27 de noviembre de 2013

Queen of Axes #2

Vuelta al distrito

Nada más bajarme del tren que me había llevado desde el Capitolio a mi hogar, lo primero que hice fue respirar hondo, dejar que el olor a la madera limpiara toda la artificialidad acumulada en mis pulmones durante tanto tiempo. Y después empecé a correr. Mis padres no habían ido a recibirme, por lo que supuse que el deficiente de nuestro alcalde no había dado el aviso de mi llegada. Corrí entre las calles y varios me miraron con sorpresa, algunos me reconocieron y me felicitaron, otros se asustaron. Para ellos era una vencedora, pero también una asesina cruel y despiadada, o eso me había dicho Blight. Llegué a la casa de madera en la que estaba viviendo desde pequeña y vi que faltaba la puerta, fruncí el ceño y me acerqué con lentitud al marco, asomando la cabeza al interior. Todo estaba bastante desordenado.

No pregunté “¿mamá?” porque me parecía demasiado estúpido. Simplemente entré y revolví entre las cosas, intentando averiguar lo que había pasado. Noté una presencia a mi espalda y vi una sombra alargada en el suelo, me giré con brusquedad y dispuesta a tirarme a su cuello, una costumbre de la Arena que probablemente tardaría mucho en quitarme.

-Hola, Mason-el chico moreno estaba apoyado en el marco de entrada y me miraba como si mi presencia fuera un chiste. Lo conocía, era el hermano del chico que había ido conmigo a la Arena, nunca me había caído bien, aunque eso tampoco era nada especial, puesto que no soportaba a ninguno de esos hombres que se comportaban como críos.

-¿Sabes dónde está mi madre?-le pregunté estirándome y ladeando la cabeza para mirarlo, era un chico atractivo un par de años mayor que yo, y un par de palmos más alto y más ancho.

-Con un poco de suerte, con mi hermano-me respondió con dureza.

Podría decir que se debió al momento o a todas las peleas en las que había participado en los últimos días, pero lo cierto es que nunca he sido buena controlando mis impulsos. Me lancé sobre él y lo atrapé pasando un brazo por su cuello, tirando hacia abajo hasta hacerlo caer al suelo. Nos revolcamos sobre el suelo de madera, hasta que quedé debajo de él en una posición de clara inferioridad.

-Viste cómo lo mataban y no hiciste nada-me recriminó. Me fijé en que tenía los ojos enrojecidos, lo que indicaba que había estado llorando a su hermano, o encendiendo un fuego de mala manera en su casa.

-No podía hacer nada, soy una chica débil y flojucha-apreté los dientes removiéndome levemente debajo de su cuerpo, sin conseguir liberarme.

-Ahora sí que no puedes hacer nada, ¿cómo crees que les sentaría que su campeona fuera asesinada nada más llegar a casa?-me preguntó mientras ponía una mano en mi cuello.

Puse mis manos en su muñeca, intentando alejarlo de mí. Mirándolo con la súplica grabada en mis ojos y boqueando, hasta que aflojó lo suficiente como para que pudiera respirar. Di una gran bocanada de aire.

-Gracias. Por favor, déjame ir-le rogué.

No escuché su respuesta ni a él le dio tiempo a llegar a pensarla. Le di un golpe certero en el abdomen con la rodilla, para luego golpearle la rodilla con el pie, haciendo que perdiera el equilibrio. Rodé con agilidad y me coloqué sobre él, poniendo una astilla afilada contra su cuello. Obviamente, jamás había estado en condiciones de matarme, hubiera podido darle la vuelta a la tortilla en cualquier momento, pero había usado la misma estrategia que en los juegos, y él se lo había creído tras verme asesinar a gente en directo.

-Dame un motivo para no clavarte esto en el cuello y dejar que te desangres sin poder gritar para pedir ayuda-le dije mientras presionaba la punta de madera contra su piel.

-No iba a hacerte nada, en serio-tenía la boca pegada al suelo, lo que distorsionaba su voz levemente.

-Si me dices dónde están mis padres, me plantearé no buscar un hacha y trocearte como si fueras leña para la chimenea-tiré un poco de su pelo, sin dejar de amenazarlo con la astilla.

