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'Muy gracioso. Muy guapa.'
“A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.” -Oscar Wilde.
10 meses antes.
Los
cereales flotaban sobre la leche y Rachel se dedicaba a hundirlos con la
cucharilla, cogiendo alguno de vez en cuando con la misma y llevándoselo a la
boca. Se había preparado para ir a clase, como de costumbre, aunque su madre le
había dicho que se quedara en la cama. Lo cierto es que la cabeza le seguía
doliendo pese a la medicación que se había tomado. Hundió de nuevo todos los
cereales en la taza, y trató de coger sólo uno cuando volvieron a flotar.
Sonrió levemente al conseguirlo y se llevó la cuchara a la boca. Se iba a
aburrir mortalmente toda la mañana si estaba así. Ya había comprobado que su
dolor de cabeza no le permitía ponerse a leer ni realizar cualquier tarea
intelectual, esa era la causa de que llevara casi un cuarto de hora jugando con
sus cereales. Recogió una buena cucharada de ellos y se los llevó a la boca, no
crujían, a ella le gustaban crujientes, aunque sabía que después de tanto
tiempo a remojo era imposible que estuvieran duros.
-Esto
es un tostón-hinchó los mofletes tras darle un trago a la taza y dejarla vacía.
La llevó al lavavajillas y lo encendió al ver que estaba ya casi lleno.
Dio
varios paseos por la casa, colocó la ropa recién planchada, se lavó los
dientes… Pero el aburrimiento era máximo. Y no había nada peor para alguien de
su facción que el aburrimiento, esa sensación de estar perdiendo el tiempo que
podía usar para adquirir nuevos conocimientos. Suspiró después de sacar los
playeros de debajo de la cama. Se iría a dar un paseo. Se calzó y le dejó una
nota a su madre, por si volvía antes que ella, cosa que realmente dudaba,
puesto que no planeaba estar fuera más de una hora o dos.
“Voy
a dar un paseo. Si no he llegado cuando leas esto, probablemente llegue en un
par de minutos. Rachel.”
Cerró
la puerta con llave y bajó las escaleras, empezando a despejarse un poco sólo
con la idea de salir a tomar el aire. Saludó a su vecina de abajo, que justo
salía de casa, y bajaron el resto de los pisos con una conversación formal. Una
vez abajo, se despidió de ella y echó a andar sin rumbo, en la dirección
contraria al Hexágono, no quería acabar entrando en el edificio puesto que le
había prometido a su madre que descansaría.
…
Miró
el cartel de la calle, medio caído sobre la fachada del edificio: “Dr Gold
St.”, por ahí ya había pasado, pero no sabía desde qué dirección. Miró el reloj
con frustración, lleva más de media hora perdida. Entre tanto edificio
derruido, piedras por el suelo, charcos de agua de desagüe… Todo le parecía
absolutamente igual. Y le daba miedo preguntar indicaciones a alguien, estaba
en la zona de los abandonados, aquellos que se habían quedado sin facción tras
las pruebas de iniciación. Y les temía. No
podía evitarlo: era gente que no tenía nada, nada por perder tampoco. Había
escuchado historias sobre lo que podían hacer por conseguir algo de valor…
Llevaba esquivándolos todo lo que podía, cosa que contribuía a que no
encontrara la salida de la zona, puesto que había muchas calles por las que no
podía pasar.
Apoyó
la espalda en la pared y se dejó caer hasta el suelo, pensando que sería mejor
pararse a reflexionar que seguir dando vueltas. Ella sabía salir, el problema
era que estaba nerviosa. Cogió una piedra y empezó a escribir líneas en el
suelo para concentrarse. La mejor solución sería seguir una línea recta en
cualquier dirección, antes o después acabaría llegando a la civilización. Pero
eso ya lo había intentado antes y había sido imposible cuando trataba de
esquivar a los habitantes de la zona. Lanzó la piedra al otro lado de la calle,
frustrada. Tenía que haber una estrategia para salir de allí aparte de la línea
recta.
-¿Estás
de mal humor, niñita?-una voz encima de ella la sobresaltó, no había escuchado
que nadie se acercara.
