24 de diciembre de 2012

Renegade. Capítulo 2.

Aquí os dejo el segundo capítulo, que me ha salido un poco más largo de la cuenta. Espero que no se os haga pesado. Intentaré, a partir de ahora, subir un capítulo nuevo cada lunes, puesto que el lunes es el día más maravilloso de la semana. Y esto es así. Me gustaría mucho recibir algún tipo de feedback, no me seáis sosos, que luego pongo burradas que hacen que no encaje con la saga y me siento mal conmigo misma.

Un saludo a todos. *Sopla los bytes de polvo acumulados como el calvo de la lotería*.
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'Cosas que explotan'

"Nunca consideres el estudio como una obligación, sino como una oportunidad para penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber."- Albert Einstein


Tras bajar del autobús se separó de los hermanos Baker, perdiéndolos entre los centenares de estudiantes que se acumulaban a la entrada del centro. El sistema era simple: había cinco entradas en forma de túnel en las que se comprobaba que los estudiantes no llevaran ningún objeto no permitido mediante un efectivo escáner; ahí mismo pasaban su tarjeta por un lector que contabilizaba su presencia en el centro. De ese modo podían saber quién faltaba a clase y cuántos alumnos había en el interior en cada momento. Las filas no estaban especialmente ordenadas, puesto que los alumnos comentaban cosas del fin de semana entre ellos con ilusión. Los vaqueros azules eran la prenda de moda ese mes de marzo, y la mayoría, incluida Rachel, portaban esa prenda con el color distintivo de su facción. Tuvo que esperar unos minutos antes de meterse en el túnel metálico y recorrer los dos metros que tenía; pasó su tarjeta por el lector y sonrió al estar dentro del recinto.

Recorrió el pasillo cimentado que llevaba al Hexágono. El Hexágono era exactamente eso, un hexágono enorme de baldosas azuladas que constituía la zona central del recinto. En cada uno de los lados de la figura había un edificio acristalado, cada uno con diferentes funciones: uno para las clases, otro con las bibliotecas, otro para los debates, el cuarto destinado a los laboratorios, el quinto eran oficinas y el sexto tenía salas libres y el comedor. Era el lugar dónde los eruditos ampliaban conocimientos, a parte de los que compartían con las otras facciones en los institutos, a dónde Rachel no asistía regularmente, porque no lo consideraba necesario para aprobar los exámenes… Y muchos de sus compañeros mantenían la misma opinión, la tercera parte de ellos. Los otros iban habitualmente y se mezclaban con el resto.

Rachel se dirigió hacia el edificio de las clases y miró el mapa electrónico en el que se indicaban los horarios de cada clase y un breve resumen sobre la temática. Encontró interesante una sobre matrices, por lo que cogió el ascensor a la cuarta planta y pasó su tarjeta por el lector de la puerta del aula H4. El número siempre equivalía al piso y la letra era lo que actuaba como distintivo, no había problemas porque nunca había más de veinte aulas diferentes por planta. Las aulas tenían todas un aspecto similar: asientos en anfiteatro y una tarima en la parte baja, en la que se ponía el profesor, con cuatro pizarras blancas detrás, listas para ser llenadas con demostraciones.

El profesor que se encargaría de hablar sobre las matrices era un hombre de unos cincuenta años, con el pelo largo, un poco de barba y espalda ancha. Se encontraba escribiendo números en una de las pizarras, como preparación previa a la clase que, según indicaba un reloj que se proyectaba sobre las pizarras, empezaría 3:54 minutos después.

La joven se dirigió hacia un asiento libre en cuarta fila, junto a una chica de unos diez años. No le extrañaba encontrarse a niños de todos los niveles en las clases. Lo más normal era que los menores de doce años estudiaran las clases básicas que se impartían en las dos primeras plantas o en los institutos comunes, pero siempre había algunos que avanzaban mucho en alguna rama y empezaban a asistir a clases más especializadas. Ella misma había empezado a hacerlo desde los 11 años. La clase se fue llenando con rapidez y, cuando faltaban diez segundos para el inicio, la puerta se cerró con un mecanismo automático. No se podían interrumpir las clases, era una norma básica. Si entrabas te comprometías a asistir a la clase completa, porque eso era lo útil, no llegar tarde o salir antes.