-En la Aldea de los Vencedores, fueron trasladados allí después de que ganaras-la respuesta fue tan rápida que me hizo ladear una sonrisa.

Me puse en pie y lo dejé allí tirado, sin preocuparme por futuras venganzas por su parte. No tenía que temerle a nada, ya había hecho lo imposible, sólo me restaba disfrutarlo. Al salir de la casa recibí algunas miradas interrogantes, que ignoré. Quería ver a mi familia, no había nada en el mundo que deseara más que abrazar a mi madre y que ella terminara de convencerme de que todo podía salir bien; porque, por más que intentara convencerme de que no debía tener miedo, veía muchas amenazas.

...

Quarter Quell.

Casi cada dos pasos tenía que empujar a Majara para que no se hiciera una bola o se pusiera a andar con la mirada perdida en otra dirección, por lo que cada vez lo iba haciendo con mayor brusquedad, hasta llegar a tirarla al suelo. Voltios se agachó a ayudarla a levantarse antes de que yo lo hiciera, pero entonces se llevó una mano a la espalda y se cayó de frente, sobre ella. Di dos pasos corriendo para inclinarme a socorrerlo, tirando de él, pero sin que él pusiera mucho de su parte.

-¿Estás bien?-le pregunté con un poco de preocupación.

Lo habían herido en la Cornucopia al tratar de conseguir un alambre, y ni Blight ni yo habíamos podido llegar a tiempo. No se había quejado demasiado hasta el momento, pero la puñalada tenía que ser bastante dolorosa. No podía comprobar si sangraba mucho o poco porque todo su traje de tributo estaba lleno de líquido espeso y rojizo, al igual que el mío.

No obtuve respuesta, sólo una mirada angustiosa. Le pasé un brazo por la espalda, ayudándolo a incorporarse. Un paseo no era lo mejor en su estado, pero teníamos que salir de allí o acabaríamos ahogados en sangre. Con la otra mano tiré del brazo de Majara, que ya se había puesto en pie por su cuenta, pero caminaba en otra dirección.

-A la playa, nos vamos a la playa-le grité indicándole la dirección con un gesto de la misma mano con la que la había sujetado.


El Capitolio

No había podido evitar el recorrido por todos los distritos, en el que el Capitolio restregaba por la cara de los habitantes de Panem que los Juegos del Hambre seguían existiendo, y que no había ganado uno de los suyos. Era una forma de recordar la pérdida, la sumisión y el miedo; era una forma de utilizarme, lo que me desagradaba. Y había hecho mi última parada en el Capitolio, en la mansión del presidente Snow.

Me encontraba en su despacho, sentada encima de su mesa esperándolo. No iba a dejar de desafiarlo en ningún momento, nunca hasta que no me dejara ser libre de una vez. Tampoco pedía tanto.

-Señorita Mason, espero que estés cómoda-su voz a mi espalda hizo que una mueca de asco se pintara en mi rostro. Sangre. Ese hombre hablaba con sangre en la boca.

-Estaría mejor en mi casa-le respondí, girándome para mirarlo, aunque borrando la mueca. Era rebelde, pero mostrar repulsión hacia su persona… Aún no estaba lo suficientemente loca para ello.

-Mañana podrás amanecer en la Aldea de los Vencedores con todas las comodidades que te proporcionamos-me dijo con una sonrisa.

“Que me he ganado” le corregí en mi cabeza, pero eso no era lo que me importaba. Yo calculaba coger un tren esa misma noche y nadie me había informado de un cambio de planes. Snow no era estúpido y leyó la pregunta en mis ojos.

-Uno de los estilistas ha pedido disfrutar de tu compañía, será generoso con el pago, siempre lo es-me explicó. Aunque no era una explicación.

Por suerte, no necesitaba más datos. Aunque no me hubiera relacionado aún en exceso con los otros vencedores, cosa que haría en los siguientes juegos, sí que conocía a uno de ellos: Finnick Odair.

-No me importa el pago, no lo haré-le dije, intentando aparentar firmeza.

Lo cierto era que, aunque fuera una chica rebelde, apenas era una cría. Y no era estúpida, sabía el poder que tenía el presidente y su habilidad para conseguir que todo Panem bailara a su sádico ritmo.