Negó
con la cabeza mientras analizaba al hombre, era como todos en aquel lugar:
tenía la piel oscura, sucia y arrugada; los ojos turbios, el pelo negro sucio y
enmarañado, la camiseta sudada se le pegaba al cuerpo delgado, tenía el rostro
enjuto y los dientes ennegrecidos.
-Entonces
podemos hablar un rato, estoy algo… Aburrido-el hombre pasó por delante de ella
y se sentó a su lado, estirando las piernas hacia delante y rozando su brazo
con el de ella.
Rachel
trató de no removerse ante el contacto, que le parecía muy incómodo. Su
estómago se encogió y las manos le empezaron a sudar. Notaba el peligro como si
le estuviera soplando en la nuca.
-¿Qué
haces aquí? ¿De qué facción te han echado?-le preguntó el hombre observándola desde
muy cerca.
La
chica intentó contener la respiración para que no le entraran arcadas. El
aliento del hombre era lo peor que había olido en toda su vida, incluso peor
que el más maloliente producto químico que se hubiera encontrado en un
laboratorio.
-De
ninguna, aún no he elegido-respondió Rachel, acto seguido se pasó la lengua por
los labios resecos.
-¿Cuántos
años tienes?-su aliento la golpeó de nuevo y Rachel giró la cabeza hacia el
otro lado, notó el brazo del hombre pasando sobre sus hombros y se impulsó
bruscamente hacia delante, quedando en pie.
Se
planteó si debía echar a correr, y en el tiempo que estuvo procesando la idea,
él se levantó y le pasó un brazo sobre el pecho, reteniéndola y sujetándole los
brazos contra el cuerpo. Acto seguido la tiró al suelo. Rachel gritó
sorprendida e interpuso sus manos para no golpearse la cabeza contra el suelo.
Se quedó confundida y, antes de poder reaccionar, el hombre le tiró de un pie
arrastrándola un par de metros por el asfalto. Después le dio la vuelta para
dejarla boca arriba.
-Dame
tu reloj-le ordenó mirándola con rabia.
Rachel
se llevó los dedos a la correa y trató de desabrocharla con dedos temblorosos,
incapaz de hacerlo. Sollozó y volvió a
intentarlo. Consiguiéndolo, se quitó el reloj y se lo ofreció con una mano
temblorosa al hombre, que lo cogió y se lo guardó en el bolsillo con una
sonrisa torcida. La observó tirada en el suelo durante unos instantes.
-¿Tienes
algo más de valor para darme?-le preguntó inclinándose sobre ella, Rachel negó
con la cabeza mientras las lágrimas se derramaban por sus mejillas-No eres
consciente del valor de lo que tienes…-negó con la cabeza-¿Sabes lo que es no
tener nada?-gritó enfurecido y le dio una patada a la chica a la altura de la
rodilla, haciendo que Rachel gritara y se encogiera sobre sí misma-¿Tener que
dormir en el suelo y depender de esos estirados?-volvió a golpearla con el pie,
en esta ocasión en la espalda-¿Recibir tu mirada de asco?
Rachel
gimoteó y gateó tratando de alejarse de él, pero él le pisó un tobillo,
haciéndolo mucho daño e impidiéndole la huida.
-¿A
dónde quieres ir? ¿A casa? No es en esa dirección… Maldita cría. Más te vale
cambiarte de facción si ni siquiera eres capaz de aprenderte un mapa. ¿Sabes lo
que me sabía yo? Cada calle, cada esquina, el plano de cada edificio, los
arquitectos, los materiales… Todo. Todo. Y estoy aquí.-levantó el pie con el
que la pisaba y le dio un tirón de una mano, como si buscara incorporarla-Pero
no hay segundas oportunidades… ¡Nunca las hay! Para nadie porque…
Se
escucharon pasos a la carrera y el abandonado fue derribado por una figura
oscura. Rachel se encogió sobre sí misma llevándose las manos al tobillo
herido. Se lo había roto, estaba casi segura de que estaba roto.
