una cocina diminuta, un baño pequeño, un pasillo estrecho… Y un enorme salón que ocupaba la mayor parte de la superficie del piso.

La habitación de Rachel tenía las paredes de color azul cielo y la madera de los muebles también era azulada, así como las sábanas y las cortinas. La cama era individual y el armario no era excesivamente grande, pero el dormitorio contaba con un gran escritorio provisto de un potente ordenador, una estantería repleta de libros y una pizarra blanca de tres metros de ancho por cuatro de alto, cubierta de dibujos de planos inclinados y vectores.

Rachel le echó un vistazo antes de salir, repasando las fórmulas que había incluido antes de acostarse. Parecían correctas, pero aún no eran suficientes para resolver el complejo problema que le había planteado su madre y que estaba anotado en un post-it amarillo pegado en la propia pizarra. Los retos intelectuales eran algo habitual entre ellas, una forma de ejercitar su mente activamente a cualquier hora del día.

Se quitó la ropa al entrar al baño y sonrió al encontrar un problema escrito en el espejo con pintalabios rojo.
Con los dígitos: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9. ¿De qué maneras puedes colocar los signos de suma y resta entre los números para que den como resultado el número 100?”


Lo leyó varias veces hasta estar segura de que no se le escapaba un detalle antes de entrar en la ducha. Empezó a probar rápidamente combinaciones, y en menos de cinco minutos ya estaba envuelta en la toalla y dibujando signos “+” y “-“entre los números del espejo. Hallando una sencilla solución que implicaba la mayoría de números de una cifra: 12 + 3 - 4 + 5 + 67 + 8 + 9. Una vez hecho eso, fue con paso rápido a su habitación para vestirse. Se puso una camisa blanca y unos vaqueros, y su jersey favorito: uno gris con rayas de diversos colores.  En el pelo no se hizo nada, se lo había secado un poco con la toalla y decidió dejar que siguiera secando por sí mismo, tampoco hacía demasiado frío fuera. Entró a la cocina y se sentó a la mesa, dónde la esperaba una rosquilla y un tazón de leche con cacao.

-He resuelto el problema del baño, no era difícil-le informó a su madre con una sonrisilla de suficiencia mientras partía un trozo de rosquilla y lo metía en su tazón.

-Será que eres demasiado inteligente para mis tontos problemas-su madre le sonrió desde el otro lado de la mesa, dónde estaba haciendo lo mismo que Rachel.

-Nadie es demasiado inteligente, mamá, cuánta más inteligencia, mejor-la corrigió antes de meterse la rosquilla en la boca-Siempre hay que querer más, no somos abnegados-añadió con la boca llena.

-¿Cuántos signos has empleado para resolver el problema?-le preguntó su madre, desviando a Rachel de su línea de pensamiento y haciéndola reflexionar hasta recordarlo.

-Cinco positivos y uno negativo, el negativo en el cuatro-respondió con la imagen del espejo perfectamente dibujada en su cabeza.

-Pues se puede conseguir con tres, por si quieres más-su madre se rió entre dientes antes de terminar de desayunar con rapidez y llevar sus cosas al lavavajillas-Aprovecha tus clases, nos vemos a la hora de cenar.

Observó cómo su madre desaparecía por la puerta con su melena castaña oscura ondeando tras de sí. El pelo de Rachel era más claro, probablemente herencia de su padre, pero no podía saberlo. No conocía a su padre, ni a sus abuelos, ni a tíos… No tenía familia aparte de su madre. Bueno, había hecho sus cálculos y tenía que tenerla, era poco plausible que todos estuvieran muertos cuando ella sólo tenía dieciséis años, pero aún no había podido investigar sobre el tema tanto como le gustaría. Además cuando lo hacía sentía como si estuviera traicionando a su madre, que siempre le había dado todo lo que necesitaba.

Llevó sus cosas al lavavajillas una vez hubo terminado. Cogió su bolso con sus libretas y libros y salió en dirección a la parada de autobús. Cuando era más pequeña su madre la llevaba en coche, pero ya hacía unos años que cogía el transporte público. No le importaba, además así sabía que su madre podía llegar antes a casa por las noches y ella no tenía que cenar sola.

Cuando llegó a la parada había allí dos chicos más que vivían en la misma calle que ella: Gina y Benjamin, hermanos. Ambos vivían dos pisos por debajo de Rachel. Gina era una chica con el pelo claro y muy delgada, con todos los huesos del cuerpo marcados bajo su pálida piel. Era dos años menor que Rachel, por ello nunca habían mantenido una conversación, tenían niveles intelectuales muy distintos. Benjamin, sin embargo, era de la edad de Rachel, era un chico alto y fuerte, con el pelo rubio oscuro y los ojos grandes y azules. Con él había hablado varias veces, era un chico atento y despierto; incluso habían trabajo juntos en un proyecto sobre la gravedad en todos los planetas del sistema solar y sus consecuencias que les había dado fama entre los trabajadores del centro de astronomía.

-Buenos días, Rachel-la recibió con una sonrisa educada, un tanto efusiva, pero ella no percibió ese gesto.

-Hola, Benjamin-levantó la mano levemente para saludarlo y se colocó a su lado.

-¿Qué tal el fin de semana?-le preguntó él con interés.

-Interesante, he estado repasando unos artículos que publicaron la semana pasada sobre la influencia de la presencia de corriente eléctrica en las personas, es decir, de las consecuencias de nuestra exposición a los cables. Creo que han exagerado un poco los resultados, he encontrado incluso errores en sus cálculos. Tengo un artículo rebatiéndolo casi terminado, supongo que lo enviaré esta noche si por la tarde le añado los últimos detalles. ¿Y tú?-a Rachel nunca le importaba hablar demasiado, y se entusiasmaba con facilidad cuando llevaba a cabo un ejercicio intelectual. Además, Benjamin le prestaba toda su atención, por lo que estaba verdaderamente interesado en lo que le contaba.