-Es tu obligación. A las once en la habitación 223, la puerta estará abierta-abrió la puerta y me hizo un gesto para que saliera. Me puse en pie y caminé bastante rápido, pero cuando estuve a su lado me cogió del antebrazo para detenerme-No hagas estupideces.


Sus ojos eran hielo, su aliento sangre y luego estaban las rosas. Como si hubiera colocado flores para camuflar toda la mierda que había en su interior, todo el mal que había hecho en sus años como líder del país… Pero tanta suciedad no la tapaba un dulce perfume, apestaba incluso a través de la televisión, cuando lo veía en las comunicaciones desde mi hogar.


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Estoy segura de que he actualizado la historia antes de lo que esperábais. No es gran cosa, peeero es Johanna. Agradecería un comentario en este capítulo, con dos líneas me sobra, diciendo vuestra opinión sobre:

a) Personalidad de Johanna
b) Personalidad de Snow
c) Cosa loca con el chico de su distrito
d) Narración (cuentan que la hago rara en el mal sentido, por lo que si alguien me ayuda a arreglarla, podría escribir cosas mejores y todos saldríamos ganando.

Un abrazo desde la maceta :)

25 de noviembre de 2013

Queen of Axes #1

Quarter Quell.

Sonó un cañonazo, que hizo que me moviera con más rapidez al recordarme el peligro constante al que estaba sometida.

Estar cubierta en sangre era una situación extraña, parecía que a la Arena le había bajado la regla, lo que no era excesivamente agradable. Esquivé un árbol palpando con las manos. La inclinación del terreno me indicaba hacia dónde estaba la playa, que era el mejor sitio para huir de este clima tan peculiar que me brindaban los vigilantes, pero no. Tenía que ir a buscar a los desgraciados, tal y como me habían encomendado. Exponiendo mi vida a cualquiera, puesto que no podía ver casi nada, por salvar a Majara y Voltios. Por suerte, el odio hacia el Capitolio era un buen impulso a hacer muchas cosas que me parecían desagradables.

Me pareció ver una sombra moviéndose, con la suficiente torpeza como para tratarse de uno de esos tributos del distrito tres. Caminé en su dirección, cubriéndome los ojos con una mano para evitar que la sangre nublara por completo mi visibilidad, aunque el olor férreo empezaba a nublarme el cerebro… Se parecía demasiado al olor del aliento de Snow.


Entrevista tras vencer los 71º Juegos del Hambre.

Estaba vestida con un pantalón corto que apenas era un pantalón y una camiseta marrón, me había negado a que mi estilista hiciera nada conmigo. Había ganado los Juegos del Hambre, era una vencedora, no tendría que hacer el ridículo jamás por nadie. Miré a Caesar Flickerman mientras él hacía un repaso por “los mejores momentos de Johanna Mason”, ni siquiera giré la cabeza para mirar a la pantalla. No iba a olvidar ninguno de los cortes que había hecho con mi hacha para salir de allí, tampoco necesitaba revivirlos unos días después de haberlos realizado. Después de vencer.

-Bueno, has sido toda una sorpresa, Johanna-Caesar se dirigió a mí con sus dientes blancos reluciendo en contraste con el color artificial de su piel-He de admitir que me engañaste antes de entrar, creí que estabas asustada; bueno, de hecho, todos lo creímos.

-Porque sois estúpidos-le dije con una mirada desafiante.

La sonrisa se le quedó congelada en el rostro durante unos segundos, pero luego soltó una carcajada, como si yo no estuviera hablando en serio y fuera un chiste.

-¿Qué ha sido lo mejor de la Arena? Una experiencia tan importante debe de tener muchas cosas para destacar, pero si tuvieras que elegir una…-tras unos segundos en los que dejó que el público se riera, el presentador volvió a centrar su atención en mí.

-Lo mejor era imaginarme que cada tributo al que maté era un ciudadano del Capitolio-sonreí de forma sádica.

Quería asustarlos. Quería que no se volvieran a acercar a mí jamás. Que me dejaran disfrutar de la libertad que me había ganado, junto a mis padres y al resto de mi familia.

-Supongo que…-lo había dejado sin palabras, había dejado al señor bocazas sin nada que decir, y apenas llevábamos un minuto de entrevista-Nos odias a todos.