A su
espalda, un chico con el pelo rojo brillante y completamente vestido de negro
golpeaba en repetidas ocasiones al hombre que la había agredido. En menos de un
minuto, el otro yacía en el suelo sin conocimiento. El chico entonces se acercó
a Rachel, que ya se había girado hacia ellos, y le tocó el hombro
delicadamente.
-¿Estás
bien?-la voz de él era grave, un poco áspera.
Rachel
se quedó mirándolo a los ojos oscuros, incapaz de responder. Sus manos seguían
aferradas al tobillo y de vez en cuando se convulsionaba debido al llanto.
-No
llores, ya está todo arreglado.-la mano de él le acarició el brazo con
suavidad.
Rachel
despegó sus ojos de los suyos y le recorrió el rostro con lentitud: tenía la
nariz bien formada y los labios carnosos, la piel morena… Y el pelo largo liso
de un rojo intenso, un poco por debajo de los hombros. Le quedaba antinatural.
Luego observó sus ropas negras: la camiseta ajustada sin mangas y los
pantalones largos decorados con tachuelas. Un osado. Eso explicaba que tuviera
un pelo tan extraño, los osados solían llamar la atención con su apariencia
todo lo que podían, salvo por el color de sus prendas, casi tan discreto como
el de los estirados.
-¿Puedes
levantarte?-le preguntó él tras esperar un tiempo prudencial sin que ella
hablara.
Rachel
se colocó hasta quedar sentada, comprobando con miedo que no era capaz de mover
el pie como quería, quedando éste en una postura extraña. Se echó a llorar de
nuevo, debido por una parte al dolor y por otra a la visión de su extremidad de
esa forma. Él hizo una mueca, entendiendo lo que ocurría.
-Te
voy a coger en brazos y te llevo a casa-le dijo y la sujetó contra su cuerpo,
con cuidado de no tocar el tobillo herido, para levantarla a continuación.
La
chica miró la cara de él de nuevo, parecía mayor que ella. No sabía si mucho o
poco, pero definitivamente mayor. Él la miró expectante, tendría que hablar
para decirle algo, estaba claro.
-Erudición.
¿Me llevas a nuestro barrio?-la interrogación le salió casi de forma
involuntaria.
-Por
supuesto-él asintió levemente y empezó a caminar-Tienes la cara manchada de
lágrimas. Eso no te sienta demasiado bien.
-Debo
dejar de llorar mientras me dan una paliza porque es poco estético-murmuró Rachel
mientras se llevaba una mano a la cara para secarse las lágrimas.
Él
se rió con suavidad y Rachel sintió el temblor de su pecho al soltar el aire
para reírse. Le gustó la sensación. Hacer reír a alguien era muy diferente de lo
que había vivido unos momentos atrás, y de lo que vivía siempre. No era especialmente
graciosa, su humor no triunfaba en su facción. Era una satisfacción extraña el
haberlo conseguido.
-Me
llamo Rachel-se presentó mirándole la barbilla, que en ese instante se
interponía entre los ojos de ambos.
-Yo
no me llamo Rachel-respondió él y bajó sus ojos para encontrarse con los de
ella, su mirada era divertida, los ojos levemente entrecerrados y derrochando
simpatía. Eran unos ojos extremadamente expresivos.
-Muy
gracioso-ella frunció el ceño, olvidándose por un segundo de sus dolores para
centrarse en la molestia que le ocasionaba una pregunta sin respuesta.
-Muy
guapa-dijo él, imitándola exageradamente, frunciendo tanto el ceño que toda su
cara quedó arrugada mientras la observaba.
En
esa ocasión fue Rachel la que se rió con suavidad entre sus brazos. Después se
quedaron en silencio mientras él la llevaba por las calles de la ciudad. No
pasó mucho rato hasta que la chica empezó a reconocer algún detalle, no debía
estar demasiado lejos de casa cuando se habían encontrado… Menos mal que se
habían encontrado.
-Gracias
por lo de antes-Rachel intentó buscar los ojos color café del osado, pero no tuvo
suerte, puesto que él mantenía la vista unos metros por delante.