-Espero recibir una copia de tu artículo lo antes posible. Últimamente la gente hace cualquier cosa por hacer como que descubre algo importante… He mirado la semanal y la mayoría son artículos que destacan fallos de otros anteriores.-se encogió de hombros, parecía realmente decepcionado con no encontrar nada nuevo.

Cada mes salían seis ejemplares de la revista Discovers: cuatro ejemplares semanales, uno a mitad de mes y uno a final de mes que reunía los descubrimientos más importantes de ese mes en particular. Era la revista con mayor distribución entre la facción de erudición, puesto que mostraba estudios que habían llegado a conclusiones. Rachel leía todos los ejemplares que llegaban a sus manos, pero también hacía lo mismo con otras revistas en las que publicaban investigaciones con errores a fin de que alguien lograra ayudar al investigador u otras en las que se reunían artículos al azar. Lo que le interesaba era aprender. Siempre aprender.

-Bueno, quizás es que la gente se empeña tanto en corregir a los demás que no busca sus propios objetivos-comentó Gina, haciendo que ambos se giraran hacia ella. Al momento el color rosado subió a sus mejillas y bajó la vista al suelo.

-Yo he estado trabajando con las propiedades del tolueno, redescubriéndolas en el sótano-Benjamin habló mirando a Rachel, aunque parecía una respuesta a lo que decía su hermana. Una afirmación de que él se preocupaba de buscar cosas nuevas repasando las antiguas.

-Química… Nunca ha logrado captar mi atención completamente.-admitió Rachel. Había estudiado bastante sobre ese tema, pero lo suyo siempre había sido la física.

-Nunca me has dejado intentar captar tu atención… Por la química, quiero decir-una sonrisa titubeante se dibujó en la cara del joven-¿Puedes pasarte hoy por el laboratorio B7? Después de mis progresos el fin de semana he preparado un pequeño experimento, te invito a verlo.

-De acuerdo, ¿a qué hora?-preguntó ella con curiosidad. El hecho de que no le resultara apasionante, no quitaba que quisiera conocer cosas sobre ella. Tampoco le encantaba la historia y se había leído un montón de libros sobre el tema. Era importante saber un poco de todo, la ignorancia era la causa de la mayoría de los problemas del mundo.

El autobús llegó en ese momento y Gina fue la primera en entrar. Benjamin le hizo un gesto para que pasara primero, por lo que entró. No miró al conductor y se dirigió hacia el lugar dónde estaba sentada la niña, que tenía un asiento libre al lado. Rachel prefirió no sentarse y se sujetó a una de las barras. Le gustaba ir de pie en el autobús, le daba ideas para investigar. De hecho, su primer interés por la física había surgido después de un frenazo brusco muchos años atrás.

-¿A las 12 te va bien? Me llevará un par de horas prepararlo todo-el rubio siguió la conversación como si nunca hubiera sido interrumpida.

Se agarró a la mis barra que Rachel, quedando a escasos centímetros de ella. El autobús arrancó y él se desplazó sobre ella con el movimiento. Sintió el olor fresco de su piel, la suavidad de la camisa verde del chico sobre la piel de su brazo… Lo percibió todo. Y no sintió nada. Ni siquiera se ruborizó levemente, como había visto hacer a otras chicas en situaciones similares. Rachel colocó una mano en el hombro de Benjamin y lo ayudó a recuperar el equilibrio.

-Allí estaré. Tengo previsto pasarme por unas clases de matemáticas, cuando salga me tendrás dispuesta a observar tus avances. ¿B2 me habías dicho?-le preguntó para confirmar.

-No, B7, como la biotina, enemiga acérrima de la clara de huevo-la corrigió con una sonrisa. Los ojos azules de él estaban turbados y algo de color había subido a sus mejillas, pero Rachel se limitó a asentir sin fijarse en los detalles.

-No sé si las sustancias químicas se odian entre ellas, Benjamin-comentó sonriendo un poco burlona.

-Tú sabes a lo que me refiero-de nuevo sonrió, y bajó la mirada hacia su mano mientras lo hacía.

Rachel sonrió disimuladamente. Podía entender por qué había tantas chicas interesadas en su rubio vecino: sus ojos eran encantadores, tenía una sonrisa bonita, rasgos inteligentes y un cuerpo bien formado. Pero eso era el exterior, se suponía que la atracción era una cuestión más biológica que estética, aunque no había leído demasiado sobre esos estudios.

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Y hasta aquí el primer capítulo. Espero que lo hayáis disfrutado un poco, un algo, no sé, que haya merecido la pena el rato que os haya llevado leerlo. A mí me ha gustado bastante escribirlo. Hay unos botones de valoración que pueden ser toqueteados.
Antes de comentar (otra cosa que estaría bien que hiciérais, necesito críticas destructivas para dejar de dar la lata) quería aclarar que sólo me he leído Divergente, por lo que estoy tirando de imaginación y quizás hay cosas que no encajen con Insurgente (no lo sé y no quiero saberlo hasta que lo lea, nada de spoilers, por favor).

Y... Eso. Tengo algún capítulo más escrito, iré subiendo uno a la semana si veo que le interesa a alguien; y si no, pues seguiré escribiendo y los almacenaré en el ordenador acumulando bytes de polvo.

Un saludo, es decir, OLA K ASEIS.