3 de abril de 2014

Optimista y Pesimista (II)

Un día veraniego algo cambió. Mientras iban caminando se pararon en el mismo semáforo que cada día, pero esa vez fue diferente. Había música. No tardaron en averiguar de dónde provenía el rasgueo de guitarra: una muchacha joven sostenía el instrumento entre las manos en la mediana de la calle. Tenía la funda abierta en el suelo con algunas monedas.

-Mira que muchacha tan preciosa. Qué ojos azules tan profundos y alegres. Qué sonrisa encantadora. Qué brillante melena rubia-le dijo Optimista a Pesimista, sin disimular su alegría por la belleza de la chica.

Pesimista observó a la chica intentando ser menos descarado que su amigo. Iba a hacer un comentario cuando el semáforo se puso en verde y pudieron cruzar, pasando al lado de la chica, en cuya funda dejó caer dos euros Optimista, acompañando el gesto con una sonrisa. Una vez que se alejaron varios pasos, habló el Pesimista.

-Los ojos son unas lentillas de colores y una buena máscara de pestañas. ¿Una bonita sonrisa? Varias visitas al dentista. ¿La melena? Un buen corte y un buen champú. Una apariencia completamente antinatural, artificial-declaró mirando a su acompañante, cosa que rara vez hacía.

-Es hermosa y lo seguiría siendo sin esas cosas. Su forma de tocar, la canción… Esa muchacha es vida, compañero, vida-recalcó Optimista.

Iba a replicar Pesimista, pero estaban frente a la consulta en la que trabajaba Optimista. Y no quería pararse a hablar con él, porque no eran amigos, sólo dos personas que se cruzaban en la calle y hablaban porque el otro se empeñaba. Por su silencio, Optimista se despidió con un gesto amable y entró en el edificio. Allí se enfundaría en un uniforme azul oscuro y se encargaría de hacer cosas minúsculas que no tenían ninguna relación con lo que había estudiado ni con lo que quería llegar a ser. Pero, como él pensaba, a veces los caminos más inesperados te llevan a los destinos más maravillosos.

Varios días más tuvieron conversaciones similares mientras iban a trabajar, pues parecía que la muchacha había decidido que ese era un buen sitio para recibir propinas. “Para estorbar al paso y molestar a aquellos a los que no le gusta la música” pensaba Pesimista. “Para embellecer un rincón más de la ciudad tanto a nivel visual como acústico” creía, por el contrario, su acompañante.

Ya habían pasado varios meses desde que los dos hombres se habían conocido. Habían visto morir la primavera, el ciclo completo del verano y ahora el otoño empezaba a asomar desde alguna parte, desde algún lugar cercano al corazón de Pesimista. Su ropa oscura empezaba a ser similar a la del resto de la gente, haciendo que las multitudes se asemejaran más a un grupo que en verano, cuando cada uno trataba de colorear su ropa con un color más brillante que el anterior, con el resultado de un arcoíris demencial circulando por las calles. Caminó pisando las hojas muertas mientras repasaba mentalmente la reunión que tenía esa mañana, en la que todo podía salir mal si se equivocaba en el más mínimo detalle. Debía de saber cada detalle, estar preparado para responder cada pregunta… No importaba que llevara varios años siendo el director de esa sucursal de la empresa, cualquier torre podía derribarse. Y estaba convencido de que muchos deseaban que la que él había construido se desmoronara.

Llegó al lugar habitual de reunión y se encontró con un nuevo retraso de Optimista, el segundo que tenía desde que se habían conocido. Miró su reloj y a ambos lados, frunciendo el ceño. Pero en esa ocasión Optimista no apareció de la nada. “Llegaré tarde, y dirán que soy irresponsable, y me echarán, y me quedaré en el paro…” el cuento inverso de La Lechera pasaba por la cabeza de Pesimista, que contaba los segundos. Esperó un minuto completo y echó a andar. Ni siquiera sabía por qué se había detenido tanto tiempo, si el otro hombre no era más que un desconocido, ¿no? No pudo evitar mirar hacia atrás de vez en cuando, por si venía con retraso, pero no había nadie. Al llegar al paso de peatones, la chica estaba en la mediana como cada día. Esa mañana aún estaba afinando la guitarra con lentitud. Pesimista observó sus uñas, pintadas de un morado excéntrico.

-¿Puedo ayudarle en algo?-le preguntó la chica sin previo aviso, haciendo que él se sobresaltara.

A Pesimista casi se le cayó el maletín al suelo. ¿La había mirado con demasiado descaro? Ahora pensaría cualquier cosa horrible de él, por lo que no tenía sentido pedir disculpas ni justificarse.

-Lo dudo-él se colocó la americana, pretendiendo indicar con ese simple gesto que él  no necesitaba nada que esa chica pudiera ofrecer.

-¿Quizás una canción que haga que sonrías en lugar de fruncir el ceño?-preguntó ella. Sus ojos azules eran limpios y en sus labios carnosos se dibujaba una sonrisa divertida.


Pesimista hizo el gesto más pronunciado durante unos segundos pero, cuando se dio cuenta, relajó el rostro, perdiendo unos cuantos años en apenas unas milésimas. Ella rió. Y reía igual que cantaba. Y Pesimista pensó que si ella no entonaba algo pronto, él iba a estar obligado a hacerla reír. Porque sintió la súbita necesidad de vivir esa risa de nuevo. Pero la muchacha lo miraba en lugar de tocar.

2 comentarios:

  1. Me ha encantado. I need moar, jopé.

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    1. Estoy teniendo un par de semanas de mucho movimiento, espero volver a vivir en mi cama pronto. Desde allí actualizaré :)

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