Un saludo a todos. *Sopla los bytes de polvo acumulados como el calvo de la lotería*.
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'Cosas que explotan'
"Nunca consideres el estudio como una obligación, sino como una oportunidad para penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber."- Albert Einstein
Tras
bajar del autobús se separó de los hermanos Baker, perdiéndolos entre los
centenares de estudiantes que se acumulaban a la entrada del centro. El sistema
era simple: había cinco entradas en forma de túnel en las que se comprobaba que
los estudiantes no llevaran ningún objeto no permitido mediante un efectivo
escáner; ahí mismo pasaban su tarjeta por un lector que contabilizaba su
presencia en el centro. De ese modo podían saber quién faltaba a clase y
cuántos alumnos había en el interior en cada momento. Las filas no estaban
especialmente ordenadas, puesto que los alumnos comentaban cosas del fin de
semana entre ellos con ilusión. Los vaqueros azules eran la prenda de moda ese
mes de marzo, y la mayoría, incluida Rachel, portaban esa prenda con el color
distintivo de su facción. Tuvo que esperar unos minutos antes de meterse en el
túnel metálico y recorrer los dos metros que tenía; pasó su tarjeta por el
lector y sonrió al estar dentro del recinto.
Recorrió
el pasillo cimentado que llevaba al Hexágono. El Hexágono era exactamente eso,
un hexágono enorme de baldosas azuladas que constituía la zona central del
recinto. En cada uno de los lados de la figura había un edificio acristalado,
cada uno con diferentes funciones: uno para las clases, otro con las bibliotecas,
otro para los debates, el cuarto destinado a los laboratorios, el quinto eran
oficinas y el sexto tenía salas libres y el comedor. Era el lugar dónde los
eruditos ampliaban conocimientos, a parte de los que compartían con las otras facciones
en los institutos, a dónde Rachel no asistía regularmente, porque no lo consideraba
necesario para aprobar los exámenes… Y muchos de sus compañeros mantenían la
misma opinión, la tercera parte de ellos. Los otros iban habitualmente y se
mezclaban con el resto.
Rachel
se dirigió hacia el edificio de las clases y miró el mapa electrónico en el que
se indicaban los horarios de cada clase y un breve resumen sobre la temática.
Encontró interesante una sobre matrices, por lo que cogió el ascensor a la
cuarta planta y pasó su tarjeta por el lector de la puerta del aula H4. El
número siempre equivalía al piso y la letra era lo que actuaba como distintivo,
no había problemas porque nunca había más de veinte aulas diferentes por
planta. Las aulas tenían todas un aspecto similar: asientos en anfiteatro y una
tarima en la parte baja, en la que se ponía el profesor, con cuatro pizarras
blancas detrás, listas para ser llenadas con demostraciones.
El
profesor que se encargaría de hablar sobre las matrices era un hombre de unos
cincuenta años, con el pelo largo, un poco de barba y espalda ancha. Se
encontraba escribiendo números en una de las pizarras, como preparación previa
a la clase que, según indicaba un reloj que se proyectaba sobre las pizarras,
empezaría 3:54 minutos después.
La
joven se dirigió hacia un asiento libre en cuarta fila, junto a una chica de
unos diez años. No le extrañaba encontrarse a niños de todos los niveles en las
clases. Lo más normal era que los menores de doce años estudiaran las clases
básicas que se impartían en las dos primeras plantas o en los institutos comunes, pero siempre había
algunos que avanzaban mucho en alguna rama y empezaban a asistir a clases más
especializadas. Ella misma había empezado a hacerlo desde los 11 años. La clase
se fue llenando con rapidez y, cuando faltaban diez segundos para el inicio, la
puerta se cerró con un mecanismo automático. No se podían interrumpir las
clases, era una norma básica. Si entrabas te comprometías a asistir a la clase
completa, porque eso era lo útil, no llegar tarde o salir antes.
