15 de octubre de 2014

Películas de miedo, camisetas y amor para toda la vida.

Hay gente a la que le dan miedo las películas de terror. Cierran los ojos, se tapan los oídos y sufren de verdad mientras lo ven. Les sudan las manos y se secan en el pantalón antes de coger las palomitas. Quizás están en ese cine sólo para que su mano roce otra mano en ese gesto. Quizás han ido porque todo el mundo iba. O quizás quieren dejar de tener miedo. De las películas o de otra cosa.

Sin embargo, yo no puedo evitar reírme cuando Freddy Krueger hace chistes verdes, cuando habla de un sueño húmedo mientras la chica está hundiéndose en la sangre que inunda el pasillo. Es un humor turbio. Oscuro. Creo que las películas de terror son otra forma de comedia, pero simplemente cuesta más reírse del negro que se tropieza escapando del asesino por el bosque que del chico que se cae enfrente del amor de su vida haciendo el ridículo. Y no sé por qué. No entiendo por qué intentamos ser tan correctos, por qué seguimos tantas normas: ríete en las comedias, llora con los dramas, di que "El club de la lucha" es muy buena aunque te confunda y que el final de "Quiéreme si te atreves" es malo porque no te confunde.

Y asústate con las de terror.
Mejor si gritas.
Ahí estaré yo para reírme.

Porque no me da miedo que un hombre con jersey a rayas se meta en mis sueños para matarme. Diciendo eso puedo parecer muy dura, pero no lo soy. A mí me dan miedo las canciones, especialmente cuando dicen que el amor verdadero es tan sólo el primero. Lo escucho y tiemblo. Lo pienso y me sudan las manos. No hay manera de sonreír al pensar en ello. Porque cuando me enamoré por primera vez no supe que no iba a tener más opciones. Simplemente pasó. Es como si eliges un día que camiseta ponerte y luego resulta que no te la puedes quitar en toda la vida. Sólo puedes ponerte otras encima, pero te quedarán raras, te sentirás incómoda con ellas porque tienes esa otra debajo. Esa tan bonita o tan cómoda o tan algo. Algo tiene que tener para que te la hayas puesto esa mañana. O quizás estabas borracha y era lo primero en el cajón; pero si estaba en el cajón era por algo también.

Y mi camiseta es preciosa.
Comparada con cualquier otra.
Cualquiera.
No he encontrado ninguna mejor.
Y ese es el problema.

Pero algún día quizás mi mano roce la suya al coger las palomitas. Y nos miraremos. Y entenderemos la vida. Y dejará de ser un problema que le vaya a querer para siempre.

O quizás no.

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