Dos horas después, Rachel salió del edificio tras haber recibido la clase sobre matrices y otra sobre integrales, en la que había coincidido con Gina. Había llenado varias páginas de su cuaderno rojo con apuntes sobre ellas, por lo que a la hora de comer los revisaría y pasaría a limpio, dejándolos ordenados y con lo más importante claro, para que le fueran útiles cuando fuera a repasar. Siempre hacía las anotaciones en el cuaderno rojo, que en realidad eran varios a lo largo del mes, y luego escribía los datos y conclusiones en folios que incluía en su archivador agrupados por materia y temática.

Caminaba rápidamente por el Hexágono en dirección al laboratorio en el que había quedado con Benjamin: B7, biotina. Relacionar los laboratorios con vitaminas era una buena forma para no confundirse. Estaba ya casi junto a las puertas de cristal cuando una mano en su espalda la detuvo. Se giró y se encontró a una chica rubia, que apoyaba las manos en los muslos tratando de recuperar el aliento con la lengua fuera.

-¿Me has venido persiguiendo desde tu casa o has perdido forma física?-le preguntó Rachel con una sonrisa burlona.

Samantha Jones había sido su mejor amiga desde que tenía uso de memoria. El primer día de clase en el Hexágono, Sam se había caído al suelo de bruces y Rachel se había tropezado con ella dejándose la frente contra el suelo. En lugar de enfadarse con Sam, Rachel le había pedido que la acompañara a la enfermería porque le dolía la cara. La consecuencia había sido una cicatriz sobre la ceja de la niña y una amiga para toda la vida. Rachel tenía claro que había salido ganando.

-Mientras tenga forma mental, lo otro no me preocupa. Acabo de estar en una clase sobre agujeros negros cuyo ritmo no he podido seguir… Creo que volveré a asistir la semana que viene, y todas las semanas que sean necesarias hasta que lo entienda-le replicó Sam incorporándose y apartándose la melena rubia del rostro. Rachel admiraba la perseverancia que tenía su amiga para conseguir entender cosas fuera de su nivel; porque el único motivo por el cual la rubia no seguía esa clase era porque no había asistido a las de física del universo que permitían comprenderlo.

-Esa es la actitud. ¿Y ahora qué vas a hacer?-le preguntó Rachel frunciendo levemente el ceño. Su amiga no solía acercarse a los laboratorios, era más de desarrollos teóricos sobre el espacio exterior.

-Pues iba a la biblioteca a recabar más información que me facilite el trabajo, pero entonces te vi y me he dejado los pulmones para darte los buenos días. ¿A que soy la mejor amiga del mundo?-le sonrió mostrando sus pequeños dientes y haciendo que sus ojos se animaran.

-Lo eres. Pero me estás entreteniendo, tengo que subir a la planta 7 a ver un experimento-miró el reloj, ya iba más de cinco minutos tarde, al final Benjamin empezaría sin ella.

-¿Un experimento de qué? ¿De esos de pelotitas?-la interrogó.

Rachel entrecerró los ojos. Para ella la física era mucho más que “pelotitas”, pero Samantha se empeñaba en descalificarla siempre que podía. Habían discutido muchas veces sobre ello, pero sin que afectara a su amistad por más de dos minutos.

-Benjamin me ha dicho que iba a enseñarme unas cosas de química-respondió alzando un hombro levemente.

-¡Beeeeenjamin Baker vuelve al ataque!-chilló Sam para luego soltar una carcajada, que hizo que varios de los estudiantes se giraran hacia ella-Hace tiempo que ese chico quiere enseñarte su química, Rach, tú ya me entiendes-alzó las cejas en repetidas ocasiones.