-Habéis tratado de asesinarme, es normal que sienta un poco de… ¿disgusto es un buen eufemismo?-me burlé de él, mirándolo con rabia.

Si jamás había soportado nada relacionado con el Capitolio, desde que mi nombre había salido en la Cosecha lo único con lo que había fantaseado era con reducir cada una de sus estúpidas casas y sus estúpidas caras a cenizas. O, por lo menos, no tener que verlas nunca más.

-Admiramos tu sinceridad, Johanna, y quiero que sepas que todos nosotros nos alegramos de que salieras con vida de la Arena-varios miembros del público corroboraron esa frase con un tímido aplauso-Salvo los fans de Cedric, supongo. Cuando os quedasteis los dos solos en la Arena y fuisteis hacia el lago para la última batalla… Fue realmente tenso.

-Una desgracia que el chico con los dientes dorados del Distrito Uno no supiera que las hachas se pueden lanzar-hice rodar mis ojos con antipatía.

Que el último tributo vivo hubiera sido ese imbécil había hecho muy sencillo vencer. Pese a que ya había matado a varios antes de enfrentarme a él, volví a hacerme la débil, huyendo de él. Mientras se carcajeaba y me decía que antes o después me atraparía y me haría varias cosas, le lancé un hacha con fuerza y se la clavé en el pecho. Esperé sentada en una roca durante veinte minutos mientras se desangraba hasta que sonó el cañonazo. Mi mentor, Blight, me había dicho que eso se había interpretado como un acto de fría crueldad, no me había molestado en desmentirlo. Lo cierto era que me daba miedo que si me acercaba a rematarlo, me clavara su espada.

-Bueno, por desgracia el tiempo de la entrevista ha llegado a su fin-me puse en pie en cuanto pronunció esas palabras, lista para irme sin decir nada más-Nos vemos en la Gira de la Victoria, Johanna Mason. Disfruta de tu triunfo.

Y todos empezaron a aplaudir. Yo simplemente me largué de allí pensando en escabullirme de volver nunca jamás.


Quarter Quell

Cogí a Voltios por la espalda, y él se giró con brusquedad. Se quitó las gafas para limpiarlas con la camiseta, lo que era tan estúpido que no entendía por qué merecía ser protegido. Bueno, el plan. Él sabía más detalles de “el plan”. Mis instrucciones habían sido más básicas: “Tú y Blight tenéis que proteger a los tributos del distrito tres y llevárselos a Everdeen para que os acepte como aliados”, eso había sido todo por parte de Haymitch. Por lo visto, el viejo borracho no había sido capaz de hacer que la señorita Sinsajo actuara de forma lógica y quisiera aliarse conmigo o con mi compañero de distrito.

-¿Dónde está Blight, Voltios?-le pregunté, pasándome la mano por la boca a continuación para limpiarme la sangre.

-Se chocó contra el campo eléctrico, está muerto. El cañonazo sonó incluso antes de que lograra alcanzarlo-me respondió mientras miraba sus gafas, llenas de sangre, antes de volver a colocárselas.

-Vamos a buscar a Majara y salimos de aquí, ya he tragado esta mierda sin querer-tiré de su brazo para que me siguiera.

Había escuchado un cañonazo hacía un rato, pero no me imaginaba que sería mi mentor el que había muerto. Noté una sensación extraña en el pecho, una que pensaba que ya no tenía la capacidad de sentir. Mi corazón se puso de luto automático, y los ojos me empezaron a arder, pero no iba a dejar que llegara a más.

-¿Crees que es sangre de verdad?-preguntó Beetee mientras caminábamos entre las diferentes plantas de la selva.

-¿Crees que me importa?-le pregunté mirándolo de reojo y soltando un bufido de satisfacción al ver a Wiress a unos metros de nosotros.


Pero al acercarme noté que algo no estaba bien, si ya normalmente parecía que estaba pirada, en esos momentos parecía estar pasando por un ataque de ansiedad.


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Llevaba un tiempo sin publicar nada, pero después de ver la peli recordé por qué Johanna era mi personaje favorito de toda la saga y decidí hacer un pequeño fic sobre ella. Serán dos o tres partes, en un principio, y no contarán nada nuevo. Es un trozo del Vasallaje desde su punto de vista, mezclado con algunas escenas de su pasado. Espero que os guste.