…
Dos
horas después, Rachel salió del edificio tras haber recibido la clase sobre
matrices y otra sobre integrales, en la que había coincidido con Gina. Había
llenado varias páginas de su cuaderno rojo con apuntes sobre ellas, por lo que
a la hora de comer los revisaría y pasaría a limpio, dejándolos ordenados y con
lo más importante claro, para que le fueran útiles cuando fuera a repasar.
Siempre hacía las anotaciones en el cuaderno rojo, que en realidad eran varios
a lo largo del mes, y luego escribía los datos y conclusiones en folios que
incluía en su archivador agrupados por materia y temática.
Caminaba
rápidamente por el Hexágono en dirección al laboratorio en el que había quedado
con Benjamin: B7, biotina. Relacionar los laboratorios con vitaminas era una
buena forma para no confundirse. Estaba ya casi junto a las puertas de cristal
cuando una mano en su espalda la detuvo. Se giró y se encontró a una chica
rubia, que apoyaba las manos en los muslos tratando de recuperar el aliento con
la lengua fuera.
-¿Me
has venido persiguiendo desde tu casa o has perdido forma física?-le preguntó
Rachel con una sonrisa burlona.
Samantha
Jones había sido su mejor amiga desde que tenía uso de memoria. El primer día
de clase en el Hexágono, Sam se había caído al suelo de bruces y Rachel se
había tropezado con ella dejándose la frente contra el suelo. En lugar de
enfadarse con Sam, Rachel le había pedido que la acompañara a la enfermería
porque le dolía la cara. La consecuencia había sido una cicatriz sobre la ceja
de la niña y una amiga para toda la vida. Rachel tenía claro que había salido
ganando.
-Mientras
tenga forma mental, lo otro no me preocupa. Acabo de estar en una clase sobre
agujeros negros cuyo ritmo no he podido seguir… Creo que volveré a asistir la
semana que viene, y todas las semanas que sean necesarias hasta que lo
entienda-le replicó Sam incorporándose y apartándose la melena rubia del
rostro. Rachel admiraba la perseverancia que tenía su amiga para conseguir
entender cosas fuera de su nivel; porque el único motivo por el cual la rubia
no seguía esa clase era porque no había asistido a las de física del universo
que permitían comprenderlo.
-Esa
es la actitud. ¿Y ahora qué vas a hacer?-le preguntó Rachel frunciendo
levemente el ceño. Su amiga no solía acercarse a los laboratorios, era más de
desarrollos teóricos sobre el espacio exterior.
-Pues
iba a la biblioteca a recabar más información que me facilite el trabajo, pero
entonces te vi y me he dejado los pulmones para darte los buenos días. ¿A que
soy la mejor amiga del mundo?-le sonrió mostrando sus pequeños dientes y
haciendo que sus ojos se animaran.
-Lo
eres. Pero me estás entreteniendo, tengo que subir a la planta 7 a ver un
experimento-miró el reloj, ya iba más de cinco minutos tarde, al final Benjamin
empezaría sin ella.
-¿Un
experimento de qué? ¿De esos de pelotitas?-la interrogó.
Rachel
entrecerró los ojos. Para ella la física era mucho más que “pelotitas”, pero
Samantha se empeñaba en descalificarla siempre que podía. Habían discutido
muchas veces sobre ello, pero sin que afectara a su amistad por más de dos
minutos.
-Benjamin
me ha dicho que iba a enseñarme unas cosas de química-respondió alzando un
hombro levemente.
-¡Beeeeenjamin
Baker vuelve al ataque!-chilló Sam para luego soltar una carcajada, que hizo
que varios de los estudiantes se giraran hacia ella-Hace tiempo que ese chico
quiere enseñarte su química, Rach, tú ya me entiendes-alzó las cejas en
repetidas ocasiones.
-Mira
que eres tonta-hizo un amago de pegarle a su amiga y sacudió la cabeza con una
sonrisa divertida en los labios, Sam no tenía remedio-Te veo en el comedor más
tarde.
-Ya
me describirás tus experimentos con Baker-repitió el gesto de las cejas y
volvió a reírse.