-Mira que eres tonta-hizo un amago de pegarle a su amiga y sacudió la cabeza con una sonrisa divertida en los labios, Sam no tenía remedio-Te veo en el comedor más tarde.

-Ya me describirás tus experimentos con Baker-repitió el gesto de las cejas y volvió a reírse.

Rachel sacudió la cabeza y echó a andar con paso ligero hacia el laboratorio, tuvo suerte con los ascensores, pues había uno libre que la trasladó a la séptima planta en segundos. Una vez allí, no le costó encontrar la puerta del laboratorio B. Las paredes no eran acristaladas en ese lugar, por lo que no podía saber lo que le esperaba al otro lado.

Abrió la puerta un poco y se asomó, encontró a Benjamin con unas enormes gafas protectoras de plástico, unos guantes amarillos y una bata azul claro que cubría toda su ropa. Sonrió sin querer y entró en la sala. Había encimeras y un fregadero en un lateral; en el centro estaba una mesa con diferentes tubos de cristal, vasos de precipitados, pipetas y polvos de colores. Podría identificarlos si les dedicaba un rato, pero prefería escuchar lo que el chico tuviese que decir.

-Llegas tarde, Everdeen-Benjamin no levantó la vista de sus manos, que vertían con cuidado un líquido transparente en un matraz aforado empleando una pipeta.

-No veo que tengas todo listo, Baker-respondió ella dejando su bolso sobre las encimeras, y cogiendo una bata azul de allí-¿No tengo derecho a guantes?

-No tengo intención de dejarte tocar nada peligroso. ¿Qué sería de un mundo sin tus manos?-los ojos azules la acariciaron con lentitud, haciendo que ella desviara la mirada hacia uno de los montones de polvo.

-Bien, mis manos estarán a salvo. ¿Qué vamos a hacer?-Rachel cogió una varilla metálica y removió el polvo distraídamente.

-Eso que estás removiendo es polvo de aluminio, y yo estoy manejando trinitrotolueno. Te dejo intentar adivinarlo.-respondió él volviéndose a centrar en su trabajo.

-Cosas que explotan-concluyó Rachel en menos de cinco segundos. Aunque no fuera una apasionada de esos temas, tenía conocimientos bastante avanzados, como de todo lo que llegaba a sus manos.

-Concretamente tritonal. Hay un permiso especial para fabricarlo esta semana porque necesitan mandar un envío a la sede de Osadía, y nosotros vamos a aprovecharlo-la enorme sonrisa de Benjamin desconcentró a la chica unos segundos-¿Tienes alguna idea del procedimiento?

-Algo…-no le gustaba admitir que no sabía sobre algún tema, por lo que consideró saber los ingredientes y el nombre de los materiales como un conocimiento válido sobre el tema.

Benjamin le sonrió con suficiencia, como si pudiera adivinar que no estaba diciendo la verdad y le señaló la pizarra blanca de la pared, dónde había anotado los diferentes pasos con algunas anotaciones. Dedicó diez minutos a explicarle cómo funcionaba y pasaron la siguiente media hora trabajando en el no tan complejo proceso, acompañados de una amena charla sobre fisiología cerebral.


-Creo que hacemos un buen equipo-comentó Benjamin satisfecho, terminando de meter la última barra de tritonal en una caja de cartón del tamaño de su cabeza.

-Creo que podríamos dedicar nuestros esfuerzos conjuntos a cosas más útiles que explosivos-replicó ella empezando a sacarse la bata, para dejarla sobre la encimera donde la había encontrado.

-A mí me gustan los explosivos-dijo él encogiéndose de hombros y dejando la caja cerrada sobre la mesa. A continuación se quitó los guantes amarillos y los dejó el lado de la caja.

-Probablemente algo funcione mal en tu centro del placer-Rachel se encogió de hombros y se acercó a la mesa para coger la caja.