-¿Por
qué?-la pregunta le parece extraña a Rachel, y espera unos segundos para ver si
añade algo más.
-Por
salvarme-respondió finalmente.
-De
nada, Rachel-los labios del chico pronunciaron su nombre acariciándolo de una
forma diferente a la habitual.
-¿Por
qué iba a estar dándote las gracias si no era por eso?-la curiosidad venció a
la chica, como siempre.
-Gracias
por mi sonrisa, por mi forma de sujetarte, por llegar a tiempo… Pero supongo
que eso último se incluye en lo de salvarte-se encogió de hombros, alzándola
levemente a ella sin que pareciera que el peso le importara.
-Se
incluye-asintió ella desviando la mirada hacia los brazos fuertes que la
sujetaban.
-¿Y
la forma de sujetarte? Yo creo que te gusta bastante y no se incluye en
salvarte-los ojos de él la buscaron de nuevo.
El
rubor se subió a las mejillas de la quinceañera, que se encontraba muy cómoda
entre los brazos del desconocido. El ingenio desapareció y decidió no
contestarle, desviando la mirada hacia otro lugar por encima de la cabeza de
él.
-¿Sin
comentarios?-el osado siguió insistiendo, y Rachel lo miró entre divertida y
molesta, era obvio que no quería hablar del tema.
Se
sentía tonta en sus brazos, y era una situación tan novedosa como lo había sido
arrancarle una carcajada momentos antes. Quizás fuera porque él pertenecía a
esa facción con la que ningún erudito se relacionaba. Y menos ella, que apenas
asistía a las clases del instituto. Se arrepintió por primera vez de pasar sus
días en el Hexágono, porque se dio cuenta por primera vez de que las otras
facciones podían resultar interesantes. Quizás los sinceros no fueran tan
bruscos, los cordiales tan ilusos y los osados tan irracionales, quizás incluso
los abnegados no fueran tan manipuladores. Nunca se había dado la oportunidad
de comprobarlo. Podría empezar a ir, pero sabía que no se iba a encontrar con
ese osado, era evidente que ya no asistía a clases.
Giraron
una esquina y Rachel escuchó a su madre llamándola, con tono aliviado. ¿Cuánto
tiempo había estado perdida? Tenía que haber sido un largo rato para que a su
madre le diera tiempo a volver a casa y preocuparse.
-Creo
que mi apasionante monólogo llega a su fin-comentó el chico, parecía que bajo
su broma se ocultaba una tristeza auténtica.
-Yo
también he hablado-Rachel le llevó la contraria. Tampoco había estado tan
callada, simplemente no había respondido a sus preguntas incómodas de osado.
-No
has respondido a las partes más interesantes de la conversación-el chico seguía
caminando hacia la madre de Rachel mientras hablaba.
-Estoy
muy cómoda en tus brazos-admitió ella con rapidez, viendo por el rabillo del
ojo que su madre ya tendía los brazos hacia ella.
-Me
hubiera gustado probar tus labios-le susurró él sin mirarla mientras la bajaba.
Su
madre le pasó un brazo bajo los hombros y el chico se separó de Rachel,
perdiendo el contacto con él por primera vez desde que le había tocado el
hombro minutos atrás. El interior de Rachel protestó, como si le faltara algo.
Lo
miró intentando saber algo más de él a través de sus ojos. ¿Estaba jugando con
ella al decirle eso? Era varios años mayor, no podía querer besarla. Besarla.
Nadie había querido nunca besarla, o al menos nadie se lo había dicho tan
claramente. Pero, por supuesto, lo de soltarlo así era muy típico de la facción
vestida de negro.
Más
gente empezó a rodearla, por lo visto su madre había movilizado a medio
vecindario para buscarla, y todos parecían felices de haberla encontrado. Le
dedicaban palabras amables, pero no se prodigaban con el contacto físico. Se
encontraba cómoda entre personas que eran capaces de decirlo todo con palabras.
Aunque esas personas no la hicieran sentir como el chico del pelo rojo
brillante, que había desaparecido del lugar sin que ella se diera cuenta.
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