Rachel
sacudió la cabeza y echó a andar con paso ligero hacia el laboratorio, tuvo
suerte con los ascensores, pues había uno libre que la trasladó a la séptima
planta en segundos. Una vez allí, no le costó encontrar la puerta del
laboratorio B. Las paredes no eran acristaladas en ese lugar, por lo que no
podía saber lo que le esperaba al otro lado.
Abrió
la puerta un poco y se asomó, encontró a Benjamin con unas enormes gafas
protectoras de plástico, unos guantes amarillos y una bata azul claro que
cubría toda su ropa. Sonrió sin querer y entró en la sala. Había encimeras y un
fregadero en un lateral; en el centro estaba una mesa con diferentes tubos de
cristal, vasos de precipitados, pipetas y polvos de colores. Podría
identificarlos si les dedicaba un rato, pero prefería escuchar lo que el chico
tuviese que decir.
-Llegas
tarde, Everdeen-Benjamin no levantó la vista de sus manos, que vertían con
cuidado un líquido transparente en un matraz aforado empleando una pipeta.
-No
veo que tengas todo listo, Baker-respondió ella dejando su bolso sobre las
encimeras, y cogiendo una bata azul de allí-¿No tengo derecho a guantes?
-No
tengo intención de dejarte tocar nada peligroso. ¿Qué sería de un mundo sin tus
manos?-los ojos azules la acariciaron con lentitud, haciendo que ella desviara
la mirada hacia uno de los montones de polvo.
-Bien,
mis manos estarán a salvo. ¿Qué vamos a hacer?-Rachel cogió una varilla
metálica y removió el polvo distraídamente.
-Eso
que estás removiendo es polvo de aluminio, y yo estoy manejando
trinitrotolueno. Te dejo intentar adivinarlo.-respondió él volviéndose a
centrar en su trabajo.
-Cosas
que explotan-concluyó Rachel en menos de cinco segundos. Aunque no fuera una
apasionada de esos temas, tenía conocimientos bastante avanzados, como de todo
lo que llegaba a sus manos.
-Concretamente
tritonal. Hay un permiso especial para fabricarlo esta semana porque necesitan
mandar un envío a la sede de Osadía, y nosotros vamos a aprovecharlo-la enorme
sonrisa de Benjamin desconcentró a la chica unos segundos-¿Tienes alguna idea
del procedimiento?
-Algo…-no
le gustaba admitir que no sabía sobre algún tema, por lo que consideró saber
los ingredientes y el nombre de los materiales como un conocimiento válido
sobre el tema.
Benjamin
le sonrió con suficiencia, como si pudiera adivinar que no estaba diciendo la
verdad y le señaló la pizarra blanca de la pared, dónde había anotado los
diferentes pasos con algunas anotaciones. Dedicó diez minutos a explicarle cómo
funcionaba y pasaron la siguiente media hora trabajando en el no tan complejo
proceso, acompañados de una amena charla sobre fisiología cerebral.
…
-Creo
que hacemos un buen equipo-comentó Benjamin satisfecho, terminando de meter la
última barra de tritonal en una caja de cartón del tamaño de su cabeza.
-Creo
que podríamos dedicar nuestros esfuerzos conjuntos a cosas más útiles que
explosivos-replicó ella empezando a sacarse la bata, para dejarla sobre la
encimera donde la había encontrado.
-A
mí me gustan los explosivos-dijo él encogiéndose de hombros y dejando la caja
cerrada sobre la mesa. A continuación se quitó los guantes amarillos y los dejó
el lado de la caja.
-Probablemente
algo funcione mal en tu centro del placer-Rachel se encogió de hombros y se
acercó a la mesa para coger la caja.
-Yo
creo que funciona perfectamente, pero no puedo hacer todo lo que me gustaría
para obtener placer-la miró con un brillo de picardía que no le pasó
desapercibido a la chica. No había conversación en la que no acabaran tonteando
levemente, y no sabía si eso le molestaba o no, era incapaz de
decidirse-¿Llevas eso al mostrador de materiales mientras yo recojo esto? Te
tendrían que dar unas entradas como pago.