-Yo creo que funciona perfectamente, pero no puedo hacer todo lo que me gustaría para obtener placer-la miró con un brillo de picardía que no le pasó desapercibido a la chica. No había conversación en la que no acabaran tonteando levemente, y no sabía si eso le molestaba o no, era incapaz de decidirse-¿Llevas eso al mostrador de materiales mientras yo recojo esto? Te tendrían que dar unas entradas como pago.

-¿Unas entradas para qué?-se interesó ella observando como él empezaba a trasladar los materiales que habían empleado al fregadero.

-Sorpresa. Pero serán dos, una para ti y una para mí. Como buen equipo nos repartimos las recompensas-le respondió dándole la espalda mientras empezaba a limpiar.

-Igual cojo las dos y me voy corriendo con otro…

-No creo que pudieras disfrutarlo después de dejarme aquí fregando con esta cara de pena-Benjamin se giró haciendo un puchero y poniendo ojitos, pareciendo un niño pequeño.

-Puede que te sorprenda, Baker, no estoy ni en Verdad ni en Cordialidad ni en Abnegación-le dijo Rachel saliendo por la puerta con la caja en las manos.

-Tampoco en Osadía-respondió él, aunque ella ya no lo escuchó.

Rachel caminó por el pasillo con la caja en las manos. Sabía que era algo peligroso, puesto que aunque no fuera a explotarle en la cara, tampoco debía agitarlo demasiado o hacer movimientos bruscos, era mejor prevenir que curar. El mostrador que Benjamin le había indicado estaba en el vestíbulo de la planta baja. Era habitual que en los laboratorios se pidieran ciertas sustancias y se dieran premios a los estudiantes por hacerlas, por ejemplo, ahora que se acercaban las pruebas, la ceremonia de elección y las iniciaciones de las diferentes facciones, se pedían diferentes desinfectantes para heridas y una cantidad ingente de suero de la verdad; que eran los productos que estaban al nivel de los estudiantes, el suero de simulación era demasiado complejo incluso para el más avispado químico menor de dieciséis años. Como los ascensores estaban ocupados, decidió bajar por las escaleras; se moría de ganas por saber para qué serían las entradas. Era algo parecido a una cita desde su punto de vista, una cita con Benjamin. Habían tenido varias, y todas de ese tipo, sin decirle nada claro; Rachel lo prefería así. Disfrutaba del tiempo con el rubio, pero nada más.
Seguía reflexionando sobre la cita y Benjamin cuando, al llegar al segundo piso, una chica pasó corriendo a su lado, desequilibrándola. Rachel se agarró a la barandilla con una mano para recuperar el equilibrio, evitando caerse con los explosivos. Por poco.

-Eh, ¡mira por dónde vas!-le increpó a la chica agarrándose con fuerza a la barra de metal, recuperándose del susto.

Entonces fue cuando pasó el chico que bajaba las escaleras de tres en tres persiguiendo a la chica y le golpeó la mano con la que sujetaba la caja, haciendo que el cubo de cartón saliera disparado por los aires. Rachel abrió los ojos y la boca desmesuradamente y se estiró para coger la caja antes de que se cayera por la barandilla, tuvo que sacar medio cuerpo hacia fuera para conseguirlo. Y aun así una de las barras cayó al vacío por la tapa ligeramente abierta tras el choque.

-¡No! ¡No!-gritó mirando como la barra oscura descendía por el hueco de las escaleras, recogió el cuerpo hacia dentro y bajó las escaleras a trompicones-¡Cuidado! ¡Explosivos!-pero, con su experiencia en física, sabía que no podía llegar abajo antes que el tritonal, ni siquiera tirándose por el hueco de las escaleras.

La explosión la desorientó mientras llegaba al último tramo de escaleras, la luz la cegó y perdió el paso en los escalones, cayendo en plancha hacia delante y dejando que la caja se le escurriera entre los dedos hacia delante.

Múltiples explosiones. Gritos. Un ruido sordo. Algo húmedo en la oreja.

Rachel quedó tirada en las escaleras a quince escalones del vestíbulo, donde se había desatado el caos.

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