Un día veraniego algo cambió. Mientras iban caminando se
pararon en el mismo semáforo que cada día, pero esa vez fue diferente. Había
música. No tardaron en averiguar de dónde provenía el rasgueo de guitarra: una
muchacha joven sostenía el instrumento entre las manos en la mediana de la calle. Tenía la
funda abierta en el suelo con algunas monedas.
-Mira que muchacha tan preciosa. Qué ojos azules tan
profundos y alegres. Qué sonrisa encantadora. Qué brillante melena rubia-le
dijo Optimista a Pesimista, sin disimular su alegría por la belleza de la
chica.
Pesimista observó a la chica intentando ser menos descarado
que su amigo. Iba a hacer un comentario cuando el semáforo se puso en verde y
pudieron cruzar, pasando al lado de la chica, en cuya funda dejó caer dos euros
Optimista, acompañando el gesto con una sonrisa. Una vez que se alejaron varios
pasos, habló el Pesimista.
-Los ojos son unas lentillas de colores y una buena máscara
de pestañas. ¿Una bonita sonrisa? Varias visitas al dentista. ¿La melena? Un
buen corte y un buen champú. Una apariencia completamente antinatural,
artificial-declaró mirando a su acompañante, cosa que rara vez hacía.
-Es hermosa y lo seguiría siendo sin esas cosas. Su forma de
tocar, la canción… Esa muchacha es vida, compañero, vida-recalcó Optimista.
Iba a replicar Pesimista, pero estaban frente a la consulta
en la que trabajaba Optimista. Y no quería pararse a hablar con él, porque no
eran amigos, sólo dos personas que se cruzaban en la calle y hablaban porque el
otro se empeñaba. Por su silencio, Optimista se despidió con un gesto amable y
entró en el edificio. Allí se enfundaría en un uniforme azul oscuro y se
encargaría de hacer cosas minúsculas que no tenían ninguna relación con lo que
había estudiado ni con lo que quería llegar a ser. Pero, como él pensaba, a
veces los caminos más inesperados te llevan a los destinos más maravillosos.
Varios días más tuvieron conversaciones similares mientras
iban a trabajar, pues parecía que la muchacha había decidido que ese era un
buen sitio para recibir propinas. “Para estorbar al paso y molestar a aquellos
a los que no le gusta la música” pensaba Pesimista. “Para embellecer un rincón
más de la ciudad tanto a nivel visual como acústico” creía, por el contrario,
su acompañante.
Ya habían pasado varios meses desde que los dos hombres se
habían conocido. Habían visto morir la primavera, el ciclo completo del verano
y ahora el otoño empezaba a asomar desde alguna parte, desde algún lugar
cercano al corazón de Pesimista. Su ropa oscura empezaba a ser similar a la del
resto de la gente, haciendo que las multitudes se asemejaran más a un grupo que en verano, cuando cada uno trataba de colorear su ropa con un color más
brillante que el anterior, con el resultado de un arcoíris demencial circulando
por las calles. Caminó pisando las hojas muertas mientras repasaba mentalmente
la reunión que tenía esa mañana, en la que todo podía salir mal si se
equivocaba en el más mínimo detalle. Debía de saber cada detalle, estar
preparado para responder cada pregunta… No importaba que llevara varios años
siendo el director de esa sucursal de la empresa, cualquier torre podía
derribarse. Y estaba convencido de que muchos deseaban que la que él había construido
se desmoronara.
Llegó al lugar habitual de reunión y se encontró con un
nuevo retraso de Optimista, el segundo que tenía desde que se habían conocido.
Miró su reloj y a ambos lados, frunciendo el ceño. Pero en esa ocasión
Optimista no apareció de la nada. “Llegaré tarde, y dirán que soy
irresponsable, y me echarán, y me quedaré en el paro…” el cuento inverso de La
Lechera pasaba por la cabeza de Pesimista, que contaba los segundos. Esperó un
minuto completo y echó a andar. Ni siquiera sabía por qué se había detenido
tanto tiempo, si el otro hombre no era más que un desconocido, ¿no? No pudo
evitar mirar hacia atrás de vez en cuando, por si venía con retraso, pero no
había nadie. Al llegar al paso de peatones, la chica estaba en la mediana como
cada día. Esa mañana aún estaba afinando la guitarra con lentitud. Pesimista
observó sus uñas, pintadas de un morado excéntrico.
-¿Puedo ayudarle en algo?-le preguntó la chica sin previo
aviso, haciendo que él se sobresaltara.
A Pesimista casi se le cayó el maletín al suelo. ¿La había
mirado con demasiado descaro? Ahora pensaría cualquier cosa horrible de él, por
lo que no tenía sentido pedir disculpas ni justificarse.
-Lo dudo-él se colocó la americana, pretendiendo indicar con
ese simple gesto que él no necesitaba nada que
esa chica pudiera ofrecer.
-¿Quizás una canción que haga que sonrías en lugar de fruncir
el ceño?-preguntó ella. Sus ojos azules eran limpios y en sus labios carnosos
se dibujaba una sonrisa divertida.
Pesimista hizo el gesto más pronunciado durante unos
segundos pero, cuando se dio cuenta, relajó el rostro, perdiendo unos cuantos
años en apenas unas milésimas. Ella rió. Y reía igual que cantaba. Y Pesimista
pensó que si ella no entonaba algo pronto, él iba a estar obligado a hacerla
reír. Porque sintió la súbita necesidad de vivir esa risa de nuevo. Pero la
muchacha lo miraba en lugar de tocar.
Me ha encantado. I need moar, jopé.
ResponderEliminarEstoy teniendo un par de semanas de mucho movimiento, espero volver a vivir en mi cama pronto. Desde allí actualizaré :)
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