-¿Unas
entradas para qué?-se interesó ella observando como él empezaba a trasladar los
materiales que habían empleado al fregadero.
-Sorpresa.
Pero serán dos, una para ti y una para mí. Como buen equipo nos repartimos las
recompensas-le respondió dándole la espalda mientras empezaba a limpiar.
-Igual
cojo las dos y me voy corriendo con otro…
-No
creo que pudieras disfrutarlo después de dejarme aquí fregando con esta cara de
pena-Benjamin se giró haciendo un puchero y poniendo ojitos, pareciendo un niño
pequeño.
-Puede
que te sorprenda, Baker, no estoy ni en Verdad ni en Cordialidad ni en
Abnegación-le dijo Rachel saliendo por la puerta con la caja en las manos.
-Tampoco
en Osadía-respondió él, aunque ella ya no lo escuchó.
Rachel
caminó por el pasillo con la caja en las manos. Sabía que era algo peligroso,
puesto que aunque no fuera a explotarle en la cara, tampoco debía agitarlo
demasiado o hacer movimientos bruscos, era mejor prevenir que curar. El
mostrador que Benjamin le había indicado estaba en el vestíbulo de la planta
baja. Era habitual que en los laboratorios se pidieran ciertas sustancias y se
dieran premios a los estudiantes por hacerlas, por ejemplo, ahora que se
acercaban las pruebas, la ceremonia de elección y las iniciaciones de las
diferentes facciones, se pedían diferentes desinfectantes para heridas y una
cantidad ingente de suero de la verdad; que eran los productos que estaban al
nivel de los estudiantes, el suero de simulación era demasiado complejo incluso
para el más avispado químico menor de dieciséis años. Como los ascensores
estaban ocupados, decidió bajar por las escaleras; se moría de ganas por saber
para qué serían las entradas. Era algo parecido a una cita desde su punto de
vista, una cita con Benjamin. Habían tenido varias, y todas de ese tipo, sin
decirle nada claro; Rachel lo prefería así. Disfrutaba del tiempo con el rubio,
pero nada más.
Seguía
reflexionando sobre la cita y Benjamin cuando, al llegar al segundo piso, una
chica pasó corriendo a su lado, desequilibrándola. Rachel se agarró a la
barandilla con una mano para recuperar el equilibrio, evitando caerse con los
explosivos. Por poco.
-Eh,
¡mira por dónde vas!-le increpó a la chica agarrándose con fuerza a la barra de
metal, recuperándose del susto.
Entonces
fue cuando pasó el chico que bajaba las escaleras de tres en tres persiguiendo
a la chica y le golpeó la mano con la que sujetaba la caja, haciendo que el
cubo de cartón saliera disparado por los aires. Rachel abrió los ojos y la boca
desmesuradamente y se estiró para coger la caja antes de que se cayera por la
barandilla, tuvo que sacar medio cuerpo hacia fuera para conseguirlo. Y aun así
una de las barras cayó al vacío por la tapa ligeramente abierta tras el choque.
-¡No!
¡No!-gritó mirando como la barra oscura descendía por el hueco de las
escaleras, recogió el cuerpo hacia dentro y bajó las escaleras a
trompicones-¡Cuidado! ¡Explosivos!-pero, con su experiencia en física, sabía
que no podía llegar abajo antes que el tritonal, ni siquiera tirándose por el
hueco de las escaleras.
La
explosión la desorientó mientras llegaba al último tramo de escaleras, la luz
la cegó y perdió el paso en los escalones, cayendo en plancha hacia delante y
dejando que la caja se le escurriera entre los dedos hacia delante.
Múltiples
explosiones. Gritos. Un ruido sordo. Algo húmedo en la oreja.
Rachel
quedó tirada en las escaleras a quince escalones del vestíbulo, donde se había
desatado el caos.
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